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Opinión

  • | 2009/12/19 00:00

    El gamín de Uribe

    Al horror de ser un niño de la calle en Colombia hay que sumarle que 'Papá' Jaramillo le enseñe a uno sabiduría oriental mientras le echa manguera.

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Es Navidad, y por esta época acostumbro hacer alguna obra social. Recomiendo que ustedes también la hagan. Cualquiera sirve, mientras sea noble: abrir una página en facebook para que Tomás y Jerónimo pasen una feliz Navidad, por ejemplo, o comprarle un champú anticaspa a Wilson Borja; todo es útil desde que sea altruista.

Este diciembre mi obra será ayudarle a un gamín, y ya lo tengo visto: quiero que sea el presidente Uribe. Hace unos días él mismo dijo que era un gamín, y que no quería perder nunca esa condición. Y yo siempre le he creído al Presidente, y esta vez no será la excepción: si él dice que es un gamín es porque es un gamín, y eso explica que ande con una peinilla en el bolsillo de atrás; que grite "le voy a dar en la cara, marica", a un tipo al que le dicen la 'Mechuda'; que esas ansias por tirarse a los ríos en cada viaje sólo se comparen a las de algunos gamines que se bañan en La Rebeca, y que le guste jugar 'monedita' con Güilian Vélez.

Declarar que es un gamín me parece una posición honesta de su parte. Ha sido el único político capaz de reconocerlo. Y es una jugada política maestra, porque le quita el monopolio de la gaminería a la izquierda: ¿dónde puede situarse en adelante el doctor Dussán, dónde Venus Albeiro Silva?

Ahora todo adquiere sentido: ahora entiendo por qué el Presidente es amigo de Ricardo Galán, que habla como Cusumbo. ¿Cómo habrá sido, entonces, aquella vez que el paramilitar 'Job' entró a la Casa de Nariño por el garaje? ¿Le habrá cuidado el carro? ¿Se lo habrá lavado? ¿'Job' lo regañaría por dejar los vidrios engrasados?

Por primera vez me conmueve el presidente Uribe porque ser gamín en Colombia es uno de los destinos más dolorosos a los que se pueda someter un ser humano. No es solamente el hambre; no es solamente el frío. Es que uno esté por ahí, cubierto con cartones en cualquier callejón, y repentinamente aparezca un tipo de esos que se supone que hacen arte con cuanto ñero se descuide.

Siempre he pensado que yo soportaría dormir en un parque, pero no que de un momento a otro aparezca Ómar Gordillo para pintarme al carboncillo: ¿Han visto esos cuadros? ¿Hay algo más feo? Leí hace poco que ahora está haciendo una serie sobre Michael Jackson. Y yo entiendo la descomposición social que hay en Colombia, pero ¿cómo pudimos llegar a esto? ¿Por qué ya nada nos duele? Gordillo ahora dibuja a Michael Jackson y nadie protesta. Perdimos la capacidad de indignación. Somos una sociedad muerta por dentro. En eso nos parecemos mucho a José Galat.

Aguantaría hambre, digo, pero no soportaría que Víctor Gaviria me pusiera a protagonizar una película. Por problemas de presupuesto, Gaviria decidió no contratar actores, sino filmar a toda persona de la calle que se comprometa a decir la palabra "gonorrea" un mínimo de tres veces por minuto. Alguna vez me quejé por semejante avaricia, y lo hago de nuevo: ¡Contratá actores, pícaro! ¡Acá tenemos grandes talentos, como Naren Daryanani, a quien este país le debe mucho, aunque no tanto como lo que él quedó debiendo en una farmacia gringa! Ahora bien: en honor a la verdad, hay que reconocer que Víctor Gaviria ha hecho dos grandes aportes al cine criollo: por un lado, demostró que uno puede realizar largometrajes sin obsesionarse con que el sonido funcione; y, por el otro, logró que las suyas sean las únicas películas colombianas en las que no sale Edgardo Román haciendo de sargento. En eso halló una veta; en eso es un pionero. ¿Cómo serán las películas de Víctor Gaviria ahora que las puede protagonizar Álvaro Uribe? ¿Filmará los consejos comunales? ¿Conseguiría que el Presidente diga la palabra "gonorrea"? ¿Conseguirá que algunos de sus funcionarios dejen de decirla?

Al horror de ser un niño de la calle en Colombia hay que sumarle que Jaime 'Papá' Jaramillo le enseñe a uno sabiduría oriental mientras le echa manguera, y, ahora, que el presidente Uribe se compare con uno y diga que él también es un gamín.

¿Nunca los vamos a respetar? ¿Vamos a seguir abusando de ellos de por vida?

Pero es Navidad. Y quiero desarmar el espíritu, y ver al Presidente con la compasión con que no lo había visto antes de que revelara su condición.

Convoco a Yamid Amat para que lance una campaña en su noticiero. Que salga la imagen del Presidente en cámara lenta mientras pide limosna en Estados Unidos y permite que pongan bases militares sin recibir a cambio ni la firma del TLC, todo mientras suena una música triste y en unos caracteres ochenteros sale el número de una cuenta bancaria que, por ser para Uribe, corre el riesgo de ser manejada por Luis Guillermo Giraldo.

He acá mi obra de fin de año. Ayúdeme a ayudarle al Presidente. Quiero que supere cualquier adicción; que deje el bóxer, que deje el poder. Si tiene ropa que le sobre, démela, salvo, claro, que usted sea Poncho Rentería, porque se trata del primer mandatario y no vamos a ridiculizarlo. Si pensaba tirar su esmoquin, pásemelo que me sirve: vamos a devolverle la dignidad al Presidente y necesitamos uno que no esté recortado por las tetillas, como el que a él le diseñaron y que fue el primer y único esmoquin ombliguero que conoció la historia. Y si tiene una cobija, regálemela para dársela. Puede haber sido usada por Valencia Cossio, no importa: finalmente los dos se tapan con la misma cobija.
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