Viernes, 20 de enero de 2017

| 2016/08/13 00:00

El dopaje en los juegos

Tal vez no se usen hoy herraduras de caballo en los guantes de boxeo, como en las tiras cómicas: pero vaya uno a saber. La trampa es omnímoda.

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

Cada vez que hay Juegos Olímpicos – juegos, no guerras: esa pausa mágica en que cada cuatro años interrumpían sus guerras las belicosas ciudades griegas que hace 3.000 años inventaron las dos cosas, los juegos y las guerras –, cada vez que hay juegos, digo, salta el escándalo del dopaje de los atletas. Y por lo que uno lee, por lo que uno oye, por lo que uno ve, todos se dopan. Tan generalizado es el fraude químico que solo llama la atención la absolución ocasional de un atleta falsamente acusado, y no la condena merecida de dos o tres centenares de sus rivales y colegas.

Todos se dopan: los nadadores, los corredores, los levantadores de pesas, los lanzadores de disco y de bala. Los zambullidores de trampolín. Los triatloneros, los pentatloneros, los decatloneros. Con todo tipo de drogas. Los unos con esteroides anabolizantes androgénicos y los otros con hormonas peptídicas. Y hay que advertir que ni todas las drogas están prohibidas, ni están prohibidas las mismas drogas en todas las disciplinas: no es lo mismo (por lo visto: lo digo al azar) el estanozolol para las gimnastas rítmicas que la bufotenina para los jinetes de salto (y habría que ver cuáles son las que se aplican, o no, a los caballos). ¿Y a los instrumentos? Una vez fue condenado un esgrimista que tenía un botón eléctrico en el florete para marcar puntos de touché. Tal vez no se usen hoy herraduras de caballo en los guantes de boxeo, como en las tiras cómicas: pero vaya uno a saber. La trampa es omnímoda.

Y vuelvo a las drogas: las drogas también. Hay atletas que se han dopado nada menos que con nitroglicerina, el potente explosivo que hizo rico a Alfred Nobel, el fabricante de armas que inventó los famosos premios humanitarios. Y otros se han reforzado el pulso con tragos de coñac: el coñac está específicamente proscrito de la dieta sana de los deportistas participantes en los Juegos Olímpicos por el organismo que los rige, el Comité Olímpico Internacional (el COI), cuyos dirigentes se la pasan borrachos y empericados (pese a que el perico, es decir, la cocaína, también está prohibida para los atletas). Como dicen a toda velocidad en la radio los anunciantes de bebidas espirituosas, el alcohol puede ser perjudicial para la salud.

Y sin embargo fue el alcohol el primer estimulante sancionado en la historia de los juegos, cuando –en los de México de l968– se implantaron por primera vez los controles de dopaje. A un pentatlonista sueco le quitaron su medalla porque compitió, y ganó, estando borracho, la prueba de tiro de pistola. En vano alegó que lo suyo no había sido el nefando coñac, sino la liviana cerveza. Las autoridades de la virtud olímpica fueron implacables.

Lo son, a veces.

Y tal vez sea ejemplarizante que lo hayan sido precisamente con un pentatleta: el atleta de cinco disciplinas que, en la opinión autoritaria del filósofo Aristóteles, reúne en sí mismo la perfección del hombre completo: uno que sabe correr, nadar, montar a caballo, lanzar jabalina (hoy, disparar con pistola) y combatir a espada. Y es, en consecuencia, el epítome de la hermosura viril. Si hasta los perfectos se emborrachan ¿qué será de los demás? ¿De los decatlonistas, sin ir más lejos, que saben el doble de las cosas que saben los del pentatlón? ¿De todos nosotros, que a lo sumo vemos los juegos por televisión?

Pero, bueno: y ya que todos se dopan, y se dopan con todo, y son los mejor dopados los que ganan las medallas, ¿no sería mejor que los que compitieran fueran directamente los médicos, sin atletas interpuestos? El COI se ahorraría infinidad de gastos: las ceremonias inaugurales, el pago de las fuerzas de seguridad que defienden a los atletas (una vez a Phelps, el asombroso nadador de Baltimore que se lleva todas las medallas de oro, lo cogieron manejando borracho), los hoteles de cientos de delegaciones nacionales, los viáticos, los sobornos. Y no habría tanto escándalo. Se anunciaría el escueto resultado: “Gana el oro el doctor tal, fisioterapeuta de la Federación de Remo del país tal. La plata, el doctor cual, de…”

Ah, sí: la plata. Porque esa es otra droga que corrompe los juegos.

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