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Opinión

  • | 2012/11/03 00:00

    El gesto de Martín Sombra

    La nuestra ha sido una guerra donde todos los actores han descendido a los más profundos abismos de la degradación.

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Alias Martín Sombra, carcelero de las Farc, ha pedido perdón. Es un hombre acosado por la vejez, la enfermedad y la cárcel. El intendente Wilson Rojas, quien sufrió el cautiverio en el campamento donde mandaba Sombra, ve ahora en él “una mirada diferente, cuando estábamos secuestrados nos miraba con odio”. Entre tanto en la agenda acordada
en La Habana se puede leer: “Resarcir a las víctimas está en el centro del acuerdo del gobierno nacional y las Farc-EP. Se tratarán los derechos humanos de las víctimas y la verdad”.

Este gesto y esta corta línea de la agenda me llenan de esperanza. No sé qué ha pasado en el alma del viejo guerrillero, ni sé cómo las partes han logrado suscribir el compromiso de poner en el centro de las negociaciones de paz a las personas vulneradas y vejadas por este largo conflicto. No debió ser fácil. La verdad, la justicia y la reparación han sido el tema de mayor controversia en los procesos de reconciliación de los últimos años en el mundo. Acá no será menor el debate.

Sombra encarna el angustioso destino de una parte de los colombianos. El hálito de una memoria vengativa empujó su vida. “Era un niño. Me acuerdo”, dice, “a mi tío Patrocinio le sacaron los ojos y después lo castraron. Mi padre se muere en mis brazos y me hace jurar que debo morir como guerrillero en el monte. Yo me iba a suicidar y no me dejaron”, dice. A los 10 años mata por la espalda a un hombre. Así se ganó el alias que lo acompañó en su deambular por las montañas del país.

Llegó a la misión de vigilar a Clara, a Íngrid, a los gringos, a un grupo de políticos y militares secuestrados, con esta carga de dolor y muerte en su corazón. Los recuerdos que tienen sus prisioneros son angustiosos y él lo sabe. Pero tampoco tiene una memoria buena de sus últimos días en las Farc. Después de 40 años de militancia, cuando ya no podía andar, cuando había gastado todas sus fuerzas en el azar de las violencias, lo abandonaron a su suerte. Se juntan estas cosas para macerar una declaración de verdad y una petición de perdón en su cansado espíritu.

¿Será este el sentido que tiene el compromiso de La Habana? ¿Tendrán las Farc el valor y la compasión para recorrer el doloroso camino de la memoria y afrontar el reclamo quizás airado, quizás comprensivo, de una sociedad ansiosa de superar el martirio? ¿Será capaz el presidente Santos de liderar una cruzada de verdad del propio Estado? ¿Están los militares colombianos preparados para reconocer que muchos de sus miembros se han desviado gravemente de sus funciones?

La nuestra ha sido una guerra donde todos los actores han descendido a los más profundos abismos de la degradación. Especialmente después de 1995 cuando las fuerzas en contienda decidieron saltar todos los umbrales éticos. El secuestro que tanto atañe a las Farc ha sido la cara más triste y visible de esta carnicería. No es la única transgresión de las Farc al derecho humanitario. Pero ahí están los falsos positivos, las desapariciones y las torturas, las alianzas con ilegales, que tanto comprometen a funcionarios y a instituciones completas del Estado. Ahí están las masacres que fueron el escarnio y el terror de los paramilitares y sus aliados. Ahí está el desplazamiento forzado, hijo del fuego cruzado de una guerra que no se detuvo ante la población civil.

El reto es inmenso. Los negociadores del gobierno y de la guerrilla necesitarán una sabiduría, una generosidad y un equilibrio imponderables para sortear este punto de la agenda. Deben tener, en todo caso, la seguridad de que las víctimas serán siempre muy exigentes en la verdad y la reparación y muy comprensivas a la hora del castigo si la paz es una noticia cierta. El fiscal general de la Nación, Eduardo Montealegre, con una argumentación admirable, ha hablado de una amnistía y un indulto condicionados. La mesa de negociación debe buscar en este ámbito fórmulas que permitan avanzar hacia la reconciliación sin sacrificar la justicia.
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