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Opinión

  • | 2011/12/24 00:00

    El festín de las palabras

    Explorando la fila de nuevos autores di con Michela Murgía y su novela La Acabadora que nos trae a un pequeño pueblo de Cerdeña y a Bonaria Urrai un personaje que ayuda al bien morir a sus vecinos.

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Mi padre, que era un lector ambicioso, decía que el balance de cada año debía empezar por los libros que uno había leído y detenerse un largo rato en los que había dejado de leer. Así procedía a la añoranza y preparaba sus ojos para las letras del año por venir. Voy a abusar de quienes se acercan a esta columna en estos días de vacaciones. Quiero hablarles de lecturas entrañables en este año de ruinosas lluvias. Algunas duelen, otras son una fiesta.
 
Me sacudieron una vez más las investigaciones del Grupo de Memoria Histórica. Las voces de mujeres del Caribe recogidas por María Emma Wills y su equipo. El espanto de la esclavitud sexual que salta en esas páginas para recordarnos el abismo al que ha descendido nuestra guerra. Un repertorio de abusos y resistencias que conmoverán al más indiferente de los lectores.
 
La diáspora infame que vivieron los pobladores de San Carlos, en Antioquia, durante más de veinte años de agresiones sucesivas de grupos armados de todos los colores. Ese caso insólito, en el que cerca del ochenta por ciento de una población numerosa se ve obligada a salir huyendo, sirve, sin duda, para entender el fenómeno del desplazamiento forzado que ha vivido el país en las últimas décadas.
 
También los investigadores se fueron hasta Remedios y Segovia y hasta un poblado llamado El Tigre, en el Bajo Putumayo, para reconstruir paso por paso las masacres que fueron el horror en años que ya casi nadie recuerda. No digo más. Pero son ya quince los textos que han salido de memoria histórica para conjurar el fantasma del olvido que ronda nuestra historia.
 
Para aliviarme un poco de las imágenes de estos libros volví a Tomás Carrasquilla. Para celebrar los ciento cincuenta años de su nacimiento, en el 2008, Alfaguara tuvo la feliz idea de reunir La Marquesa de Yolombo, Frutos de mi Tierra y todos sus cuentos en una colección. Es un verdadero festín recorrer esas páginas. Nadie tan rico en gracia y en palabras como este escritor antioqueño.
 
Leí con verdadero gusto a varios franceses muy mentados ahora. A Le Clezio, en su novela Revoluciones, una historia que recoge el eco de tres continentes y de tres siglos a través de personajes que uno aprende a querer rápidamente. A Michel Houellebecq en una genial burla a estos tiempos y a su natal Francia en El Mapa y el Territorio. A Iréne Némirovsky, una escritora de origen Ucraniano, olvidada por largos años, que ahora es sensación en Europa y en América Latina. En El Maestro de Almas pinta un cuadro de las pasiones humanas que lo lleva a uno directamente a Dostoyevsky.
 
Explorando la fila de nuevos autores di con Michela Murgía y su novela La Acabadora que nos trae a un pequeño pueblo de Cerdeña y a Bonaria Urrai un personaje que ayuda al bien morir a sus vecinos. Una historia para leer en estos tiempos donde se discuten con tanto fervor las posibilidades de las muertes asistidas.

Más cerca estaba Ricardo Piglia con Blanco Nocturno, la obra ganadora del Premio Rómulo Gallegos, un policial que se lee de un tirón para descubrir los secretos de un pueblo y de una familia en una provincia argentina. Se siente allí el largo oficio de escritor de Piglia tanto como se siente el color local, el ambiente de la pampa.
 
Leí y valió la pena leer El Ruido de las Cosas al Caer de Juan Gabriel Vasquez y Luz Difícil de Tomás Gonzalez. Muy merecidos los elogios que le han hecho a Vasquez. Desproporcionados sin duda los que le hicieron en su momento a la novela de Gonzalez.
 
Planto ahí porque no puedo cerrar sin decir que este es el primero en muchos años que no leí nada de Borges y eso no puede ocurrir en el 2012. También que en la mesita de noche me esperan 35 Muertos, la novela de Sergio Álvarez. Me prometí leerla después de una maravillosa conversación con Sergio en la feria del libro de Cúcuta.
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