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Opinión

  • | 2006/08/19 00:00

    El embajador y el bosque

    Tan hipócrita es la afirmación de Wood de que ‘‘la erradicación aérea ayuda a salvar el parque’’ como aquel general compatriota suyo, que en tiempos de Vietnam solía dolerse de que fuera necesario ‘‘destruir el país para salvarlo’’

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Se atreve a escribir el señor William B. Wood, embajador de los Estados Unidos en Colombia, en un artículo publicado en El Tiempo como respuesta a un editorial de ese diario criticando la fumigación con glifosato del Parque Nacional de La Macarena, lo siguiente:

"Aquellos que, como yo, aman la belleza sin igual del paisaje colombiano, debemos estar preparados para tomar decisiones duras

para protegerlo de los narcoterroristas, quienes lo colonizan con plantas extranjeras y se lo arrebatan a la gente para su propio beneficio".

Alguien que dice creer que la coca es una "planta extranjera" en los bosques de América del Sur no merece llevar el apellido Wood, que en inglés quiere decir 'bosque'. Y alguien que se llama 'Bosque' y dice creer que el glifosato "no tiene efectos nocivos sobre los seres humanos ni sobre el medio ambiente" merece ser fumigado con glifosato de pies a cabeza, para que aprenda. Pero no es la ignorancia sobre el tema que trata lo que más llama la atención en el artículo del embajador, sino la arrogancia con que se toma el derecho de "tomar decisiones", sean duras o no lo sean, sobre el destino del paisaje colombiano. Como si no supiera tampoco que quien "se lo arrebata" a la gente es el gobierno de los Estados Unidos que él mismo representa. Un gobierno que, al verse incapaz de hacer que sus ciudadanos cumplan las leyes que prohíben el consumo de drogas, les traslada los costos a los países productores, mientras guarda para sí mismo el beneficio.

Dice el embajador Wood:

"Ciertamente, cinco kilos de glifosato dañan el medio ambiente menos que 550 kilogramos de productos químicos utilizados para la producción de una hectárea de coca".

No parece percatarse el embajador -o más bien, cree que sus lectores no se percatan- de que lo que pasa con esos cinco kilos de glifosato es que se suman a los otros 550 para completar 555 kilos de productos químicos utilizados en cada hectárea cocalera, talada primero de su bosque (de su 'wood'), sembrada luego de coca y finalmente fumigada para dejarla improductiva y dar paso en consecuencia a la tala, siembra y fumigación de una nueva hectárea. En las casi tres décadas de "guerra contra la coca" impuesta a Colombia por los gobiernos de los Estados Unidos, han ido siendo taladas y a continuación sembradas y a continuación fumigadas cerca de un millón de hectáreas de paisajes de sin igual belleza, para usar la expresión lírica del señor Wood. Tan hipócrita en su afirmación de que "la erradicación aérea ayuda a salvar el parque" como aquel general compatriota suyo, y tan amigo de los bombardeos aéreos como él, que en los tiempos de la guerra de Vietnam fingía dolerse de que fuera necesario "destruir el país para salvarlo".

Aquella guerra se perdió, como tal vez recuerde el embajador. Como se está perdiendo también ésta, aunque Colombia está siendo destruida en el proceso. Comenta Andrés Hurtado García, que conoce los paisajes de este país mejor aún (si cabe) que el embajador norteamericano, en una columna publicada al día siguiente de la del diplomático:

"¿Quieren saber la verdad, colombianos? La lucha está perdida. (...) Nuestras selvas, páramos, bosques de cordillera y esos rinconcitos de cielo que son nuestros Parques Nacionales no tienen más que unos años de vida".

Notícula sobre algo que en apariencia no tiene nada que ver con todo lo anterior, pero que tal vez tiene que ver mucho:

Publica el 'Opinómetro' de El Tiempo que a la pregunta "¿Usted cree en los milagros?" un 63,3 por ciento de los colombianos encuestados contestó que sí.

El porcentaje coincide exactamente (¿milagrosamente) con el de los que votaron por la reelección del presidente Álvaro Uribe.
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