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Opinión

  • | 2010/07/24 00:00

    El futuro de la ruptura

    El restablecimiento y la normalización de las relaciones con Venezuela son un asunto de estrategia y de pragmatismo, no de dignidad.

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La ruptura de las relaciones diplomáticas es una maniobra de Chávez para eludir una respuesta seria a las graves denuncias de Colombia sobre la presencia permanente y tolerada de la guerrilla en suelo venezolano. Y su negativa a aceptar una comisión internacional de verificación es una confesión de parte sobre la veracidad de esas denuncias.

En efecto, fue patética y lastimosa la réplica del embajador de Venezuela ante la OEA, Roy Chaderton. Ante la contundencia y la abundancia de pruebas documentales presentadas por el embajador colombiano, Luis Alfonso Hoyos, el venezolano se refugió en una burda descalificación histórica del Estado colombiano y en la trivialización de la denuncia. No solo puso al M-19 como fundador de la UP, sino que utilizó por igual a García Márquez y al pulpo Paul para descalificar al gobierno colombiano. Pero esta respuesta era lo de menos: su jefe ya había tomado previamente la decisión de romper las relaciones con Colombia, como una medida retaliatoria y de castigo contra el presidente Uribe. Sin embargo, Chávez les debe ahora, y desde hace muchos años, una explicación a los colombianos, a los venezolanos y al continente entero sobre las relaciones de su gobierno con grupos terroristas.

Pero ahora hay que mirar hacia adelante. La agenda del próximo gobierno con relación a Venezuela queda más abultada que nunca, después de que durante años las tensas relaciones bilaterales pasaron por la "suspensión", el "congelamiento", la "observación", etcétera. Se inicia ahora un proceso político y diplomático que requerirá de mucha estrategia, mucha táctica y cuidadosa filigrana.

Con un ingrediente paradójico. A pesar de que fue Chávez quien rompió unilateralmente las relaciones, ante la opinión internacional quedará la impresión de que lo hizo en respuesta a una denuncia de Colombia. En consecuencia, Chávez jugará a hacerse el ofendido y a colocar a Colombia -el mundo al revés- en el papel de agresor. Se pondrá renuente y se hará el difícil para restablecer las relaciones diplomáticas. Querrá imponerle a Colombia un costo para volver a normalizarlas, pues seguramente no las rompió para restablecerlas mañana, gratis. O sea, rompió las relaciones buscando imponer condiciones para restablecerlas en el mediano plazo.

En este punto hay que resolver dos preguntas: ¿A quién perjudica más mantener las relaciones rotas?, y ¿quién se beneficia más con su normalización? Suponiendo que sea Colombia la más perjudicada con la ruptura y la más beneficiada con la normalización, surge otra pregunta: ¿Cuál es el costo coyuntural que estamos dispuestos a pagar a cambio de alcanzar un posterior beneficio permanente? En términos concretos, esta balanza tiene dos platillos: la seguridad y la economía. Y hay dos opciones estratégicas: una es mantener rotas las relaciones hasta que Venezuela acepte una comisión de verificación y expulse a la guerrilla de su territorio. La otra es bajarle temporalmente el tono al tema de la guerrilla en Venezuela, buscando reducir el daño colateral fortaleciendo nuestra presencia militar y policial en la frontera para disminuir al máximo la trashumancia de la guerrilla entre los dos países; mientras tanto, normalizar las relaciones diplomáticas y económicas, restableciendo y superando los niveles de inversión y comercio del pasado, que han favorecido claramente a Colombia.

Dado que del beneficio de la segunda opción no hay dudas, el asunto a resolver es el tamaño del costo y del riesgo. Para eso hay que evaluar la amenaza real, presente y futura de la guerrilla. Yo creo que su debilitamiento y desmoralización recientes son profundos e irreversibles, por lo cual la guerrilla ha dejado de ser una amenaza para el Estado, aun cuando sigue siendo un peligro para los ciudadanos, al igual que otras bandas criminales. Hay que seguirla combatiendo al máximo para debilitarla aún más, pero ni siquiera el refugio de sus líderes en Venezuela le permitirá volver a ser lo que fue hace diez años. Más aún, mientras más líderes guerrilleros haya en Venezuela, más descontroladas y desmoralizadas estarán sus tropas en Colombia, serán más vulnerables a la persecución del Estado y más se acelerará su debilitamiento.

El restablecimiento y la normalización de las relaciones con Venezuela son un asunto de estrategia y de pragmatismo, no de dignidad. España, por ejemplo, mantuvo normales relaciones con Francia cuando esta permitía el refugio de la ETA en su territorio. Porque si fuera un asunto de dignidad, hace rato que el gobierno colombiano ha debido romper unilateralmente las relaciones con Venezuela, y no esperar a que lo hiciera Chávez.
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