Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/03/25 00:00

El gran debate

Conste que yo admiro a esos locos. Su coraje, su hígado, su esfuerzo. Y conste también que los pueblos tienen los gobernantes que merecen

El gran debate

Dijo Voltaire que la palabra se inventó para esconder el pensamiento. Y Schopenhauer, aún más pesimista, sostuvo que pensar es evadir la realidad.

No hago esas citas para aturdir al lector. Las hago porque el “gran debate” consistió en ver cómo 5 líderes gastaron 3 horas de 10 millones de televidentes para hacer las 2 cosas que Schopenhauer y Voltaire decían. Una, evadir el fondo de cada problema. Y otra, prometer remedios que no curan.

La cosa afectó todos los temas y deslució a todos los candidatos. Lo cual hace pensar —¡filósofo que es uno!— que la calentura no está en las sábanas, sino que viene de lo hondo de Colombia. Pero primero veamos brevemente cómo le sacan el bulto a cada lío, y en consecuencia proponen boberías:

Reforma política. El lío es este: la mayoría de nuestros “ciudadanos” vota a cambio de favores concreticos; y el Presidente, a su paso, no puede gobernar sino comprando el Congreso. Así que la reforma suponía que un partido con disciplina y sin clientelismo se hubiera tomado el Congreso hace 15 días; pero ninguno de los presidenciables se jugó con una lista única y ninguno rechazó a los clientelistas. Por eso quedamos en la bobería de que “ahora sí” el Congreso va a autorreformarse.

Paz. El lío es este: no puede haber “salida negociada” con las guerrillas (ni con los paras) porque ellas (y ellos) son delincuentes y no insurgentes. Por eso nadie toma en serio las reformas. Por eso el diálogo es de mentiras y la matazón es de verdad. Por eso los presidenciables hablan de “negociación” pero piensan en “rendición” (“dialogaré si cesan las hostilidades”, dice Serpa; si se encierran bajo llave en el Caguán, sostiene Uribe; si dejan de delinquir, precisa Noemí). Así que estamos arreglados: habrá paz en Colombia con sólo que se rinda la guerrilla.

Guerra. El lío es este: aquí no hay (ni ha habido, ni va a haber) ni dos ni tres ejércitos peleando en una linda guerra de “movimientos” ni de “posiciones”; hay un Ejército que en vano trata de cuidar miles de puntos vulnerables, y unas patotas armadas que golpean y se esfuman. Por eso casi toda esta guerra es pura guerra sucia. Por eso no tiene salida militar: es cuestión de policía. Y, por eso, toda la cháchara de tener más soldados, de armar a más civiles, de tropas o no tropas extranjeras, suena —y está— tan fuera de lugar. Así que estamos arreglados: bastará con que el nuevo Presidente repita muchas veces la palabra “autoridad”, para que todos los malvados se sometan.

Economía. El lío es este: estamos en la olla porque el Estado gastó lo que no había. Política social: no puede hacerse porque no hay con qué. De suerte que “el abismo” entre los dos candidatos opcionados de hecho se reduce a cuál de dos boberías prefieren: repartir donde no hay (congelar tarifas, emitir...) o hacer pasar por mucho lo que es muy poquito (ahorrar en embajadas, poner las Cajas a hacer casitas...).

Relaciones internacionales (o sea droga). El lío es este: Colombia seguirá siendo destruida mientras los gringos se limiten a combatir los efectos (represión —aquí y allá—) sin enfrentar las causas (prevención —allá y aquí—). Pero un candidato con opción de ganar —sobre todo si tiene rabo de paja— no puede murmurar esta verdad. Por eso oímos lo que oímos durante el “gran debate”. Y por eso Colombia seguirá siendo destruida.

La calentura, pues, no está en las sábanas. Para llegar a la cima de un país descuadernado, el aspirante tiene que descuadernarse o —aún mejor— venir descuadernado. Es lo que, en tono más liviano, dice una amiga que no piensa votar porque “jamás votaría por alguien tan loco que aspire a Presidente de Colombia”.

Y conste que yo admiro de veras a todos esos locos. Su coraje personal, su hígado, su esfuerzo, sus ganas de acertar, su trabajoso y merecido ascenso. Conste que ellos no me dan lo mismo y —sobre todo— no dan lo mismo al interés superior de mi país: hay razones —no apenas emociones— para escoger la trayectoria más limpia, la mejor proyección internacional, la mayor independencia y el mejor equipo.

Pero conste también que cada pueblo tiene los gobernantes que merece.

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