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Opinión

  • | 1994/09/05 00:00

    EL ESTIGMA (2a. PARTE)

    Es injusto responsabilizar a una sola ciudad por nuestros males, y entregarle la bandera del narcotráfico para que ondee como una insignia.

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AQUELLO DE QUE A UN PERRO NO LO capan dos veces parece ser un aforismo que lamentablemente no se puede aplicar al caso colombiano en materia de narcotráfico. Ya lo hicieron una vez con Medellín y estamos empezando a repetir, sin mayores variaciones, la misma historia con Cali.

Todo empezó hace un poco más de una década en la pila bautismal de la agencia antidrogas DEA, cuando algún poeta resolvió ponerle el nombre de cartel a algo que tal vez jamás lo fue, y que, si alguna vez llegó a serlo, ya no lo era cuando lo bautizaron así. Era verdad que varios de los principales narcotraficantes colombianos de entonces estaban en la capital de Antioquia, pero no controlaban todo el negocio como para llamarse cartel, ni todos los que estaban en esa organización eran de ahí u operaban desde allá, como para que los conocieran con el pomposo nombre de cartel de Medellín. Sin embargo, el término se generalizó de tal manera que el nombre de la ciudad llegó a convertirse en el sinónimo del mal, alentado por los sucesivos gobiernos estadounidenses que, además, lo señalaron como el enemigo número uno de esa Nación.

Todavía retumban en la memoria de los antioqueños las palabras del alcalde Koch, de Nueva York, quien en el preámbulo de una cumbre antidrogas proponía bombardear a Medellín desde el aire, como sistema para acabar con semejante lugar. Y de la mano de la arbitrariedad linguística y geográfica de los funcionarios estadounidenses de la época, Medellín padeció el calvario de verse estigmatizada como el símbolo del peor delito contra la humanidad, y en semejante categoría deambuló, como un leproso con cencerro, hasta la muerte de Pablo Escobar.

La lista de calamidades que asolaron a Medellín es interminable, y está todo demasiado fresco en la memoria nacional como para enumerar de nuevo las tragedias de la violencia y los efectos inmediatos y colaterales de la mala imagen institucionalizada. De nada valieron campañas de maquillaje y contraofensivas internacionales para atenuar el impacto del señalamiento universal. No hubo renglón de la economía o asunto social que no se viera afectado por la condición de criminal que asumió Medellín frente al mundo, y todo, desde el comienzo hasta el final, fue el resultado de la injusticia de haber focalizado el narcotráfico como símbolo en una sola ciudad, cuando era claro que se trataba de un fenómeno auténticamente nacional.

Ahora se está repitiendo lo mismo, como una pesadilla, en el caso de Cali. Hoy resulta que el centro mundial del narcotráfico es, con nombre y apellido, la ciudad de Cali, y que en su perímetro está concentrado, como en un gueto, todo el poder mundial del narcotráfico. Las autoridades locales y departamentales, así como los dirigentes del sector privado, están sufriendo las primeras caldas del viacrucis y no encuentran cómo atajar la horrible imagen que empieza a adquirir Cali en virtud de que el gobierno de Estados Unidos acaba de decidir que el nuevo enemigo se llama cartel de Cali.

Nadie pretende decir que en Cali o en el Valle del Cauca no hay narcotraficantes ni que el drama que se vive allí por ese concepto es una invención injustificada del imperialismo yanqui. Pero es injusto que una sola ciudad se presente como una isla en medio del país, con la bandera del narcotráfico ondeando como insignia, y que en esa condición atraviese el desierto de la ignominia que le tocó sudar a Medellín y (por qué no) también el de la violencia.

Independientemente de las acciones militares o políticas que se adelanten en Cali y el Valle para combatir el narcotráfico, el resto del país debería asumir como propia la campaña para impedir que Cali se convierta en el símbolo de la plaga. Si hay algo que se puede afirmar, con rubor pero con franqueza, es que el narcotráfico es un fenómeno nacional y no departamental, y es una obligación diluir la responsabilidad de los caleños en un ámbito que debe ir mucho más allá del perímetro urbano de su ciudad.

La segunda parte de la película que protagonizó Medellín está empezando ahora, y todo parece indicar que puede llegar a ser tan larga como la primera. Ojalá no resulte así de trágica. Pero ya que es inevitable, se debería empezar por decirles a las autoridades externas y locales que cuando se refieran a los delincuentes lo hagan por sus nombres y apellidos, y que en caso de generalizar les pongan a las bandas de narcotraficantes nombres de personas, de animales o de cosas, pero no de poblaciones.
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