Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1993/05/24 00:00

El fallo que falló

Ciento veinte años después, se quiso aplicar la exitosa institución norteamericana en Colombia.

El fallo que falló

AGONIZA LA COMISION DE ETICA DEL Senado, y con ella, la esperanza de un Congreso depurado de vicios, podredumbre y corrupción.
Esta historia que está a punto de tener tan triste final no tuvo, tampoco, un fácil comienzo. La Comisión surgió de la Asamblea Constituyente, como un mecanismo para garantizar la creación de un nuevo Congreso. Y sin perder tiempo en discusiones que habrían abortado su nacimiento, se fusiló la reglamentación de la Comisión de Etica del Senado norteamericano, que existe con gran éxito desde 1874.
Ciento veinte años después quiso implantarse en Colombia, con el propósito de modernizar nuestro Congreso. Pero en ese momento encontró su primer gran escollo. El entonces presidente del Senado, Carlos Espinosa Facio-Lince, se demoró cerca de dos meses en instalarla, con el secreto propósito, según dicen muchos de sus colegas, de sabotearla.
Finalmente las presiones de la opinión lo obligaron a ponerla en funcionamiento, y la Comisión se anotó su primer gran hit: el del caso de Enrique Gómez vs. Escrucería, quien fue justamente condenado y privado de su investidura, no sin que sus miembros saltaran otro escollo: tuvieron que renunciar, con el objeto de que la plenaria del Senado reconsiderara su propósito inicial de absolver a Escrucería.
Ante la contundencia de este fallo comenzaron a temblar todos los senadores que tenían rabo de paja. Hasta tal punto que, en un debate que hubo en marzo de 1992, las palabras del senador Darío Londoño todavía resuenan como advertencia de las zancadillas que comenzarían a ponerle desde ese momento esa Comisión de Etica. Dijo en ese momento Londoño: "Señores senadores, hemos creado un monstruo, que hoy se ensaña con el senador Escrucería, pero que mañana lo hará con cualquiera de nosotros ".
Desde ese momento el Senado quedó dividido entre "buenos" y "malos". Los "buenos", que no tenían nada que temer, querían salvar la Comisión. Los "malos", que tenían todo que temer, se propusieron hundirla. Y para ese propósito comisionaron al ex ministro de Gobierno de Barco, Orlando Vásquez Velásquez, cuya habilidad jurídica, ampliamente reconocida, enfiló todas sus baterías para acabarla.
La oportunidad se presentó con motivo de la discusión del reglamento interno del Congreso. Los "malos", conscientes de que la opinión no perdonaría que la Comisión de Etica desapareciera de un plumazo, diseñaron algo tremendamente sofisticado: la castraron. La Comisión seguiría existiendo, pero difícilmente pondría en peligro a algún senador.
El senador Vásquez Velásquez diseñó la cosa para herirla de muerte en siete puntos: derogó el reglamento vigente (el tomado del gringo). Dispuso que los miembros de la Comisión fueran elegidos, y no designados, con lo que terminaron colándose por cuociente electoral varios representantes de los "malos". Ordenó que todas las decisiones se tomaran por unanimidad. Determinó que ninguna decisión sería válida sin la aprobación de la plenaria del Senado. Autorizó la votación secreta. Condicionó los fallos de la Comisión a un código de ética preexistente, pero actualmente inexistente. Y finalmente, no estableció una nueva reglamentación para la Comisión, ni las facultades para hacerlo.
A esta maniobra jurídica de Vásquez Velásquez se sumó una política. Los senadores con problemas eligieron a dos representantes en la Comisión de Etica, con claras instrucciones para vetar cualquier intento sancionatorio. Los senadores Tiberio Villarreal y Jorge Elías Nader vienen cumpliendo a cabalidad con la recomendación de sabotear la exigida unanimidad.
El ejemplo patente del triunfo de esta maniobra se vio en el caso del juicio de la actuación de Espinosa Facio-Lince. Después de un cuidadosísimo estudio del caso por parte de los tres ponentes de la Comisión, que duró cinco meses, que tomó el testimonio directo de 45 personas y que se resumió en un cartapacio de más de tres mil hojas, se concluyó que Espinosa había incurrido en conductas indecorosas, y que evidentemente en el caso de las indemnizaciones del Senado hubo un escandaloso despilfarro.
Sin embargo, el fallo falló. La maniobra fue impecable. Espinosa se dedicó a recoger firmas de cada uno de los senadores, utilizando como "jefe de debate" al presidente de la corporación, Tito Rueda. Se invocaron solidaridades políticas y regionales. Incluso se llegó al caso de que el grupo de Andrés Pastrana abandonó a su senadora Claudia Blum, una de las ponentes, y se encargó a Maristella Sanín de recoger el apoyo que tenía como único propósito de defender a uno del grupo, Omar Yepes; vicepresidente de la junta directiva cuestionada. Y finalmente, en la plenaria del Senado, el día de la votación, se impidió que hablara el encargado de la Comisión de Etica, con el argumento de que había "suficiente ilustración" para el fallo.
Y si por lo menos la Comisión de Etica del Senado existió, la de la Cámara jamás ha existido. La preside un tal Gallo Rosales. Y esperando turno para debates que nunca se producirán está el caso de los viajes de César Pérez, el de los costosos maletines, y el de los numerosos supernumerarios.
Pobre Comisión de Etica. Pobre Congreso. Pobre país. -

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