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Opinión

  • | 2011/10/30 00:00

    El fracaso de mi candidatura

    Consciente de que debía adherir a alguien con opciones, busqué a Aurelio, el señor del Polo, pero nunca pude saber su apellido.

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Ha sido la semana más difícil de mi carrera política. Tuve que ser realista y reconocer que mi campaña a la Alcaldía de Bogotá era un fracaso. La ciudadanía consideró que mi programa era tan lamentable como el de Pachito Santos en RCN. Mis propuestas no calaron.

Prohibir la salida a la calle de ancianos en sudadera me alejó de Jaime Castro, con quien estaba fraguando una bonita alianza. La promesa de que pase un Transmilenio ligero por la séptima y uno lento por la trece no le interesó ni siquiera a Lucerito Cortés, a quien iba a encargar del tráfico, sobre todo el de influencias. Edward Niño, que iba a ser mi metro, fue seducido por la campaña de Peñalosa, que lo utilizó como bolardo. La única colaboradora que me acompañó hasta el final fue la actriz porno Esperanza Gómez, mi jefe de debate, quien será, acuérdense de mí, el gallo destapado de las próximas elecciones.

Mi única salida era adherir a otro candidato. Carezco de la valentía de David Luna, que fue solo hasta el final y rechazó cualquier tipo de adhesión, aun la de sus electores. Cuando digo que fue solo hasta el final, hablo en serio: ni un solo votante lo acompañó. Su actitud distó mucho de la de Dionisio Araújo, que se retiró y pidió a sus simpatizantes que se fueran con Gina, cosa que al final no sucedió: los votos de Dionisio no se fueron a donde Gina, como se esperaba, sino a la casa de Dionisio, porque eran los de él y su mujer: dos voticos.

Consciente de que debía adherir a alguien con opciones verdaderas, deseché a Galán y busqué a Aurelio, el señor del Polo, pero me fue imposible ubicarlo: nunca pude saber su apellido. La campaña de expectativa que lanzó agotó todos los recursos en la primera fase y no tuvo dinero para su resolución. Toda la ciudad resultó empapelada con afiches que preguntaban quién era Aurelio que quedaron sin responder: ¿quién era? ¿Era Aurelio Arturo? ¿Marco Aurelio, el de Telebingo? ¿Aurelio Cheveroni, el lobo del programa infantil? ¿No tenemos suficiente de lobos en la política con César Gaviria, acaso?

Pensé, entonces, en adherir a Petro, pese a que, como él mismo lo confesó, por culpa de una vasectomía mal practicada padece dolores en las zonas bajas. Pero, aunque tenga un testículo comprometido, él sigue en la batalla, y eso lo hace grande. Y a Petro también.

Estaba dispuesto a perdonarle que me hubiera arrebatado la bandera de mi campaña, que era continuar con el desgreño administrativo de la actual administración, asunto en el que sólo él es capaz de superarme. Pero por esa misma razón capté que el Polo de Samuel reencarnó en Petro; que Petro es el Polo en cuerpo ajeno, y por eso, durante la reunión en que cuadraríamos nuestra alianza, solo tuve fuerzas para intentar un exorcismo: "Vade Petro, Satanás -le grité-. Atrás. Sal de ese cuerpo".

Siempre tuve claro que si Petro ganaba la Alcaldía, se confirmaría la profecía maya. Y que la destrucción del mundo comenzaría por Bogotá.

Descartado Petro, busqué a Enrique Peñalosa: uno de sus más enconados críticos.

Para quienes creímos en la ola verde, el apoyo de Uribe a Peñalosa no era un sapo fácil de tragar. Pero para eso está mi jefe de campaña, Esperanza Gómez, que es experta en eso, justamente: en tragarse sapos: un talento que le reconoce hasta José Galat, uno de sus más encoñados críticos.

Iba a adherir a Peñalosa, aunque para honrar su pacto con Uribe terminara nombrando a los citicos en el relleno de doña Juana, a María del Pilar Hurtado en la ETB o a Rito Alejo del Río en la Secretaría de Seguridad.

Pero Noticias Uno publicó un video en el que el candidato aparece bailando Aserejé con toda la comparsa, incluido Uribe, que, dicho sea de paso, tiene una coordinación envidiable. Lo aporto en la web de esta columna como prueba irrebatible de que Colombia es inviable. Ruego el favor de que lo vean.

Es cierto que ese video le da autoridad a Uribe para inmiscuirse en los asuntos bogotanos, toda vez que su movilidad es bastante parecida a la de la Caracas al mediodía; y que, luego de observarlo, uno reconoce que, de todos modos, el expresidente es mejor bailarín que gobernante: ojalá ahora monte la coreografía de El baile del perrito, en honor al Pincher Arias.

Pero fue superior a mis fuerzas adherir a semejantes locos. Miren a Luchito Garzón, que parece un completo recreacionista: ¿en eso consistió su carrera política? ¿En terminar bailando Aserejé con Uribe? ¿Pueden darle, siquiera, el Instituto de Recreación?

Decepcionado, entendí que, como niño egresado del Gimnasio Moderno, me quedaba bien apoyar a Gina, marica. A cambio, pensaba exigirle que se sacara la papa de la boca y que la compartiera con la población hambrienta.

Le ordené a Esperanza Gómez que iniciara conversaciones con Mockus, bajo el entendido de que entre nudistas sabrían entenderse, pero entonces supe de la adhesión de William Vinasco a la campaña de Gina, y los imaginé a ambos bailando al ritmo del Empari en respuesta al Aserejé de los uriberdes, y no pude más: que no me esperen en la casa, pensé. Me uno al margen de error. Con los políticos colombianos solo se pueden montar coreografías. Y después de ese fracaso, decidí retirarme de la política para siempre.
 

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