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Opinión

  • | 2003/02/09 00:00

    El furor de tener libros

    Al morirnos habremos dejado muchos libros sin leer, pero la vida es también dejar gran cantidad de posibilidades abiertas

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Hay gente que juzga a los demAs por la cara, por la marca de la camisa, por el carro, por el barrio en que vive, por la novia o el esposo, por los zapatos o según si usa escapulario de la Virgen o una pepita de cuarzo sobre el pecho. Yo no sé ustedes (cada cual tiene sus prejuicios), pero yo juzgo a los demás por sus libros. No por los libros que escriben -pues como decía

Borges el ser humano puede ser superior o inferior a sus obras, y además no todos escriben libros-, sino por los que leen. Ya me imagino algunas objeciones inmediatas: hay gente que lee en bibliotecas públicas o que compra libros, los lee y los regala; de acuerdo, pero a estos la lectura se les nota pues la llevan por dentro. Los excluyo de mi prejuicio.

También es obvio que en un país miserable como Colombia no todo el mundo puede permitirse una biblioteca. Ni siquiera todo el mundo sabe leer. Está bien, entonces uno a los pobres los puede juzgar por su bondad o por su limpieza, por su rebeldía o por su sumisión, pero una vez pasado el umbral de la miseria, a cualquier persona se la puede juzgar por sus lecturas. Les aseguro lo siguiente: en un "agáchese" de cualquier ciudad de Colombia uno puede comprar un buen libro por 2.000 pesos. Si compra uno a la semana, en 100 semanas (dos años) ya tiene una biblioteca seria y respetable de 100 libros.

No basta tener buenos libros. He visto bibliotecas impecables, muy bien escogidas, pero con todos los libros intonsos. No hagan esa cara: "Intonso" es una de esas palabras que ya no se usan, entre otras cosas porque (salvo en ediciones muy sofisticadas como la de La Mansión de Araucaima que regaló en diciembre la Fundación Mario Santo Domingo) ya casi nunca se editan libros con los pliegos sin cortar. Un libro sin cortar es un libro intonso, y un libro que permanece intonso en una biblioteca, es un libro que evidentemente no ha sido leído. Hay otros signos: el lomo sin arrugas, las páginas sin subrayar, las hojas de una lisura virginal.

Claro que los que sufrimos del furor de poseer muchos libros (una manía, un vicio, un pecado de orgullo y avaricia) no leemos todos los libros que compramos. En primer lugar, no tendríamos tiempo. Hay libros que uno compra simplemente porque tiene la ilusión de que la vida es muy larga y que tarde o temprano nos va a dar la oportunidad de leerlos. Yo no creo que nunca vaya a leer completa La decadencia de Occidente de Spengler, pero la tengo ahí, por si un día me jubilo, o por si quiero consultar un capítulo. Tampoco creo que vaya a leer todos los Aforismos de Hipócrates, ni todas las Cartas de Séneca y muchísimo menos las 500 ó 600 Comedias de Lope de Vega. Pero si un día me da por leer -como me pasó hace poco- La hermosa fea, porque encontré en otro libro una cita maravillosa de esa obra, sé que puedo acercarme a mi biblioteca y que la tengo ahí, esperándome con una sonrisa.

Cualquiera que tenga biblioteca en la casa (y es triste que ya muchos desprecien la idea de tener una biblioteca personal) sabe que los libros sin leer están ahí, esperando el momento propicio. Tres veces empecé La montaña mágica, sin conectarme con el libro, pero como confiaba en que la falta era mía, no de Mann, la cuarta vez me sumergí en un mundo que me abrió otro mundo. Y estoy esperando a que me pase lo mismo con El doctor Faustus, después de dos intentos fallidos. Al morirnos habremos dejado muchos libros sin leer, pero la vida es también dejar una gran cantidad de posibilidades abiertas, y quizá quienes hereden nuestros libros hallarán el ánimo y el momento propicio para leerlos.

Hay un cuento bellísimo de Manuel Mujica Lainez que es narrado en primera persona por un libro. Es un libro que tiene una enfermedad terminal ("blatta americana o, más simplemente, polilla de los libros") y antes de desaparecer cuenta la historia de las bibliotecas y de las manos por las que ha pasado. En su siglo de vida fue leído apenas una vez, por una camarera que dejó manchas de lágrimas entre sus hojas. En fin, hay que leerlo: se llama Memorias de Pablo y Virginia.

Empecé diciendo que juzgo a las personas por sus libros, o mejor, por sus bibliotecas, y después me perdí. Cuando entro a una casa me voy directo, con impudicia, a las estanterías donde veo libros. Los miro, los cojo, los hojeo, los acaricio. Y como ese libro del cuento de Mujica Lainez, parece que cada uno me contara su historia. No tienen que ser muchos libros. No tienen que ser de Heidegger para que su dueño me parezca serio o digno, ni mucho menos. Puede ser un folletín francés del siglo XIX, o una novela rosa del XX, o un breviario religioso, o un manual de geometría. Las páginas leídas me cuentan si la persona en cuya casa estoy es capaz de pasarse un rato sin pensar en los demás o en los propios compromisos, sino encerrada en el propio pensamiento, o en la actitud contemplativa que sugiere un libro, dedicada a esa actividad que Quevedo definía "conversación con los difuntos, y escuchar con los ojos a los muertos". No es que yo piense que las personas iletradas, que se dedican solamente a la vida práctica y real no sean respetables. Lo que pasa es que tengo el prejuicio de que difícilmente podríamos ser amigos.
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