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Opinión

  • | 2002/03/11 00:00

    El fenómeno Uribe

    La campaña de Uribe es un modelo de 'marketing' político: consistencia,claridad, frases cortas, repetición, ideas simples, cifras exactas

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Se lo ganO en buena lid. Mientras los otros candidatos trataban de nadar con la opinión, Uribe tuvo el acierto, la lucidez y el coraje de esperarla río abajo. Y no era un río: era una catarata de indignación nacional que lo hizo saltar de siete a 59 puntos en sólo cinco meses.

Los candidatos buscaban la opinión, pero la opinión andaba en busca de un Uribe. Y de su encuentro surgió un

impulso arrollador, que los sicólogos denominan “halo”. Es el aura emocional que envuelve y catapulta a un líder, a medida que la gente magnifica sus virtudes y minimiza sus defectos.

Se lo ganó en buena lid. La campaña Uribe es un modelo de marketing político: consistencia, claridad, frases cortas, repetición, ideas simples, cifras exactas, respuestas directas, ademanes firmes, actitud magnánima, “desinfle” preventivo de los escándalos, financiación abundante, cultivo de los dueños de los medios y llamadas personales a los críticos, son la receta exacta que formulan —y casi nunca logran— los asesores gringos.

Los focus groups confirman ambos hechos: (a) Para el votante medio, Uribe significa que “por fin” se hará frente a la guerrilla (que es además la causa del desempleo); (b) La gente percibe a Uribe como franco, valiente, enérgico, trabajador, estudioso, dedicado, eficiente, buen congresista y gran gobernador.

Todo lo cual es cierto, aunque se magnifica. Igual que se silencian sus defectos como gobernante: solitario, irascible, autoritario, terco… —“o sea intenso”, como dirían las niñas—. Es más: en unos meses, Uribe logró reinventarse como alguien distinto del que ha sido, un político de provincia con demasiadas liaisons dangeureuses; con Guerra Serna, con los Ochoa, con Samper, con los dueños de avionetas, con los enemigos de la extradición, con su clientela, con los ricos de Antioquia, con las Convivir, con Rito Alejo —y hasta con Serpa, su candidato de hacía apenas dos años—.

Lo cual nos trae a la tercera explicación del fenómeno Uribe. Es simple: los otros candidatos no lograron cautivar la opinión. Es el naufragio final del serpo-samperismo, que no pudo amarrar la maquinaria ni cobrar el fracaso de Pastrana. Es la caída vertical de Noemí, cuya base social le hubiera dado para enfrentarse a Serpa pero no a Uribe. Y es la miopía de los candidatos buenos pero sin chance

—Garzón, Restrepo, Ingrid— que han debido unirse a Noemí en el esfuerzo improbable de ahorrarle al país el futuro traumático que viene.

Porque —y este es el punto principal— los candidatos son como corchos en el remolino: creen que dirigen la corriente, pero la corriente los empuja a ellos. Con tanto gurú de Harvard y tantos seminarios caros que se venden, la única teoría seria que conozco sobre liderazgo se fija poco en la persona del líder y mucho en las emociones de los liderados: líder es quien expresa las pasiones, frustraciones e ilusiones populares del momento.

Y así, cada candidato es fruto de una pasión distinta. Primero punteó Noemí, porque la pasión nacional era acabar de hundir al serpo-samperismo. Vino después el turno de Serpa, porque lo urgente era aliviar el hambre. Y entonces sobrevino la pasión más intensa de acabar la guerrilla, que es la fuerza inicial y esencial de Alvaro Uribe.

Con esa fuerza aseguró su “halo”. Y el halo le permitió invadir otro nicho donde sus credenciales no eran tan creíbles: el de la antipolítica, para un político hecho a punta de maquinaria. Es más: Uribe se está dando el lujo de anunciar que “no hará milagros”, que tal vez no vengan tropas extranjeras, que Congreso unicameral tal vez sí pero tal vez no…

Más sencillo: los uribistas de coctel —o sea casi todas la gentes “informadas”— le explican pacientemente a uno que Uribe no hará ninguna de las barbaridades que dice: que no cerrará el Congreso, que subirá los impuestos, que su programa de empleo son cinco programitas, que las Compartir son inofensivas, es decir, inútiles, que respetará los derechos humanos…

Y así, corcho en el remolino, el presidente Uribe se hallará en un dilema digno de Shakespeare: o frustra la pasión que lo eligió; o satisface esa pasión y nos arroja a un abismo más hondo. Pobre presidente de Colombia. Y sobre todo, pobre Colombia.

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