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Opinión

  • | 2013/12/18 00:00

    El final de una carrera es el comienzo de la siguiente

    “He descubierto el secreto después de subir una enorme montaña: lo que uno encuentra es que hay muchas otras montañas que faltan por subir”. Nelson Mandela.

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Hoy en día los padres buscan que sus hijos entren muy pronto al jardín infantil. Es el primer paso hacia un aprendizaje formal, el comienzo de su vida académica. Una vez que han adquirido y aprendido las herramientas necesarias para dar el siguiente paso, se hace lo que en antropología se conoce como un ritual de paso: una ceremonia de graduación que simboliza el final de una etapa y el comienzo de la siguiente: el colegio. 

En el colegio los niños empiezan en preescolar, luego pasan a primaria, después a bachillerato y finalmente, cierran una etapa larga en su vida para comenzar otra: la universidad. Así es como generalmente va transcurriendo la vida de una persona en su dimensión académica y laboral: siempre que se cierra una etapa, se abre una posterior. 

A lo largo de ese proceso de aprendizaje formal e informal las personas se cuestionan tanto sobre lo que están haciendo como sobre lo que deben hacer hacia adelante: dudan, cambian de carrera, de trabajo, desarrollan nuevos proyectos, terminan la universidad y buscan una maestría, etc. Todo esto se da siempre en un contexto social dentro del cual existen expectativas sobre lo que una persona ‘debe’ hacer, que necesariamente genera tensiones y ansiedades en cada individuo. 

Aunque todos ‘sabemos’ que la vida conlleva cambios constantes que nadie puede evitar, aceptarlos con serenidad, puede ser  muy difícil: “Yo ya estaba tranquilo. La última vez que vine me sentía súper bien. Y ahora otra vez tengo mucha ansiedad. No quiero decir que me devolví en el proceso, pero no entiendo por qué otra vez siento ansiedad”, me decía un consultante en su última cita. 

Después de haber hecho un proceso profundo y maravilloso, aunque por momentos fue difícil, había aprendido a manejar su ansiedad. Se sentía mucho más seguro de sí mismo, estaba contento y estable tanto en lo laboral como en lo emocional. Por un lado, había encontrado un trabajo en el que se sentía a gusto, exigido y retado a diario. Por otro, había podido terminar una relación de pareja que llevaba mucho tiempo y en la que ambos se estaban haciendo daño. 

Sin embargo, a la última cita llegó preocupado, bravo, porque nuevamente estaba teniendo momentos en los que sentía ansiedad. Además, se había vuelto a sentir inseguro de sí mismo y de sus opiniones cuando conversaba con otras personas. Esto lo estaba preocupando mucho y lo estaba llevando a cuestionarse constantemente por qué volvía la intranquilidad después de haberse sentido tan tranquilo durante tanto tiempo. Fue ahí donde se puso en evidencia, en la práctica, la validez de lo que en algún momento de su vida dijo Nelson Mandela: “He descubierto el secreto después de subir una enorme montaña: lo que uno encuentra es que hay muchas otras montañas que faltan por subir”.

Para el consultante mencionado la ansiedad era sinónimo de malestar. Él quería sentirse siempre como se sentía cuando estaba tranquilo. Quería que esa sensación de sosiego fuera siempre la misma, estable, sin cambios. Y eso es algo que nos pasa a todos los seres humanos: queremos llegar a la cima de la montaña y quedarnos ahí. Es parte de nuestra natural resistencia al cambio, del miedo que nos genera pensar que la vida cambie, que volvamos a sufrir por cualquier razón, que puedan volverse a presentar momento difíciles. Esto nos lleva a creer que al terminar de correr una maratón, hemos terminado de hacer ejercicio. Y aunque en ese momento sí es importante detenerse, tomar agua, darle al cuerpo la posibilidad de recuperarse y descansar, después de ese descanso los maratonistas empiezan a pensar en la siguiente carrera, a entrenar otra vez y a prepararse para volver a competir. 

Poco a poco este consultante se fue dando cuenta que la ansiedad no era su ‘enemiga’, que, por el contrario, era su mayor aliada porque la sentía cuando algo en su vida no estaba funcionando: “Estoy distanciado de mis amigos hace un par de meses porque cada vez que nos vemos me hacen comentarios antipáticos o chistes pesados que me molestan. Eso generó que siempre que los iba a ver, me invadía la ansiedad. Pero acabo de caer en cuenta que no les he dicho lo que me molesta, luego ellos no tienen por qué saberlo. Tal vez si empiezo a decirlo, de buena manera, va a cambiar la dinámica entre nosotros. Y yo voy a dejar de sentirme ansioso cada vez que nos vamos a ver”. 

Pretender no volver a sentir ansiedad, miedo, dolor, tristeza, angustia, rabia, etc., es como pretender que al terminar el jardín infantil sea el comienzo y el fin de la vida académica. Sin duda, uno de los principales trabajos en la vida de una persona es aprender a manejar las sensaciones y emociones desagradables, aprender a conocerse a uno mismo para identificar cuál es la mejor manera de manejarlas, teniendo en cuenta que también esas estrategias, deben ir cambiando. 

Lo importante es aceptar que cuando superamos una situación difícil que nos genera alguna emoción o sensación desagradable –como puede ser un momento de ansiedad, de tristeza, de angustia-, no significa que no se pueda presentar otra situación que nuevamente nos genere alguna de esas emociones. Significa que hemos superado una dificultad, un problema, que hemos adquirido nuevas experiencias y conocimientos, tal como ocurre al pasar un año en el colegio o al pasar de un trabajo a otro: tenemos más herramientas y mayor fortaleza. En lugar de pensar que hemos subido la última montaña debemos celebrar porque estamos listos para subir la siguiente. 

En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

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