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Opinión

  • | 1997/08/11 00:00

    EL DISCURSO DE LOPEZ

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Me desconcertó y me preocupó, por decir lo menos, el discurso que pronunció el presidente Alfonso López Michelsen en Medellín con motivo de los 70 años de la Federación de Cafeteros. Lo leí con cuidado y con bastante humildad, porque el presidente López es especialista en sacar al país de su marasmo intelectual para ponerlo a discutir sobre temas trascendentales. En su discurso, López argumenta que, a diferencia de los resultados de una economía cafetera caracterizada en Colombia por generar una democratización económica basada en la distribución equitativa del ingreso, la tendencia actual del país es a un deterioro en la distribución de la riqueza. Y que teniendo en cuenta que las utilidades de los cuatro primeros capitalistas del país rondan los 1.400 millones de dólares, podría calcularse que el ingreso proveniente de estas fortunas particulares se incrementará anualmente en una proporción mayor a la de todo el país. Y concluye: "No es posible confundir el desarrollo de un país con el enriquecimiento de una clase o grupo social".
Con esta tesis, planteada en uno de los momentos más delicados del país en lo político y en lo económico, el presidente López prácticamente puso en el escarnio público a los grupos económicos, señalándolos como los grandes culpables de la crisis que actualmente atraviesa Colombia. Si, como López lo asegura, el problema de la pobreza de los colombianos se debe a la concentración del ingreso y no a la falta de desarrollo como factor de distribución, habría que acusar a los ricos de ser los responsables de los males del país y por este camino justificar el renacimiento de una lucha de clases que hoy por hoy, con excepción de los planteamientos recurrentes de la guerrilla, ya creíamos superada en Colombia: por el camino del discurso del presidente López regresaríamos a la tesis de que en Colombia ganar plata vuelve a ser pecado.
Desde la jubilación de Agudelo Villa, ya nadie hablaba del problema de la concentración del capital en Colombia. Ni Samper, tan proclive al populismo económico, se ha atrevido a resucitar un tema que la modernización de las tendencias económicas había suprimido como bandera económica. El tema del día es más bien el del crecimiento económico, dependiendo del ritmo de las reformas que un gobierno pueda implementar. En esta línea de ideas los grupos económicos no son malos porque sean grandes, sino que están obligados a ser grandes para defenderse de la competencia, y eso es lo que está perfecto: que haya competencia.Pero es que, además, el fenómeno que López denuncia en Colombia es repetitivo en América Latina: en Venezuela hay dos ricos, en Brasil cuatro, en Argentina tres, en Chile tres, en Perú dos y en México seis. Y si bien es cierto que estas fortunas particulares son inmensas, también es cierto que son las que pagan más impuestos. En lugar de señalarlas como factores de desigualdad, habría que preocuparse por pensar más bien en cómo mejorar la eficiencia en la inversión de los dineros recaudados.
¿Cómo se genera en Colombia más riqueza para repartir? Para algunos economistas la cosa no se arregla sino inpulsando las privatizaciones, que al generar más ingresos fiscales permiten la ampliación del gasto social, y con más apertura, teniendo en cuenta que estudios recientes del BID demuestran que la apertura como modelo económico tiene efectos progresivos y no regresivos sobre los pobres. Para los escépticos, la eficiencia de ese modelo ya está comprobada en Colombia: mientras que durante los años 80 la distribución del ingreso en Colombia avanzó casi nada, se aceleró durante los años 90, y se mantuvo acelerada hasta por lo menos 1995, en pleno gobierno neoliberal de Gaviria. En cambio, según estas mismas cifras, es durante la administración Samper que la distribución del ingreso y la disminución de la pobreza no solo se han desacelerado, sino reversado.
En cualquier caso, la carnada que arrojó el presidente López en su discurso, esta es, la de la supuesta responsabilidad de los grupos económicos en la pobreza de los colombianos, fue de inmediato mordida por la guerrilla. En su carta a los empresarios, el ELN menciona el discurso de López para resaltar la importancia de iniciar un diálogo que pueda conducir a resolver las diferencias sociales y económicas en Colombia, como fin justificativo de una violencia que ellos denominan "actos de guerra".
Por eso no debe sorprender que el diagnóstico del presidente López, a la vez que halaga a la guerrilla colombiana, enfurece a los empresarios. Me parece, sin embargo, que a los grupos económicos colombianos se les puede acusar de muchas cosas distintas a la de ser culpables de la pobreza. Hasta se les puede acusar, con sobrada razón, de que por motivos egoístas han contribuido al sostenimiento de Samper en el poder, a cambio de la obtención de ventajas industriales, tributarias o estratégicas que han dejado como resultado a unos grupos económicos cada vez más fuertes en un país cada vez peor gobernado. Además, también es criticable que la debilidad de Samper los haya llevado a inmiscuirse en terrenos que les son ajenos, como el de la política, organizando ahora especies de 'clubes de cacaos' (detestable palabra, por cierto) para inducir procesos de paz que solo pertenecen a la órbita del gobierno, y no de la empresa privada.
Pero desde el punto de vista de la oportunidad política del planteamiento y de la veracidad económica de la tesis de que la existencia de los cuatro grupos económicos más grandes del país aumenta la brecha de las desigualdades económicas y sociales, creo que el discurso del ex presidente quedó en off side. No porque su preocupación por la democracia económica no tenga la mayor importancia, sino porque desvía la discusión de la concentración de la riqueza en Colombia hacia donde no debe darse.Y de paso, porque le entrega a la guerrilla el argumento más valioso para continuar con la guerra, en lugar de para hacer la paz: el de que en Colombia la pobreza primero tiene culpables, y segundo, soluciones.
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