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Opinión

  • | 2012/03/08 00:00

    El día de la mujer goza el hombre

    El 8 de marzo celebramos, a veces sin saberlo, todo el proceso de lucha de las mujeres por sus derechos y por un mundo mejor.

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Después de centurias de lucha por el reconocimiento de los derechos de la mujer, hoy, en pleno siglo XXI, los hombres las seguimos maltratando, utilizando y menospreciando. Nuestras instituciones no han dejado de ser patriarcales y el yugo masculino no se ha ido, sólo ha cambiado de forma con el tiempo. Por esto, a pesar de sus conquistas, me atrevería a decir que las mujeres de hoy sufren más que en el pasado, sea por la tradicional vía de los golpes maritales a las que muchas son sometidas aún, o por la tortura de la depilación en la zona del bikini a la que las obliga cruelmente la actual sociedad de consumo.

Sin embargo, las familias de hoy se creen progresistas porque ahora hombre y mujer trabajan y las labores del hogar se comparten: las mujeres cocinan, lavan, planchan, trapean y están pendientes de los hijos; y los hombres se encargan del equipo de sonido, del carro y de traer el periódico, el pan y la cerveza. En cientos de años de evolución ha sido imposible adecuar nuestras manos a un trapeador o una escoba, es más, muchos de los que leen esto jamás han usado un delantal y no conocen un churrusco porque creen que los pincelazos del inodoro se quitan solos.

Los hijos son educados para la igualdad: para que sean iguales al papá. Si el niño lleva a su novia a su cuarto no hay ningún problema, el padre tirado de moderno hasta le regalará preservativos; es más, si tiene varias novias le dirá cariñosamente "perro" y hasta alardeará del hecho; pero si es la niña la que sale con el cuento de que tiene novio, la mandan a la sala, vigilada y hasta las ocho; y donde además de novio salga con amigos, el papá furioso le dirá: no haga eso muchachita no ve que coge fama de "perra".

Por el lado del clero las cosas son peores. A pesar de llamarse Santa madre iglesia, los que mandan en ella son los padres, obispos y monseñores, y su máxima autoridad es el Papa; a las monjitas ni la misa las dejan presidir y las tienen relegadas a cuidar niñas en conventos. En la empresa, en los pocos casos en que la mujer se convierte en jefa, los subalternos hombres con dificultad aceptarán el hecho, la miraran por encima del hombro y siempre estarán pensando más en "comérsela" que en obedecerle órdenes.

Y el Gobierno ni se diga, que su avance en política de género sean las oprobiosas oficinas de la mujer con sus insultantes cursos de peluquería y cocina; o que a estas alturas subsistan las primeras damas como apéndices subyugados de los machos mandatarios es una verdadera vergüenza para una ciudad o país del siglo XXI.

El ocho de marzo celebramos, a veces sin saberlo, todo el proceso de lucha de las mujeres por sus derechos y por un mundo mejor, recordamos a las 146 mártires de Estados Unidos que murieron asesinadas mientras reclamaban el derecho a un trabajo justo, conmemoramos la conquista del voto femenino, de su derecho a estudiar y a ocupar cargos públicos; aplaudimos la valentía de las madres cabeza de familia, de las madres solteras o reconocemos la autonomía de las que no quieren ser madres; por eso este día, más que realizar un brindis sin sentido o regalarles flores arrancadas a último minuto, el mejor homenaje que se le puede hacer a la mujer es darle gracias por aguantarnos y seguir entre nosotros.

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