Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/08/06 00:00

El gran impacto

El gran impacto

Que todo cambie para que todo siga igual, sería el escenario de futuro más inquietante para Colombia.

Pocas horas después del atentado terrorista que el pasado 11 de septiembre estremeció a EE.UU., diferentes analistas perfilaron un cambio en el orden internacional, donde el abanico de opciones ofrecidas cumplió con las expectativas de muchos observadores internacionales. Para algunos comentaristas, la confirmación del choque de civilizaciones; para otros, la globalización del miedo, el pánico y la incertidumbre; y para no pocos, el comienzo del fin de la supremacía del Tío Sam.

¿Y qué puede pasar en Colombia? ¿Se pueden esperar cambios políticos o alteraciones sensibles en el conflicto armado? ¿Los grupos alzados en armas se dejarán intimidar por las declaraciones del gobierno norteamericano? La respuesta a estos interrogantes permitirá develar el rumbo que le espera al país, y dibujar los escenarios de futuro que se aproximan por cuenta de la guerra contra el terrorismo que lidera EE.UU.

Por el impacto de la guerra contra el terrorismo y en términos prospectivos, Colombia se encontrará con escenarios políticos estrechamente vinculados con el proceso de paz con las Farc, la constante intervención de EE.UU. y con una opinión pública nacional hastiada con la violencia y dispuesta a cambiar en las urnas electorales el perfil del gobierno nacional.

Primer escenario: confirmación del proceso de paz con las Farc

La firma de importantes acuerdos en materia de paz, tales como el cese al fuego y de hostilidades, la liberación de todos los secuestrados, el respeto de la población civil o la creación de una comisión internacional de verificación para la zona de distensión.

Diversos sectores de la opinión pública han interpretado la ofensiva militar norteamericana contra el terrorismo como el modelo a seguir en Colombia, a menos que las Farc den muestras fehacientes de su verdadero interés de negociar políticamente la anhelada reconciliación nacional. La suscripción de alguno de esos acuerdos permitiría empezar a corregir las fallas protuberantes del proceso, y le otorgaría a las partes el oxígeno necesario para discutir sin presiones la agenda dispuesta para la solución política del conflicto armado.

Sin embargo, en el camino de este escenario se interponen tres obstáculos de difícil manejo. El primero de ellos se encuentra en cierto grado de abdicación presidencial para hacer valer los pactos acordados con las Farc, lo cual ha sido interpretado como símbolo de debilidad gubernamental. En segundo lugar, aparece la arrogancia de las Farc, que sigue empeñada en su difusa idea de estar en capacidad de llegar al poder mediante el empleo de las armas.

Por último, está el delicado tema de la unidad de mando en las filas de las Farc, que se hizo evidente por cuenta de los lamentables acontecimientos relacionados con la muerte de la Cacica, y el secuestro colectivo en Nariño, un día después de la firma del Acuerdo de San Francisco de la Sombra.

Segundo escenario: cero tolerancia con el terrorismo

EE.UU. no admitirá acciones violentas en contra de ciudadanos norteamericanos, o actos que lesionen sus inversiones económicas ni atentados en contra de intereses vitales estratégicos en territorio colombiano.

El gobierno norteamericano hará sentir toda su capacidad política y maniobrabilidad diplomática para influir en la adopción de rígidas normas antiterroristas, que restrinjan especialmente la libertad de acción de los grupos alzados en armas —insurgentes y paramilitares—. Este escenario será utilizado por EE.UU. para fortalecer los controles a la exportación de drogas ilícitas, el lavado de activos y para exigir justicia en sus tribunales mediante peticiones de extradición de los principales lugartenientes de las organizaciones al margen de la ley.

La variable esencial en este caso es la impunidad, que en Colombia alcanza cifras escandalosas. La consigna fundamental consiste en acabar la impunidad que ensombrece el diario vivir de los nacionales y extranjeros en el país. El tema de la justicia, es decir, acabar con la impunidad, asusta tanto a los miembros de los grupos armados ilegales, que lo van a presentar como un factor que impide lograr avances concretos en los diálogos de paz.

Pero el problema no está en la solicitud de justicia que impondrá EE.UU. Este es un asunto global, y bien sea en Colombia, en la UE o en la futura Corte Penal Internacional, todos los actores armados que cometan violaciones a los Derechos Humanos e infracciones al DIH serán juzgados por sus faltas. Afortunadamente, este escenario es ineludible para Colombia, y no se puede negociar.

Tercer escenario: mandato presidencial militarista

Sea quien fuere la persona que venga a ocupar la silla presidencial en agosto de 2002, recibirá un mandato popular militarista.

Si el nuevo presidente recibe como legado de su antecesor un proceso de paz, en los primeros días de cambio empezará a sentir una fuerte presión por avanzar sensiblemente en los acuerdos de paz. Solo la discusión y la firma de los primeros acuerdos en temas como la desmovilización, el desarme y de unos términos meridianamente aceptables para la previsible constituyente, le permitirá al nuevo gobierno mantener con vida las discusiones políticas con los insurgentes.

De no ser así, o por una anticipada ruptura del proceso de paz, este cuatrienio presidencial estará signado por la guerra. El conflicto se escalará en dimensiones completamente desconocidas para el país. Los costos en vidas humanas y en recursos logísticos que sufrirán las Fuerzas Militares para recuperar la soberanía en la antigua zona de distensión y la urbanización de la violencia por cuenta de los atentados terroristas perpetrados por los grupos alzados en armas delimitarán el margen de maniobra del presidente.

Si la ofensiva militar del Estado es victoriosa y logra garantizar niveles aceptables de seguridad ciudadana, el país puede aspirar a sentarse nuevamente a discutir una solución política del conflicto armado. Si esto no ocurre, el período presidencial y tal vez otros más se dedicarán a contener la violencia que llegará de varios frentes.

Que todo cambie para que todo siga igual

Quedaron en el tintero otros escenarios —políticos, económicos e internacionales—, pero los citados sintetizan los eventos que puede afrontar Colombia en el corto plazo. Infortunadamente, un viejo y conocido fantasma ronda la vida política colombiana. La célebre y tantas veces citada frase de Lampedusa ‘Que todo cambie para que todo siga igual’ ha hecho carrera en el país, y podría llegar a convertirse en el peor escenario de futuro para Colombia.

La realidad supera la fantasía y el realismo mágico tan cercano a nuestros afectos se puede imponer nuevamente en el país: elocuentes intervenciones, magníficos discursos presidenciales y propósitos de cambio en el papel que no llevan a ningún lado. O tal vez sí. En esta oportunidad —si todo sigue igual—, Colombia puede estar ad portas de convertirse en un Estado fallido, es decir, un estado incapaz de sostenerse a sí mismo como miembro de la comunidad internacional.



* Analista político y profesor de seguridad y defensa nacional de la Universidad Externado de Colombia.

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