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Opinión

  • | 2005/01/16 00:00

    El efecto Mockus

    En el marco de la reelección, el analista Jorge Iván Cuervo cree que la única persona que está en condiciones de disputarle la presidencia a Álvaro Uribe es Antanas Mockus.

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Ahora que está definida la reelección presidencial se vislumbran en el horizonte político coaliciones sobre el eje de apoyar o contradecir la figura del presidente Uribe. En esa polarización inevitable la única persona que está en condiciones de disputarle a Álvaro Uribe la Presidencia de la República en las urnas es Antanas Mockus. Se dice que las elecciones hoy se ganan más con imagen que con ideas y que la franja electoral que decide es el centro. Pues bien, tanto Mockus como Uribe tienen buena imagen y ante la polarización del país, efectivamente el electorado en disputa es el del centro, tanto el que viene de la derecha como de la izquierda, y ahí el ex alcalde de Bogotá tiene ventajas. De Uribe se dice que restableció el principio de autoridad para gobernar sin concesiones a los violentos, algo que hizo Mockus con lujo de detalles en la Alcaldía de Bogotá, con un ingrediente adicional a favor de éste: se sabe que no hizo concesiones a la politiquería como sí las ha hecho Uribe para lograr la aprobación de la reelección en su paso por el Congreso. El fuerte de Uribe, su política de seguridad y su discurso duro de pacificar para gobernar, no le es del todo ajeno a Mockus, con tres valores agregados: lo cultural, lo social y lo institucional. Antanas ha sostenido que Uribe viene haciendo demasiado énfasis en la fuerza y muy poco en la autorregulación, y que una sociedad así no es viable ni puede consolidar una política integral de seguridad. Si logra vender la imagen de que hay que hacer del control territorial una política de Estado, Antanas está en condiciones reales de disputar la Presidencia. El legado de Uribe es que sobre el control militar y policial del territorio, esta sociedad no puede dar marcha atrás, pero eso no basta por sí mismo para terminar de consolidar la presencia estatal y acabar el conflicto. Todo indica que de realizarse las elecciones hoy, Uribe arrasaría. Pero en dos años pueden pasar muchas cosas. Si el gobierno no logra resultados concretos y contundentes contra las Farc, se le enreda el proceso con los paras y se inclina por una línea neoliberal de reformas que deteriore la calidad de vida y el bienestar en los estratos medios y bajos, eso se sentirá en las urnas, tal y como pasó con el referendo, con lo que podrían emigrar votantes hacia el centro, donde Mockus puede recogerlos con anuncio de buenas políticas sociales como las que realizó en Bogotá durante su segunda administración, sin que eso signifique regresar a la 'blandenguería'. A Mockus no se le podrá acusar de no saber usar la autoridad del Estado. Otro tema importante que puede marcar una diferencia es lo institucional. Mockus ha sido fiel a su discurso académico de respetar y estimular el fortalecimiento de las instituciones, entendidas como reglas de juego pactadas para la cooperación y la convivencia. En Uribe no hay nada de eso. Su discurso de seguridad descansa sobre el eje de más militares, más policías y menos garantías -lo que supone un enorme esfuerzo fiscal difícil de conservar por largo tiempo-, pero muy poco de ciudadanía y de fortalecimiento institucional; de ahí, la personalización de su programa de gobierno, su imagen de indispensabilidad sobre la que se sustenta la necesidad de la reelección. Las debilidades de Mockus son la falta de una estructura partidista que canalice la opinión favorable y articule el electorado de centro, y su falta de reconocimiento en la otra Colombia, es decir, por fuera de las grandes ciudades y en la Costa Atlántica. Ahora bien, lo difícil está en que los sectores de oposición acepten que sea el lituano el punto de convergencia viable y necesario para enfrentar a Uribe y toda la poderosa maquinaria estatal que se pondrá al servicio de la causa de la reelección. De un lado, el Partido Liberal querrá imponer un candidato venido de sus entrañas y reclamar unas mayorías históricas que hoy le son esquivas. Serpa volverá a jugar, a pesar de que no tiene espacio político y que su nombre despertaría de nuevo los demonios que permitieron la elección de Uribe. De otra parte, el Polo Democrático ya se siente una importante fuerza política y electoral y querrá hacer valer a escala nacional sus éxitos en grandes ciudades, presentándose como el contradictor natural de un gobierno de derecha. El Partido Conservador sabemos que resignó sus posibilidades de competir adhiriendo a la causa de la reelección para asegurar su cuota burocrática. En esa medida, un candidato de estirpe liberal o de izquierda pura y simple -estilo Navarro- haría más fácil el triunfo de Uribe, dada la polarización ideológica que existe en el país. Mockus, por el contrario, dada su condición suprapartidista, apaciguaría demonios de radicalización y enviaría un mensaje de que es posible que una sociedad como la colombiana recupere su autoestima y su horizonte, no sólo a rejo, como en los viejos hogares antioqueños, sino con pautas de madurez cultural y de autorregulación convenidas, sin concesiones a los grupos ilegales. Mockus representa mejor que nadie el centro como punto de convergencia ideológica, con un discurso civilista conectado con las principales corrientes del debate sobre gobernabilidad democrática. Sería un presidente con sentido de autoridad, que entiende a la perfección que Colombia merece ser gobernado con pautas de modernización política, alguien que nos recuerde que hemos llegado al siglo XXI, así tengamos un conflicto que ya parece del siglo XIX.
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