Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/08/05 00:00

EL ESTRELLON

EL ESTRELLON

La ruptura de relaciones con Estados Unidos parece un hecho inevitable. Cada intervención pública de un funcionario de aquí o de allá acorta cada vez más la distancia que hay entre la discusión y la pelea, y por eso tenemos que empezar a discutir qué hay de válido en cada una de las posturas y -por qué no- a imaginarnos desde ya cómo será el mundo sin ellos.En el catálogo de exigencias de Estados Unidos, publicado por SEMANA hace ocho días, hay de todo.Para empezar, la extradición, sobre la cual Colombia no puede ceder. Es cierto que el narcotráfico es un delito internacional, y también lo es que es al único mecanismo al cual le temen los narcos. También es verdad que la no extradición fue introducida en la Constitución bajo presión del narcoterrorismo, y es claro que el absurdo régimen de penas con que cuenta el país para castigar crímenes gravísimos hace ver ridícula cualquier política antidrogas.Pero la debilidad de una política no es razón para que el país claudique en materia de principios. El gobierno está obligado a crear rápido un régimen decente en cuanto a penas, y a garantizar que las condenas no sigan siendo una forma de lavar fortunas inmensas, amasadas a punta de asesinatos.No es una locura pensar en que sí es posible extraditar nacionales que no tengan procesos en Colombia y que sean requeridos por otros países, o que después de pagar penas por delitos cometidos aquí puedan ser enviados al exterior para enfrentar nuevos procesos. Lo que no tiene sentido es asumir como un principio del derecho internacional que la jurisdicción foránea tiene más validez que la nuestra.En lo que definitivamente sí tiene razón Estados Unidos es en que, tal como están las cosas, Colombia no es una instancia confiable para juzgar narcos.Tienen razón los gringos en pedirle al gobierno la certeza de que el paquete de medidas contra el narcotráfico sea aprobado en el Congreso y que no sea tumbado luego en la Corte. Se sabe que son poderes separados y que, en condiciones normales, bastaría la disculpa de la separación de terrenos para salir del problema.Pero con el descrédito del presidente Samper y de Colombia, el gobierno debe empeñar su palabra en que su capacidad de influencia sobre las otras dos ramas es tal, que se puede comprometer con el resultado final del proceso.También suena lógico que los barcos norteamericanos puedan interceptar embarcaciones con droga y detener a los traficantes más allá de las 12 millas marítimas, y además llevárselos a su tierra y procesarlos. Un tipo agarrado con las manos en la masa y con la mercancía rumbo al norte no puede esperar un tratamiento distinto.No tiene, en cambio, ninguna presentación que Estados Unidos aproveche el envión del tema del narcotráfico y la debilidad de su interlocutor para mezclarle al asunto temas como la renuncia de Colombia a sus acuerdos sobre banano con la Unión Europea, la discusión sobre medidas proteccionistas de Colombia, el tema del medio ambiente o la propiedad intelectual. Para esto hay escenarios específicos de discusión y Colombia tiene que plantarse firme en la diferenciación de los terrenos.A pesar de que Estados Unidos está metido hasta la médula en los asuntos internos nuestros, sería un error garrafal que el gobierno pensara en invitar al país a arroparse en la bandera tricolor y enfrentar a golpes de nacionalismo la intromisión foránea, actitud que ya se adivina por los últimos discursos de los altos funcionarios gubernamentales.Lo que hay que hacer es reconocer que el mundo no nos va a hacer el balance de los esfuerzos contra el narcotráfico por el número de muertos en la lucha ni por la cantidad de toneladas de coca incautada. El balance se hará sobre lo que Colombia pueda hacer de nuevo y a partir de hoy en esa materia. Y para ese balance arrancamos de cero.Soy escéptico sobre el buen desenlace de este proceso. El gobierno parece ir en bajada y sin frenos en su enfrentamiento con Estados Unidos, y el estrellón luce inevitable. Y a los pasajeros, impotentes, sólo nos resta hacer lo que recomiendan las azafatas cuando el avión está en emergencia: abróchese el cinturón, agárrese la cabeza y póngase a rezar.

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