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Opinión

  • | 2011/03/07 00:00

    El engaño del girasol

    Un engaño compartido, porque aquí nunca cobramos el costo político: seguimos esperando a que sean los mismos políticos quienes terminen apiadándose de nuestra propia estupidez.

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El principio fundamental con el que los verdes se instituyeron como partido fue el de un rechazo rotundo al ‘todo vale’, al oportunismo político. Hay quienes piensan que este principio comenzó a desdibujarse el día en que Enrique Peñalosa manifestó que le complacería recibir el apoyo electoral de Álvaro Uribe (a quien, no sin razón, se le identifica con el ‘todo vale’); y piensan que hoy ese principio se ha borrado por completo, toda vez que, en efecto, Peñalosa ha aceptado ese apoyo.

En contraste, hay quienes aprueban esta estrategia, pues consideran que de no llegar al poder el Partido Verde no lograría materializar sus propuestas y que, por tanto, es esta la mejor forma para que los principios del partido no se queden en, simplemente, buenas intenciones.

Hago parte del primer grupo. Pero antes de argumentar a favor de esta posición, permítaseme examinar la segunda. Pienso que ésta se sostiene, en particular, sobre una concepción errada del pragmatismo y, en general, sobre una concepción inmediatista de la vida misma que si bien podría ser respetable, debería ser revaluada.

Es cierto que ser pragmático es actuar de tal manera que nuestras acciones se rijan por los fines perseguidos, más que por principios o significados determinados con anterioridad. Pero también es cierto que estos fines –tanto en la vertiente filosófica como política del pragmatismo–, deben poseer una carga moral positiva y, por ende, ser deseables de una manera general, no particular. Ser pragmático no es ser simplemente práctico y, en consecuencia, no es defender los intereses propios más inmediatos. En efecto, ser pragmático también requiere de la guía de principios.

Es una lástima que gran parte de la clase política colombiana no comprenda esta diferencia. Pero algunos sí lo hacen y, aun así, siguen defendiendo la practicidad. Son personas que, en el ámbito personal y de un modo respetable, han elegido la inmediatez como guía de sus actos. Son aquellos que se han ceñido a la práctica, al hacer –en el sentido más productivo del término–. Si bien es curioso que la Historia nunca los registre, más que como protagonistas incidentales de un determinado curso de acontecimientos, por lo general triunfan de cara a momentos y contextos particulares, en los que suelen gozar de riqueza y reputación.

Es esta una forma de vida que, insisto, puede ser respetable en el ámbito privado. Pero es este un lujo del cual pocas personas, y mucho menos un político, puede gozar. La razón es muy sencilla: el fin de la política es el bienestar general, no el particular. De ahí que los vicios en los que incurre toda forma de política que persiste en la practicidad son, en el mejor de los casos, el oportunismo político y, en el peor, la corrupción.

Bien sabemos que son estos los vicios propios de la política colombiana. Vicios de los que el Partido Verde nos hizo creer que era consciente y, más aún, que se erigía como una solución. De ahí que nuestra más sentida indignación, nuestro absoluto repudio, no solo sea hacia Peñalosa, sino también hacia el mismo Mockus y las directivas del Partido Verde, en general, porque más que defraudarnos, sencillamente, nos engañaron.

Que muchos sectores de la sociedad colombiana, incluyendo al mismo Partido Verde, pretendan negar o minimizar este engaño es la consecuencia de que, en Colombia, seguimos careciendo de una forma adecuada de articular nuestros debates y decisiones en política. Aquí, para ponerlo en términos del politólogo norteamericano Michael Sandel: necesitamos redescubrir el arte perdido del debate democrático.
Cosa que, como bien dice Sandel, no podemos lograr si en cuestiones de decisión política no nos preocupamos, antes, por resolver la pregunta: “¿Cuál es la naturaleza esencial de la actividad en cuestión, qué cualidades, qué excelencias, conectadas con esa actividad, son valiosas de honrar y reconocer [y cuáles, por supuesto, merecen nuestro repudio]?”.

Para nuestra fortuna, frente a engaños como el del girasol, y de tantos otros por parte de nuestra clase política, existe algo que se llama el costo político. Un costo que, como ciudadanos, podemos cobrar en las urnas. Para nuestra desgracia, nunca lo hacemos, nunca repudiamos las artimañas de las que se valen nuestros políticos con tal de llegar al poder. Seguimos esperando a que sean ellos mismos quienes terminen apiadándose de nuestra propia estupidez.

De ahí que el engaño del girasol sea, entonces, un engaño del que todos somos culpables. Y si no es este el caso, cabría preguntarse, entonces: ¿quién repudia hoy las picardías que implementó Juan Manuel Santos para llegar a la Presidencia?

Twitter: Julian_Cubillos

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