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Opinión

  • | 1987/03/30 00:00

    EL FRENTENACIONALISMO DE LAS FARC

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Una de las razones por las cuales hay apertura política, diálogo con la guerrilla, treguas y amnistias, es porque la izquierda, tradicionalmente, acusaba al sistema político colombiano de ser una auténtica farsa, en la que los dos partidos estaban simultáneamente en el gobierno y en la oposición.

Pero ahora, irónicamente cuando por primera vez en los últimos 30 años de historia nacional, el partido vencedor ha resuelto gobernar sin el partido perdedor, todos los vicios que se nos enrostraban contra los residuos del Frente Nacional --hipocresia, manguala, bi-corruptela--, han sido heredados y puestos en práctica por quienes más encarnizadamente los combatieron en el pasado.

Con una muy controvertible declaración de independencia de las FARC, la Unión Patriótica se las ha arreglado para poner en marcha su propio frente nacional, mediante una fórmula que le permite estar al mismo tiempo en el sistema y contra el sistema.

En el sistema se llaman Unión Patriótica. Acuden al Congreso, se entrevistan con el ministro de Defensa, participan en las elecciones, hacen ruedas de prensa y utilizan a los Rojas Puyo como carta de presentación.

Contra el sistema se llaman FARC. Viven en La Uribe, se entienden con el consejero presidencial Carlos Ossa, continúan utilizando como vocero al legendario Tirofijo y, mientras tanto, matan hoy a siete soldados en Santander y mañana se toman militarmente el municipio de Mutatá.

Pero como si la génesis de tan curiosa dicotomía dejara alguna duda de que los destinos de ambos movimientos están fatalmente ligados por los siglos de los siglos amén, las FARC nos quieren meter un "conejo histórico" que tiene que cumplir la hazaña de brincar sobre tres imposibles.
El número 1, que la UP es una organización autónoma de las FARC. El número 2, que la UP no se hace responsable por las acciones militares de las FARC. El número 3, que la tregua es un problema entre el gobierno y las FARC, porque aquella no se firmó con la UP.

El 30 de marzo de 1985, más de 50 visitantes, entre ministros, gobernadores, generales en retiro, delegados de la Comisión de Paz, senadores y representantes, se trasladaron al campamento de las FARC en La Uribe, sobre el cañón del rio Duda, en plena Sierra de la Macarena, para presenciar el primer gran paso de ese grupo guerrillero hacia su incorporación a la vida institucional: el lanzamiento de su movimiento político, la Unión Patriótica.

El Espectador, en su edición correspondiente a la fecha, encabezó así la noticia: "Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, insistieron ayer en su propósito de respetar los acuerdos de paz y participar en el próximo debate electoral bajo la denominación de Unión Patriótica".

Era la consecuencia obvia de la esencia del tratado de paz, suscrito con las FARC en marzo de 1984. La de que dicha organización guerrillera se deshiciera gradualmente de su carácter de grupo armado, pero no entregando las armas, como torpemente se quiso exigir--ya que se había tratado de un gesto simplemente simbólico y no real--, sino haciendo su tránsito hacia una organización política legítima.

El mismo Tirofijo lo reconoció así en una entrevista con Antonio Caballero para SEMANA, en junio de 1986: "Si hay partidos políticos y garantlas para la UP y los otros, ¿para qué sirve un fusil en una situación así? No sirve para nada".

De la natural circunstancia de que las FARC y la UP se hayan servido mutuamente como voceras, durante los dos años que han transcurrido desde el lanzamiento del movimiento político, quedan múltiples pruebas testimoniales y escritas. Braulio Herrera, por ejemplo, uno de los integrantes de la UP que ahora está en el plan de "a mi que me esculquen", ha firmado boletines de prensa (tengo en mi poder uno de julio de 1985) en nombre de la misma organización guerrillera de la cual ahora pretende una autonomía total. Y al revés: de la misma fecha data una comunicación dirigida al gobernador del Huila por el Estado Mayor del sexto frente de las FARC, en la que figuran frases tan dicientes como la siguiente: "Creada la UP por nuestro secretariado nacional como una forma de legalizar nuestra participación política en la vida nacional...".

Pero parece como si todo este proceso de gestación se hubiera producido en París, o en algún lugar distante de la vida nacional, porque a los colombianos ahora se nos exige que no tengamos en cuenta el pasado, y que aceptemos que las FARC y la UP han tomado destinos distintos. Que la existencia del movimiento político no implica el tránsito del grupo guerrillero a la vida institucional, y que personajes como el señor Braulio Herrera ya no vienen de donde vienen, sino que simplemente van hacia donde van...

Parece que el gobierno está resuelto a seguir adelante con esta farsa, a juzgar por el reciente reconocimiento del flamante consejero presidencial Ossa Escobar: "Aunque las FARC y la UP pensaran exactamente lo mismo, deben considerarse como organizaciones distintas, pues apelan a procedimientos distintos: la una a la lucha armada, la otra a la lucha política legal". Pues adelante, y que Dios lo acompañe al lugar, cualquiera que sea este, a donde la farsa conduzca.

Pero hay colombianos, entre los cuales me cuento, que creen que la pregunta que hay que hacer ahora no es como equivocadamente se cree, la de si existiendo todavía las FARC, puede admitirse el proselitismo político de la UP. La pregunta es más bien la de si, existiendo la UP, puede tolerarse la supervivencia de las FARC. --
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