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Opinión

  • | 1990/04/09 00:00

    EL DUEÑO DEL SOL

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El otro domingo, entre esas noticias trascendentales que registran actos de violencia y locuras humanas, encontré en una página perdida del periódico la información sobre la muerte del moján de Tabio.
Tabio es un pueblo pastoril y bucólico, rodeado de árboles y colinas, cerca de Bogotá. El moján era un viejito de barba abundante, sombrero de fieltro con badana blanca y una ruana desflecada. Sus vecinos, con una mezcla de admiración y miedo, decían de él que tenía un tesoro de morrocotas de oro y de billetes viejos que secaba al sol cuando hacía mucha humedad. Los pájaros bajaban a picotear piojitos entre los billetes mohosos. Las vacas de Tabio dormían la siesta sobre ese extravagante colchón de dinero.
Esos personajes, entre sabios y estrafalarios, se han ido acabando en nuestros pueblos arrastrados por la voracidad del progreso y por una vida angustiosa que cada día exige más cordura y menos poesía.
En San Bernardo del Viento había uno, el Tio Juan, que tenía el garbo y la apostura de un capitán de barco. Usaba una gorra hecha con desperdicios de papel de envolver y una espada de palo colgada de la cintura. Hablaba solo en las esquinas, echaba piropos a las muchachas y escribía telegramas imaginarios al general Rojas Pinilla, que era el presidente de la república.
Tio Juan conversaba con las flores y, a las seis de la tarde, cantaba canciones viejas para que los almendros de la plaza se durmieran con su arrullo. Lo único que lo hacía perder los estribos era cuando los muchachos necios le gritaban "Pecho Peludo". Entonces sí -y valga la expresión- se ponía como loco. Tiraba piedras como una catapulta antigua. A mí me descalabró tres veces.
Por ahí sobreviven algunos de estos hombres legendarios.Pablo Durán, que es el cronista oficial de San Marcos, una especie de Juan de Castellanos de ese pueblo recostado en una ribera del San Jorge, entre Sucre y Córdoba, me envía la elegía de un ilustre varón aldeano, que se llama "Chico-Busca-EI-Sol". Lo describe, brevemente, como un hombre de edad mediana, ni joven ni viejo, más bien maltratado por la vida.
Chico-Busca-EI-Sol usa un pantalón de los que solemos llamar "saltacharcos", que apenas bajan hasta un poco más allá de las rodillas y que son perfectos para perseguir marranos en los chiqueros y para caminar por los pueblos costeños sin ensuciar de barro la ropa.
Se preguntarán ustedes, con razón, a qué se debe un nombre tan curioso como el de nuestro personaje. Chico cree, sencillamente, que él es el dueño del sol que alumbra a San Marcos desde que despunta la mañana. Cuando los primeros rayos caen sobre tejados y calles, Chico sale corriendo, de puerta en puerta, dando golpes, gritando y llamando a la gente:¡Levántense, flojos, que ya traje el sol! ¡Levántense, que los va a coger el día!
Chico-Busca-EI-Sol es, para decirlo en pocas palabras, el despertador de San Marcos, tierra donde se siembra el arroz y se pesca en las ciénagas. Su voluntad es la que decide a qué hora se asoma la luz por el naciente y a qué hora se oculta por el poniente, mientras los venados regresan a sus cuevas.
Pablo Durán, que, como ya dije, viene siendo como el Fray Pedro Simón que rescata la historia de esos parajes, registra en la crónica que me remite un episodio de reciente ocurrencia. Hace unas pocas semanas comenzó la temporada de invierno en esa región. Los días son cortos y lechosos, monótonos, opacos.
Una mañana eran las siete y el sol no había hecho su aparición.
El pueblo entero se quedó pegado a las sábanas. El matarife, que es tío de los Carom, dejó a la gente sin carne para el almuerzo. Los Piña, que son músicos consagrados, ni siquiera ensayaron el clarinete. Mi compadre Builias Escaf no abrió la arrocera y la fila de campesinos llegaba hasta el atrio de la iglesia.
La modorra del invierno, que es como una nata espesa, se había apoderado de San Marcos. Ese día, por primera vez en su vida, Chico-Busca-EI-Sol no armó la algarabía matutina, ni tocó en las puertas, ni despertó a los roncadores. La verdad es que no se dejó ver en la albarrada del río ni en el salón de billares. Parecía que se lo hubiera tragado la tierra.
A las cinco de la tarde, cuando ya casi era de noche otra vez, dos estudiantes que regresaban de la escuela encontraron a Chico escondido en un solar, sentado en el suelo, doblado sobre sus rodillas, llorando con unos sollozos cortos, hipeando con tristeza.
-Me estoy muriendo de la verguenza -dijo Chico, y se limpió los mocos con la manga.
-¿Qué te pasó? -dijeron los muchachos.
-¿Les parece poco? -dijo Chico. Hoy me quedé dormido y no traje el sol...
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