Lunes, 20 de febrero de 2017

| 1995/09/25 00:00

EL EJEMPLO DE NOEMI

El presidente Samper ha resuelto apertrecharse en los corredores de la Casa de Nariño.

EL EJEMPLO DE NOEMI

EL PAIS, CONFUNDIDO, NO SABE A QUE adjudicarle la sorpresiva renuncia de Noemí Sanín a la embajada en Londres. Si a oportunismo, o si a franqueza y valentía.
No sabe todavía si fue un acto de deslealtad contra el gobierno al que representaba, o consecuencia de un acto de coherencia interna. Si producto de la probable contaminación de su imagen por parte de un gobierno contaminado, o de una posición ética y moral frente al gran interrogante que se cierne hoy sobre el presidente Samper.
Yo, por lo pronto, creo en las razones filosóficas que Noemí Sanín ha expuesto para justificar su salida. Se le convirtió en un conflicto personal y ético lo de estar sirviéndole a un gobierno que cada día se ahoga más en las incongruentes respuestas que ha dado ante las graves acusaciones que lo agobian. A Noemí el país le reconocía valentía, habilidad, ambición, imagen, pero no mucha profundidad. Creo que en su decisión de retirarse de la embajada hizo gala de toda la profundidad que se le echaba de menos.
Y en ese sentido noemí Sanín se le adelantó admirablemente a otros embajadores, como a la respetada Gloria Pachón de Galán, de quien se ha sabido que ha trancado a última hora la decisión de renunciar a la embajada en París. Pero yo no la entiendo. Desde el mismo instante en que aparece un cheque por 40 millones de pesos girado a nombre del tesorero de la campaña samperista, Santiago Medina, cheque que fue reciclado hacia las finanzas de la campaña liberal en el Valle del Cauca, la embajadora Pachón de Galán estaba obligada a renunciar por una razón contundente: con dinero procedente del narcotráfico fue con el que mataron a Luis Carlos Galán.
Algo parecido podría decirse del hijo de Carlos Lleras Restrepo, embajador en Washington, y de ese hombre vertical en todo sentido que es Carlos Lemos Simmonds, embajador en Austria. Ni para qué hablar de Humberto de la Calle, embajador en Madrid, a quien se le está haciendo tarde para dejar sentado que se rebela contra la campaña que lo sacó victorioso con dineros del narcotráfico.
No puede ser admisible para los colombianos el tener que conformarnos con la cada vez más remota esperanza de que a Ernesto Samper le metieron plata de la mafia a sus espaldas, que era amigo de Elizabeth de Sarria a sus espaldas, que le escogieron los principales colaboradores de su campaña a sus espaldas y que ahora la Fiscalía lo investiga a sus espaldas.
Samper se ha aferrado a su cargo de Presidente con una desesperación sospechosa en un hombre inocente. Está como apertrechado en la Casa de Nariño. Ya sus actos de gobierno, buenos en cualquier otra época, son recibidos por la opinión con la sensación de que han sido inspirados más en la necesidad de una defensa personal que en el interés del bienestar general. Y como su única defensa pública, además del acto de nombrar un abogado penalista -no es habitual que los presidentes tengan que nombrar abogados penalistas- ha consistido en insistir en que no polemiza sobre documentos sometidos a reserva del sumario -a no ser que la reserva la rompa su propio gobierno, como en el caso de la indagatoria de Medina-, la opinión se ha quedado sin saber qué es lo que piensa el Presidente de cosas escandalosas como el pago de 190 millones de pesos en cajas de cartón a un publicista que le prestó servicios a su campaña. Lo que sí sabemos es que la detención de Fernando Botero Zea, a quien su dignidad podría terminar reivindicándolo ante la historia, le produce al Presidente sentimientos 'ambivalentes'.
Este asunto ya no consiste en que el país se quede cruzado de brazos en espera del pronunciamiento de la justicia. Pienso que los hechos han creado una dinámica política que avanza más rápido que la dinámica jurídica de esta investigación. Y que esa dinámica política le es desfavorable al presidente Samper en todos los aspectos posibles, comenzando por el de la responsabilidad que le cabe a un mandatario, a un líder, al conductor de los destinos de un país, cuando se descubre que la campaña que lo llevó a la victoria estaba irremediablemente dañada.
Hace días me desvelan los mismos interrogantes, que me siento en la obligación de hacer públicos: ¿Debemos perdonarlo porque fue a sus espaldas? ¿Debemos conformarnos con la presencia en la Casa de Nariño de un hombre engañado por sus personas más cercanas, en materia tan grave? ¿Y qué podemos esperar entonces del gobierno que ahora preside? ¿Que sus principales colaboradores actuales también hayan si do escogidos a sus espaldas y que terminen e quivocándose, corrompiéndose o engañándolo... a sus espaldas?

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