Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1985/11/18 00:00

EL DIA QUE ME SALVE

EL DIA QUE ME SALVE

"Bueno. No nos vamos a asustar", dijo el gerente de giras de la campaña presidencial.
Si esa frase hubiera sido dicha en el interior de un teatro donde proyectaban una película de miedo, no habría tenido ningún problema.
Tampoco si hubiera sido pronunciada en el interior de un restaurante cuando a la hora de pagar la cuenta uno descubre que dejó la chequera en la casa y que la tarjeta de crédito está vencida.
Pero esa frase, en el interior de una avioneta en pleno vuelo, pues bueno. Es cosa distinta.
Y había sido dicha en el interior de una avioneta en pleno vuelo.
"El tren de aterrizaje está atascado", continuó diciendo el gerente de giras de la campaña. Habíamos partido cinco minutos antes del aeropuerto de Corozal, en el departamento de Sucre, y nos dirigíamos hacia Bogotá. O por lo menos eso creíamos.
Desde luego, había sido la manera más prudente de informarnos acerca de la emergencia. Sin embargo, y de una manera corta y hasta cortés, le informé al gerente de giras que estaba dispuesta a oír el resto de la historia, aunque sí le advertía que no eran ni el momento ni el lugar más apropiados para que aquello de que "no nos vamos a asustar" pudiera surtir efecto alguno. En el fondo, pensaba yo, eran el momento y el lugar más inapropiados para hacer una petición semejante. En otras palabras: difícilmente podría encontrarse momento y lugar más apropiados para asustarse.
"Cuéntamelo todo, Enrique", le pedí con una débil vocecita. Los demás ocupantes del avión, miembros del equipo de prensa de la campaña, guardaban un silencio sepulcral.
"El tren de aterrizaje no entró bien después del despegue", dijo. "El problema es que tampoco quiere salir".
"¿Y?". Volvió a musitar mi vocecita.
"Que, según el piloto, tenemos tres salidas. La primera clavar el avión hacia abajo y luego hacia arriba para intentar que el jalón saque el tren de aterrizaje".
(Quise preguntarle cuál era la segunda, pero tamaña primera alternativa me acabó de chupar la voz, como había apreciado que hacían las llaves de agua de Sincelejo, durante semanas, con el precioso líquido).
"La segunda consiste en activar un tubo de aire comprimido, para obligar a salir las ruedas".
"¿Y la tercera?". Pregunto uno de mis compañeros de infortunio, que ya había arriscado a superar su propio mutismo.
"Pues siempre nos queda la alternativa de acuatizar (!!!). Pero con el tren de aterrizaje afuera gastamos más combustible, y por consiguiente no nos alcanza para llegar a Bogotá. Hay que escoger entre el aeropuerto de Cartagena y el de Barranquilla". Y remató señalando su preferencia por el segundo, por no se qué de que la ciudad tenía mejores hospitales, y no sé qué otra cosa de que la pista de aterrizaje de Cartagena termina en el mar.
Con la sensación de que eran las últimas palabras que pronunciaba en la vida, pregunté a cuánto estábamos de Barranquilla.
Respondieron que a 25 minutos.
Me perdonarán mis colegas, miembros del grupo de la gente común y corriente. Pero durante tan corto lapso medité muy seriamente acerca de mi afiliacion al club.
Nosotros, la gente del montón, nos caracterizamos rigurosamente por no tener nada más emocionante que contar distinto de una varada en plena carrera 7a ¿Qué hacía yo, entonces, protagonizando una auténtica emergencia aérea, cuando esas cosas sólo le pasan a la gente fuera del montón, mientras que el papel de la gente corriente consiste sólo en escuchar pacientemente el cuento?
Descubrí, sin embargo, que el terror también viaja en avioneta con cinturón de seguridad. Y que, como el tigre, tampoco es como lo pintan. Ahí íbamos volando juntos, terror y pasajera, muy abrazados, sin que en ningun momento yo tuviera la sensación de que alguno de los dos sobraba. Es decir, que cuando se vuela en una avioneta que lleva dañado el tren de aterrizaje, el terror se instala al lado de uno, con la naturalidad del caso, y hace que uno pronuncie frases tan cursis como la que mi compañero de silla insiste tan pesadamente que no olvidará en su existencia: "Pacho, tenemos 25 minutos para pensar en la vida ".
Tan concentrada estaba en mis meditaciones que casi había olvidado la emergencia. Desgraciadamente el piloto, porque es que hay gente así, tan cargante, me la refrescó de manera abrupta, pidiéndonos que aseguráramos el cinturón de seguridad porque estaba a segundos de ensayar la primera alternativa.
No acababa de completar la frase cuando la avioneta se mandó de nariz contra el planeta. Y cuando yo descubrí que el corazón se me había instalado entre las dos ojos, comenzó a bajarme velozmente por las piernas. Ahora la avioneta apuntaba velozmente su nariz hacia el cielo (fueron 300 metros hacia abajo y 300 hacia arriba, como después nos lo confesaría el piloto).
Desgraciadamente, por andar mirando a donde uno no debe, observé que el piloto hacía crujir sus dedos con desilusión. El primer sistema de emergencia había fallado. Presionó entonces un botón a su derecha, y escuchamos un ruido discreto. Demasiado discreto, pensé yo después, para haber sido el que nos salvó la vida. El aire comprimido se había activado y finalmente se destrabó el tren de aterrizaje.
Cuando tocamos tierra, sanos y salvos, descubrí que eso de "poderse bajar" es toda una filosofía de la vida. Descubrí, además, mi firme disposición de mantener mi afiliación al club de la gente común y corriente, e hice el firme propósito de ponerme al día con las cuotas.
Pero, más importante aún, descubrí que hay verdades de perogrullo, como esa de que uno no se muere sino cuando le toca, que son absolutamente ciertas.
A la misma hora en la que vivíamos la emergencia aérea, fallecía trágicamente en Bogotá un miembro de la campaña arrollado por un bus sin frenos.
En lugar de estar cometiendo locuras, arriesgando su vida montando en avioneta, conducía tranquilamente su Mazda por una calle del barrio 20 de Julio.

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