Jueves, 19 de enero de 2017

| 2000/12/25 00:00

El Frente por la Paz

El frente puede ser el espacio para que el Establecimiento hable sobre los costos, las concesiones y las reformas que aceptaría por la paz.

El Frente por la Paz

Es una vieja tradición nacional. Se reúnen los que no son, redactan un saludo a la bandera, hacen pactos sobre cosas que no dependen de ellos y cada quien cobra créditos por la foto.

Sin aprender de la sarta de “capitulaciones”, “frentes”, “ligas”, “pactos”, “alianzas”, “concentraciones” y “uniones” inútiles que adornan la Historia Patria, bajo el solo gobierno de Pastrana nacieron y murieron los acuerdos de Casa Medina, Puerta del Cielo, Caquetania, Los Pozos, Paramillo y las mesas de concertación obrero-patronales.

El ‘Frente Común por la Paz y contra la Violencia’ podría pues engrosar el chorro de babas. Otra vez lo atraviesan cálculos electorales. Otra vez faltan firmas decisivas, comenzando por las de la izquierda (digamos el PC o Luis E. Garzón) y las de la derecha (digamos Uribe Vélez o Gómez Hurtado). Otra vez hay retórica y hay acuerdos que dependen de terceros.

Pero el Frente tiene más significado y potencial del que parece:

  • En primer lugar, porque reitera el compromiso de las fuerzas mayoritarias con la vía negociada. Este apoyo importa más cuando el diálogo está suspendido y faltan días para que expire la distensión, cuando las encuestas muestran un descrédito grave del proceso, cuando se hace evidente la desconfianza internacional y cuando asoman precandidaturas de mano dura.
  • En segundo lugar, porque la declaración inicial del Frente equivale a una “plataforma del centro” clara y completa en materia de paz. Que la salida es política. Que es asunto de Estado, no de gobierno. Que la violencia no puede suplantar al voto y la razón. Que las fuerzas sociales deben estar en el acuerdo. Que urge respetar el DIH. Que las negociaciones con las Farc deben concretarse. Que debe despegar el diálogo con los elenos. Que hay que combatir las autodefensas. Que la Fuerza Pública merece apoyo dentro de la ley. Que no aceptemos injerencia indebida del extranjero. Que deben acabarse los cultivos de coca. Y que ni la unidad nacional ni la democracia pueden ponerse en discusión.
  • En tercer lugar, porque el Frente puede ser el espacio adecuado para que el Establecimiento comience a conversar en serio sobre los costos, las concesiones y las reformas que está dispuesto a aceptar en aras de la paz. No haber consultado ni reunido apoyo para el proceso fue el pecado original de Pastrana; y mientras la guerrilla no tenga en frente un interlocutor unificado, no hay modo realista de “concretar las conversaciones”.
  • En cuarto (y más difícil) lugar, porque el Frente podría ayudar a enderezar, quizás a relanzar, las negociaciones estancadas. El punto tiene un trasfondo político sensible: si es cierto (como es cierto) que este gobierno sólo tiene dos cosas de mostrar —el proceso de paz y el Plan Colombia— Pastrana es un rehén de Marulanda y de la DEA. Marulanda lo sabe, y por eso se da el lujo de su arrogancia y de su intransigencia: Pastrana necesita espacio de maniobra, necesita incluso la opción de ripostar en la misma moneda. La DEA también lo sabe, y por eso el guerrerismo apenas camuflado del Plan Colombia: también aquí nos urge espacio de maniobra, la opción de erradicar cultivos sin violencia ni daño al medio ambiente.


Precisamente: la sustitución pacífica de cultivos y la defensa del patrimonio ecológico son dos claros intereses nacionales. Son también los dos temas de mayor cercanía entre Estado y guerrilla. Por eso deberían inspirar el acuerdo “patriótico” que ambas partes pregonan hace tiempo. Y por eso podrían servir para relanzar el proceso sobre bases más firmes.

El replanteamiento no tiene porqué ser desventajoso para la guerrilla. Podría comenzar con el compromiso de quienes integran el Frente de no insistir en que las Frac apliquen las leyes del Estado en la zona de distensión (asunto en el cual hemos perdido dos años). Podría tomar en serio las acciones contra los paramilitares. Y en todo caso tendría que pedir reglas y árbitros neutrales para que ambos lados puedan confiar en el proceso.

Si a la guerrilla —o al Establecimiento— no le interesan las reglas ni los árbitros, tendremos que decirnos la verdad: a la guerrilla —o al Establecimiento— no le interesa la paz.

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