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Opinión

  • | 2007/04/14 00:00

    El grito vagabundo

    Los triunfos se deben al trabajo propagandístico, y los fracasos a las limitaciones de los candidatos. Con cara gana Germán, con sello pierden sus clientes.

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Germán Medina es un simpático y recursivo publicista que ha dedicado buena parte de su carrera a vender políticos. Hace unas semanas, lanzó su primer libro con un nombre un poco largo para ser la obra de un experto en encontrar el eslogan. Se llama Cómo gritar para que voten por mí y tener visibilidad para gobernar. Ese grito, según Germán, contiene todo lo necesario para ganar una campaña electoral.

Cuando le preguntaron a Medina si existía una fórmula para llegar al poder, respondió sin dudarlo: "Leer con cuidado el libro 'Cómo gritar para que voten por mi…', y contratar al autor". En medio de estas expresiones de modestia, el recetario resultó menos apasionante de lo que uno podría esperar.

Las fórmulas son un poco perogrullescas: "La síntesis: La capacidad de no echar carreta", o "Toma de decisiones oportunas: La diferencia entre ganar y perder". La obra es una enumeración de obviedades, algunas expresadas por el autor en publicaciones anteriores, incluso con párrafos repetidos. Parece que nadie en la oficina de Medina -ni en la empresa editorial- logró juntar ánimos para leerse las 156 páginas en letra grande. Tal vez por eso el copy paste quedó en evidencia en las páginas 20 y 27 de Cómo gritar…

Bastante curiosa resulta la diferencia que plantea el autor entre el mercadeo político y el de los productos de consumo masivo. Germán logra demostrar que un candidato no es un desodorante, sino todo lo contrario: "En el 'marketing' político se corre el riesgo de llevar al poder un 'mal producto'". No olvidemos que a Hitler lo vendió el marketing de Goebbels.

Pese a esta reflexión político-mercado-ética, unas páginas después, Medina aclara que para lograr el éxito hay que estar dispuesto a abandonar las convicciones: "La experiencia me dice que muchas veces la identificación del eje donde está parada la opinión no coincide con las convicciones del candidato, se trata de elegir si se quiere ganar o mantener las convicciones".

Lo más atractivo del libro es la narración de los logros del publicista y la relación con sus asesorados. En general, los triunfos se deben al excelente trabajo propagandístico. En cambio, los fracasos sólo pueden atribuirse a las limitaciones e indisciplinas de los candidatos perdedores. Con cara gana Germán, con sello pierden sus clientes.

Cuenta que Enrique Peñalosa tiene un ego enorme -debe ser grande para que Medina lo note- y que ganó la Alcaldía gracias a la idea del publicista de mostrarlo alzando a un bebé. De otra manera, lo habría liquidado Moreno de Caro, que iba punteando, según el consultor, por cuenta de un "discurso populista, desordenado y confrontacional". (Si con ese discurso iba de primero, que tal que lo hubiera asesorado Germán).

Como quien no quiere la cosa, se atribuye el comercial de Noemí Sanín en la campaña de 1998. El mismo anuncio de televisión que muestra el enfrentamiento entre Serpa y Pastrana en contraste con la serenidad de ella. Dice que "según algunos analistas fue lo que hizo que Noemí subiera en las encuestas de una manera sorprendente". Lo que no cuenta Germán es que él nada tuvo que ver con el diseño, ni con la realización de ese recordado mensaje.

El fracaso de Horacio Serpa, otro de sus asesorados, lo explica porque no es fotogénico y porque consulta a mucha gente. Dice que la debacle del tantas veces candidato no arrancó donde todos nos imaginamos, sino cuando la campaña se atrevió a rechazar un concepto gráfico de Medina: "Algún estúpido haciéndose de inteligente (sic) lo descalificó y de ahí en adelante, la campaña fue perdiendo rumbo".

Medina reclama hasta los triunfos de Álvaro Uribe porque asesoró una lista de su movimiento, 11 años antes de que aspirara a la Presidencia.

Cuenta con orgullo la historia de un candidato exitoso a la Gobernación de Casanare. Se trata de "Luis Prieto, hombre de baja estatura, humilde y desconfiado" a quien él mostró alto gracias a las fotos y dio a conocer con "una imagen agreste y soñadora".

Sólo se le pasa un detalle. Ese candidato a quien sacó del anonimato, cuyo reconocimiento y recordación construyó de manera tan creativa, no se llama Luis, sino Jorge Prieto.
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