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Opinión

  • | 1997/08/18 00:00

    EL ESQUELETO NUMERO DOS

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Confieso que me invadió cierta nostalgia al ver la fotografía del esqueleto del Che Guevara, desparramado en una mesa tras haber sido desenterrado 30 años después de su sepultura clandestina. La comparación inevitable de la foto de estos huesos identificados como "el esqueleto número dos" con aquella del guerrillero recién muerto en Bolivia, que tenía el aire perfecto del mártir sacrificado, con la mirada viva después de la muerte y la sonrisa intacta, reviven el itinerario dramático de una generación para la que el Che simbolizó mucho de su espíritu, aun entre quienes nunca estuvieron de acuerdo con él.El último héroe latinoamericano de a caballo, como lo describe Paco Ignacio Taibo en la biografía que acaba de publicar, simbolizó la consolidación de la revolución en Cuba y la siembra de los focos guerrilleros en casi toda la América Latina. A propósito del libro, yo no sabía que en las épocas de correcaminos del Che, antes de enrolarse en el grupo de Fidel Castro en México, estuvo una temporada en Colombia. Primero en el curioso papel de director técnico y arquero de un equipo de fútbol en Leticia, y luego en Bogotá, donde vio un partido entre Millonarios y el Real Madrid, se entrevistó con Alfredo D'Estéfano, y más tarde fue detenido pocas horas por cargar un cuchillo entre el morral. Pero tal vez lo que más golpea es que mientras en esos 30 años la mayoría de esos países del continente han resuelto mal que bien su problema guerrillero (mediante negociación, aniquilamiento o toma del poder, según el caso), en Colombia sólo se ha visto el agravamiento, gota a gota, de una situación que no parece tener solución a mediano plazo.El halo heroico y salvador de los guerrilleros se desvaneció hace mucho tiempo. En Colombia, donde los dirigentes guerrilleros mueren de muerte natural en las montañas, aquejados por los males que trae la edad, la actividad del insurgente hace parte ya de las tradiciones nacionales, con todas las degeneraciones personales y colectivas que puede hacer germinar medio siglo o más de actividad delictiva constante. Tengo entendido que los organismos de inteligencia de Estados Unidos sostienen que el descubrimiento de los restos del Che, la celebración de los 30 años de su muerte y el renacer de la iconografía de Guevara en todo el mundo no es una coincidencia sino una deliberada estrategia de Cuba para revivir la actividad guerrillera. Y algunos de ellos van más allá y sostienen en privado que el recrudecimiento de la insurgencia en Colombia obedece a que Cuba tendría interés en rescatar para su causa al único país con guerrilla en Latinoamérica, para que le haga compañía a la isla para atenuar el sofocante embargo que le aplica Estados Unidos. Creo que hay demasiada imaginación en esa tesis. Pero el repaso de los sucesos archiconocidos de la revolución cubana, a propósito de la recuperación de los restos del Che, tienen un parecido sobrecogedor con los que ocurren hoy en Colombia. Es obvio que las circunstancias de los dos procesos son tan distintas que no tiene sentido hacer un paralelo.Sin embargo, a partir del momento en que la guerrilla de Fidel se hace fuerte en la Sierra Maestra y resuelve bajar del monte y dividir la isla en dos que es el comienzo del fin de la película_ el tipo de enfrentamientos, la secuencia de actos de sabotaje y el comportamiento de la guerrilla en muchos aspectos se parece a lo que vivimos aquí. La estrategia de involucrar a la comunidad internacional cuando la guerrilla considera que tiene una capacidad de perturbación notoria es idéntica. La decisión de tomar prisioneros para devolverlos después (en el caso de Cuba sin negociación alguna) como mecanismo de desmoralización del Ejército es calcada.Las emboscadas en serie al Ejército con bajas superiores a 10 unidades con efectos más de demostración de poder que de cambio en el control territorial inmediato, unidas al sabotaje a la infraestructura productiva, son también una coincidencia, tal vez casual, pero escalofriante. Y el reconocimiento del carácter de fuerza política por parte de sectores sociales antes reacios a dar opiniones distintas a las del apoyo irrestricto a la Fuerzas Militares se parece bastante a aquello de finales del 58. Esta columna parece estar advirtiendo la toma inminente del poder por parte de la guerrilla en Colombia. Eso no va a suceder. Pero la capacidad perturbadora de hoy de la guerrilla colombiana no tiene antecedentes, está marchando a pleno vapor y estamos en vísperas de elecciones. Esta mezcla tiene que alarmar al más sereno.
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