Miércoles, 1 de octubre de 2014

| 2013/05/17 00:00

El fetiche

Está claro que la guerrilla no le “entregará” sus armas al Estado. Nadie lo ha hecho, a no ser que se esté rindiendo, y este no es el caso.

Foto: SEMANA.

Cuentan que el cura Camilo Torres se hizo matar en Patio Cemento, Santander, por un fusil, pues, en aquel tiempo, cada guerrillero del ELN debía obtener el suyo en combate. Ese acto temerario le costó la vida al líder más carismático que ha tenido la izquierda colombiana en toda su historia. 

Eran otras épocas. Desde hace tres décadas los fusiles se consiguen por vías menos heroicas. Se les compran a hombres como Viktor Bout, un exmilitar ruso conocido como el mercader de la muerte, condenado a 25 años de prisión por venderles armas a las FARC y al Talibán. Fusiles que ruedan por el mundo, unas veces en manos de revolucionarios, otras, de tiranos fanáticos o de las más poderosas mafias. Y que casi siempre son disparadas contra los civiles. 

Armas como esas son las que ahora dice Iván Márquez que se esfumarán si es que se firma un acuerdo de paz. “No se entregarán, desaparecerán, así como aparecieron para enfrentar la persecución y el asedio…” le dijo el jefe guerrillero a Alfredo Molano en un reportaje de El Espectador. Un mensaje desafortunado. Porque por más que Marx haya dicho que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, hasta ahora, que se sepa, el acero no desaparece con un chasquido de dedos.

Para mí está claro que la guerrilla no le “entregará” sus armas al Estado, a su enemigo. Nadie lo ha hecho, a no ser que se esté rindiendo, y este no es el caso. El M-19 las dejó a disposición de una comisión internacional que luego de hacer un inventario las fundió en una siderúrgica del Pacífico. Con las del EPL pasó lo mismo. Se destruyeron en una empresa metalúrgica de Medellín, con tan mala suerte que un proyectil agazapado en la recámara de un fusil estalló con el fuego y mató a un obrero. 

De una entrega como tal sólo tengo dos imágenes en la memoria: la de Guadalupe Salcedo, quien después de dejarle sus armas al Gobierno cayó abatido por unas cuantas balas traidoras. Y la de un grupo llamado Cacique La Gaitana que se inventaron algunos funcionarios del gobierno de Álvaro Uribe en el 2006 y que entregó un puñado de fusiles recién comprados y unos chispunes inservibles. Todo un sainete. Ah, y, por supuesto, la entrega de armas de las AUC. Pero ese es otro cuento.  

En otros conflictos el asunto de las armas ha tomado su tiempo. En El Salvador, por ejemplo, la Misión de Observación de la ONU ya había certificado el desarme total del FMLN y la destrucción de sus arsenales cuando se descubrió que los insurgentes habían dejado encaletada en Nicaragua la pendejadita de ocho toneladas de armas y municiones, entre las que había 1.300 fusiles y 19 misiles tierra-aire. El proceso estuvo a punto de irse al traste, y a los recién desmovilizados, que ya estaban en la política, les tocó agachar la cabeza y admitir ante el mundo entero su trampa. 

En Irlanda del Norte la dejación de armas duró siete años y se hizo en varias etapas. Mientras se instrumentaron los acuerdos de paz, las armas estuvieron “fuera del alcance de su uso”, en un lugar secreto, pues el IRA consideraba una humillación hacer una “entrega”. No obstante, una comisión independiente para el desarme, presidida por el general canadiense John de Chastelain, certificó en el 2005 que los rebeldes ya habían destruido todas sus armas. No hubo inventario público, ni foto, y aunque eso incomodó a algunos sectores escépticos, la experiencia del IRA se considera exitosa. 

Este último parece ser el modelo que más les gusta a las FARC. Por eso quienes esperan ver la foto de Márquez entregándole su fusil a Humberto De La Calle es mejor que no se hagan muchas ilusiones. 

Ahora, que no haya foto de la “entrega” no quiere decir que el país se trague el cuento esotérico de que los fusiles se evaporarán por sí solos. Las armas son un fetiche para las guerrillas, pero también lo son para el resto de la sociedad. Y esta difícilmente se conformará con menos que verlos destruidos antes de que salgan a la tribuna pública quienes las empuñaron contra el Estado y no pocas veces contra el pueblo que dicen defender.  

   

Twitter: @martaruiz66

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