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Opinión

  • | 2007/06/09 00:00

    El exceso de gestión

    Si los profesores sindicalizados se incluyeran, el número de sindicalistas asesinados en 2006 llegaría a 58.

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Se equivocan quienes piensan que el reciente viaje del presidente Uribe a Estados Unidos no tuvo efectos. Claro que los tuvo, pero en contra de los intereses de su gobierno. El Presidente no entendió a tiempo que el apoyo al TLC y el Plan Colombia estaba afectado por el pulso entre el gobierno Bush y la nueva mayoría demócrata en el Congreso. Hasta ahí, Colombia no tenía nada que ver.

Lo que correspondía era interpretar el momento político y buscar la ocasión propicia para lograr un nuevo acuerdo bipartidista alrededor de unos temas que, dicho sea de paso, no son los más importantes en Washington.

Esa evaluación realista del verdadero peso de Colombia en el contexto norteamericano y la sensibilidad para actuar con el "timing" correcto, le permitieron al embajador Luis Alberto Moreno llevar la relación con Estados Unidos a unos niveles nunca antes alcanzados. Moreno sabía cuándo figurar, cuándo llevar de visita a los Presidentes, y cuándo desaparecer con discreción.

Sin embargo, el presidente Uribe no tiene ni la paciencia, ni la modestia, para esperar su momento. Está convencido de que puede seducir la política estadounidense con las mismas estrategias que le han funcionado en Colombia. Cree que la mezcla de clientelismo, declaraciones encendidas y torrentes de cifras de difícil verificación, pondrá a Washington a sus pies.

De su clientelismo, sin fronteras, son buenas muestras las tres (!) reuniones de la última semana con el influyente representante afroamericano Charles Rangel. Buscando cambiar el voto del congresista, el Presidente ha viajado de Washington a Nueva York, del Capitolio a Harlem, siempre acompañado de los recién nombrados Viceministro de Protección y Ministra de la Cultura.

Sin embargo, son las cifras del Presidente -esas que en Colombia se han vuelto dogma de fe- las que más le han quitado credibilidad en Washington.

Le han preguntado reiteradamente por qué Colombia es el país más peligroso para los trabajadores sindicalizados. Uribe repite, una y otra vez, que gracias a su gobierno los números muestran una mejoría extraordinaria. Sostuvo que el año pasado sólo 25 sindicalistas habían sido asesinados.

Lo que no dijo el Presidente es que esa mejoría es producto de un artificio estadístico. Para que esas cifras lucieran impresionantes, alguien determinó sacar a los docentes sindicalizados y crear una nueva categoría para ellos. Si los profesores sindicalizados se incluyeran, el número de sindicalistas asesinados en 2006 llegaría a 58. Mucho más que los 40 sindicalistas que el gobierno admite como asesinados el año inmediatamente anterior.

Varios congresistas norteamericanos saben los nombres y tienen los números.

Cuando le preguntan por los periodistas muertos, Uribe responde simplemente que este año ningún reportero ha sido asesinado. Se le olvida contar que el año pasado tres cayeron por acción de los criminales (Atilano Pérez, Gustavo Rojas Gabalo y Milton Fabián Sanchez). Por cierto, dos de ellos a manos de paramilitares presuntamente desmovilizados.

Estos tres periodistas asesinados en 2006 prueban que la inseguridad para los reporteros es comparable a la que se vivía en los años inmediatamente anteriores a la posesión de Uribe. En el año 2000, los asesinos también acabaron con las vidas de tres reporteros (Juan Camilo Restrepo Guerra, Gustavo Rafael Ruiz y Alfredo Abad López). En 2001, tres periodistas cayeron por ejercer su profesión (Flavio Bedoya, José Duviel Vásquez y Jorge Enrique Urbano). Al final de 2002, cuando el Presidente tomó posesión por primera vez, el terrible balance se repitió: tres reporteros murieron violentamente, en cumplimiento de su deber (Orlando Sierra, Héctor Sandoval y Efraín Varela).

Entonces ¿cuál es la mejoría? Ninguna, si hay un escrutinio riguroso de las cifras. En Washington lo están empezando a hacer.

Los ejemplos podrían seguir. Lo desconcertante es que el Presidente, con sus dos últimos viajes a Estados Unidos, se ha hecho más daño que el que cualquier opositor le pudo haber causado en los últimos cinco años. 
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