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Opinión

  • | 1995/04/10 00:00

    EL DESCREDITO DE DE GREIFF

    La opinión descubrió que De Greiff no era el Creador de Miguel Angel en la Capilla Sixtina de la justicia colombiana

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NO ME PARECE JUSTA LA FORMA COmo en el país, azuzado por las egoístas convicciones de Estados Unidos, se viene estigmatizando la labor de Gustavo de Greiff como ex fiscal general de la Nación. No fue siempre así.
Durante los primeros años al frente de su cargo De Greiff le devolvió a los colombianos la confianza en una justicia que parecía ya no tener esperanza. Fue en su momento el hombre más admirado por los medios de comunicación, el mejor conductor de las incertidumbres ciudadanas y quizás uno de los funcionarios más poderosos del Estado, en su casi infinita autonomía para absolver o condenar. Pero también, quizás por eso mismo, se colocó en la mira. Cayó en desgracia con el gobierno de turno, Estados Unidos asumió sus negociaciones con el cartel de Cali como un reto a su seguridad nacional, y la opinión pública descubrió que el Fiscal General de la Nación no era el Creador dibujado por Miguel Angel en el techo de la Capilla Sixtina, con capacidad para tocar con un dedo el aparato de la justicia colombiana para infundirle ánimo y vida.
Hoy De Greiff es visto por los medios, la opinión y Estados Unidos como un viejito extremadamente sospechoso. En la historia de la delincuencia colombiana que ha seguido escribiéndose desde que dejó su cargo han venido apareciendo capítulos en los que su actuación es motivo de grandes dudas e interrogantes. Básicamente De Greiff es sospechoso de casi haber logrado un acuerdo con el cartel de Cali, en términos que al entonces Fiscal le parecían convenientes para el país, pero que al país no le parecían tanto, porque la medida de cuántos años de cárcel deberían pagar los Rodríguez no dejó analizar ninguna otra consideración relacionada con el caso.
¿Como cuáles consideraciones? Como la de que un arreglo con el cartel, basado en una entrega con la contraprestación legal de una pena negociada, se haría a cambio del retiro de los Rodríguez Orejuela del mercado. ¿Con qué implicaciones? Una drástica disminución del abastecimiento de la droga, fácilmente verificable por un igual de drástico aumento de los precios al consumidor en las calles de Estados Unidos. Y la ñapa: la quiebra de la guerrilla colombiana, actualmente incrustada en las entrañas del millonario negocio del cultivo de la droga, que se quedaría a la vez sin canales de distribución de su producto. Expertos en el tema -no lo soy- calculan que estamos hablando en esta hipótesis de una disminución en el 70 por ciento del abastecimiento de la droga que llega de Colombia a Estados Unidos.
Una cifra semejante, presumo yo, no le podía ser indiferente a un hombre como De Greiff. Y frente a eso, se puede o no estar de acuerdo, pero lo que no se puede hacer, definitivamente, es resolver que un hombre que considera viable una negociación semejante a cambio de esos resultados, es de alguna manera cómplice de los delincuentes cuya entrega a la justicia gestiona.
El malestar contra De Greiff, principalmente el de Estados Unidos, resultó condimentado además por otros ingredientes. Uno, la franqueza con la que planteó su convicción sobre la legalización de la droga. Esa, para mí, es una posición filosófica, que se puede o no compartir. Pero quien la comparta debe ser libre de expresarla, sin correr el riesgo de que se le presuma una afinidad con el narcotráfico, como le ha sucedido a De Greiff en ciertos círculos norteamericanos, a tal punto de que dicha presunción se le ha hecho extensiva, a mi manera de ver en una forma escandalosamente injusta a su hija Mónica, ahora también en la mira por un cuento chimbo de unos contratos de sal.
El otro ingrediente que colaboró a que se malentendiera la gestión de De Greiff sí que lo hemos visto patente en los últimos días. La normatividad en torno del sometimiento a la justicia, que permitía y en muchos casos obligaba a De Greiff a hacer lo que hizo, está siendo revisada en la actualidad , porque dizque quedó mal hecha. Y es cierto, en muchos aspectos: nació sobre la base de un Estado débil, acosado por el narcoterrorismo, en lugar de sobre un Estado fuerte, capaz de negociar, en lugar de transar.
Su principal herramienta, el Fiscal, no quedó bien concebida. La Asamblea Nacional Constituyente dejó a la Fiscalía convertida en un híbrido poco apropiado para el nuevo sistema acusatorio de la justicia colombiana. Lo instaló en la rama Jurisdiccional y no en la Ejecutiva. Pero sobre todo, no le permitió hacer lo que hacen los fiscales, que es buscar pruebas y luego acusar. Por el contrario, lo dejó nadando en un marasmo de diligencias preliminares, donde a la vez que se recogen pruebas se reciben descargos en debates públicos que les permiten a los delincuentes destruir las pruebas a tiempo, amedrentar a los testigos y obtener salvoconductos de inocencia.
La reforma al Código de Procedimiento Penal en el 91, y luego la ley 81 de 1993, dejaron sin incentivos el sometimiento a la justicia, consagrando beneficios que hoy casi hacen que dé lo mismo que alguien se entregue a que sea capturado en flagrancia. Y para completar, no son los mandos medios los que denuncian a los grandes capos sino al revés, y son factibles los acuerdos en materia de delaciones en una especie de 'carrusel de la felicidad' en el que nos asociamos para denunciarnos mutuamente, para que tú me des a mí lo que yo te doy a ti.
Todo eso aspiramos a que sea revisado próximamente por el gobierno. Pero más allá de los tecnicismos jurídicos está la imagen de un ex funcionario del Estado, un buen ex funcionario del Estado, que hizo lo que creyó que debería hacer en un momento dado. Porque consideraba que le servía al país y porque sabía que se lo permitía la ley. El máximo pecado que pudo haber cometido De Greiff en este esquema es que existiera otro sistema que le conviniera más al país, o que la ley que le permitía hacer esas cosas no fuera una buena ley. Ahora hay otro fiscal que interpreta distinto las conveniencias del país, y varias ideas para modificar la ley que a muchos les parece una mala ley.
Pero yo, en este planteamiento, no encuentro ninguna razón para creer que De Greiff sea ese viejito sospechoso que está de embajador en México.
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