Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/02/02 00:00

El Gran Plan del Presidente

María Teresa Ronderos se mete en la cabeza de Álvaro Uribe y trata de explicar por qué actuó así en el caso de las acusaciones de injerencia paramilitar en la campaña., 77079

El Gran Plan del Presidente

Durante el proceso 8.000 se perdieron kilómetros de tinta y litros de saliva -por no decir babas- para debatir si los narcodineros habían entrado a las espaldas o en las narices del presidente Samper. Se evadió así la pregunta de fondo: ¿A cambio de qué se recibieron seis millones de dólares en esa campaña?¿Qué es lo que compraron los Rodríguez que les salió tan caro? Aún hoy no conocemos una respuesta cierta.
Ahora, en este 'paraochomil', estamos cometiendo la misma equivocación. Repetir las boberías de que si fulano se reunió con tal para, o que si zutano es puro para o medio para, o si sólo ha usado a las AUC para su beneficio político o viceversa, nos conduce a debates estériles y muchas veces farisaicos.

Sería más fructífero hacerse ahora una pregunta más fundamental para la suerte del país: ¿cómo se conecta esta ofensiva paramilitar sobre la política con el proceso de paz de Ralito? O dicho de otro modo: ¿qué es lo que realmente les prometió el gobierno a las AUC para que se desmovilizaran tan rauda y velozmente? 

Sabemos que no les prometió no extraditarlos (por lo menos no de manera tajante e incondicional). Eso lo dejó ahí en el aire porque es un espada eficaz para colgar sobre sus cuellos, en caso de que no cumplan.

Sabemos que, aunque airado, amenazó con destrozarlos si no seguían la Hoja de Ruta de Ralito, el gobierno no tenía realmente la capacidad de cumplir sus amenazas, sobre todo cuando está peleando en tantos frentes. Sabemos que les dio una ley relativamente hecha a su medida (nadie protestó cuando los mismos congresistas, que hoy son tachados de indignos para integrar las toldas uribistas, defendieron la ley en el Congreso, a pesar de que, si es verdad que tienen vínculos con los paramilitares, estaban impedidos).

Pero, poniéndose en los zapatos los jefes de las AUC,  esta ley no parece darles demasiados incentivos para que justifique deshacerse de gran parte de su ejército, ponerse en desventaja frente a sus múltiples enemigos, y encima tener que dejar El Negocio, el del polvito blanco que envían en lanchas y avionetas al norte. ¿Abandonar todo eso a cambio de dejarse contar, poner la cara, arriesgarse a que sus cientos de miles de víctimas los reconozcan y les pasen la cuenta de cobro, y encima aguantar unos años encerrados? Y además está el gringo ahí, acechando, con su mandamiento de la extradición en la mano esperando la oportunidad para llevarse al primero que pueda para una cárcel en Estados Unidos. No, no parece negocio.

¿Entonces cómo los convenció el gobierno? Nadie lo sabe a ciencia cierta.

Sin embargo uno puede tratar de adivinar cuál es el Gran Plan del presidente Uribe si por un momento se mete en su cabeza e intenta descifrar cómo está pensando el proceso de Ralito.
Uribe no se siente un gobernante más, uno que hace lo que puede y se va, sino que está convencido de que tiene la enorme misión de pacificar a Colombia. Y por eso dice que necesita otros cuatro años. Cree firmemente que es un 'Mesías' llamado a salvar al país (no hay que olvidar que mesiánico viene de Mesías). Su sueño debe ser que la historia de Colombia recuerde tres nombres: Bolívar, Núñez y Uribe (no por casualidad Planeación Nacional hoy hace proyecciones y fija metas para 2019, cuando se cumplen 200 años de Independencia).

Para conseguir la paz, Uribe tiene su Gran Plan: arremeter contra las Farc hasta que les cojan fobia a los fusiles; desarmar a los paras hasta reducirlos a unos manzanillos locales y extraditar narcotraficantes hasta que les salga mejor negocio irse con sus cocinas a otra parte.

Contrario a lo que sugieren varios editorialistas, Uribe no ha tejido con paciencia su ascenso al poder durante años, ni se ha arriesgado a romper la larga tradición colombiana de la no reelección, simplemente para darles gusto a unos cuantos paramilitares. No. Si les ha cedido en la ley, si se hace el de la vista gorda cuando sus negocios prosperan y su insidia corruptora se mete en los vericuetos del poder local, es porque su meta es que se desmovilicen primero. Ya ha logrado que más de 15.000 hombres entreguen sus armas (no todas quizá, pero sí muchas). Si el costo de ello es que destierren a barones locales (que de todos modos llevaban exprimiendo sus regiones durante años), pues habrá que lidiar con ese problema después, pero ya será un problema sin balas, pienso yo que creen él y muy probablemente su Alto Comisionado.

Si este es su Gran Plan, lo que sí no puede tolerar el Presidente es que algún paramilitar pretenda jugar en política y además quedarse armado, como Jorge 40, quien desde hace rato estaba sacándole el cuerpo a la desmovilización. Entonces le envió un mensaje claro: "te saco los políticos bajo tu égida, si no te desarmas". Y ahí fue la escandalosa salida de varios (no todos) congresistas de las tierras de 40: Maloof, Caballero, Castro y Vives. El mensaje se entendió claro en el Vaticano (como llaman en Cesar el campamento del jefe para). En pocos días, Jorge 40 pidió pista para desbaratar su ejército.

La salida de Merheg fue otro mensaje para otro paramilitar: "Si no juegas conmigo, no te dejo jugar". Al parecer algunos beneficiados de Ralito no están tan convencidos de apoyar a Uribe en su reelección.

Tiene más sentido pensar que los paras están dispuestos a dejar las armas -y hasta el narcotráfico- si les permiten afianzarse en otros negocios lucrativos, entre ellos el de la política regional. Eso sí les resulta buen negocio: siguen con su poder económico intacto, aumentan su poder político, y truecan el poder militar por legitimidad.

Así el proyecto uribista se apunta un éxito, porque en su mesianismo el Presidente cree que va a poner a Colombia en paz, y para ello, primero necesita desarmarlos a todos -unos por las malas a y otros por las buenas-. Luego, una vez metidos en el sistema, ya se irán enfrentado los nuevos problemas que surjan. Es un sueño que parece maravilloso, en el que el Presidente cree firmemente, al igual que otros íntegros e idealistas miembros de su equipo ¿Pero es posible? Ese es el debate que deberíamos estar dando ahora en la campaña. ¿Si el Gran Plan de Uribe puede funcionar, qué problemas tiene? ¿Si entregarles la representación regional a los paras será suficiente para que desmonten su máquina de muerte y de coca o si se pueden llevar por delante la democracia en el intento?
No volvamos a cometer el error del 8.000 enredándonos en el debate moralista, que no nos deja ver para dónde vamos.

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