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Opinión

  • | 1993/11/08 00:00

    EL HABLADOR

    Más que los ojos, lo que el Veedor ha abierto es la boca.

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TODO EL MUNDO ANDA FELIZ PORQUE la moral se puso de moda en Colombia. Claro que, para ser estrictos, está mucho más de moda hablar de ella que practicarla, pero hay que reconocer que el hecho de que esté in ayuda bastante. Y entre la inmensa gama de actividades susceptibles de ser vistas a través de la lupa de la moral, la que más está de moda es la ética política.
Este frenesí obedece a dos razones obvias. Primero, estamos en plena campaña política y este es uno de los temas obligados en cualquier proceso de esa naturaleza. Y segundo, porque la política es, tal vez, la actividad a la cual el ciudadano corriente le aplica con mayor rigor la presunción de deshonestidad. Si a todo esto se le suma que entre los distintos candidatos a la Presidencia hay muy pocas diferencias ideológicas de fondo -como ocurre hoy en casi todo el mundo-, se explica que ese haya sido y seguramente siga siendo uno de los temas más importantes (si no el principal) de esta campaña electoral.
Eso está bien. Hasta el momento ha producido la sacudida protagonizada por Ernesto Samper en el Asunto Amazonas, y quedó como precedente hacia el futuro para la suya y las demás campañas. Y quienes están metidos en la minucia política saben que el punto que puso Samper es alto. Pero no todo lo que se está haciendo a nombre de la moral política está así de claro. Hay quienes en su nombre están causando un daño inversamente proporcional a la moralización que dicen estar ejerciendo. Este es, ni más ni menos, el caso del señor Veedor del Tesoro.
De acuerdo con la Constitución, la función del Veedor es la de impedir que el presupuesto nacional se destine acampañas electorales. Es un principio más que sano en un país donde esta práctica sucede con mucha frecuencia, aunque para hacer honor la verdad ocurre con menos frecuencia que lo que se dice. El hecho es que la función de este nuevo funcionario es la de abrir bien los ojos para que esto no ocurra.
Pero más que los ojos, lo que ha abierto es la boca. Esta es la hora en que el Veedor del Tesoro no ha hecho una sola denuncia sobre los temas que le competen, a pesar de que habla día de por medio. Y en año y medio de locuacidad ha dejado una sombra de duda sobre la honradez de casi toda la dirigencia política del país. ¿Qué ha pasado?
Ha pasado que el Veedor resolvió que la inversión de dinero en las áreas más diversas -desde la concesión de becas para estudiar en el exterior hasta los programas de obras públicas- configuran per se una utilización de recursos del Tesoro en campañas electorales. Tal deducción se basa en la presunción de que esos actos constituyen favores de los funcionarios a los particulares. El Veedor le ha torcido tanto el pescuezo a la norma, que la donación que hizo el gobierno japonés para los damnificados por las inundaciones en el Amazonas no se ha podido invertir sino parcialmente porque a él le parece que eso es estar en campaña electoral.
Vamos a terminar en que si un gobierno invierte plata en la construcción de un puente, estaría utilizando los dineros públicos para hacer política puesto que se volvería popular entre los que utilizan la obra para pasar al otro lado del río. La función de los dineros públicos es la de ser utilizados en el interús general, lo cual es, ni más ni menos, el sentido natural de la política. En eso debe consistir la relación entre el Estado y los particulares.
Pero más grave incluso que enlodar la honra de la gente cada vez que hay un micrófono cerca, es que el Veedor del Tesoro con su actitud está dejando ante la opinión pública la idea de que todos los políticos colombianos son unos hampones. Eso, evidentemente, no es verdad. Cuanto más turbia y cuestionable es la actividad política en un país, mayor es la responsabilidad de los encargados de fiscalizarla, de mostrar la diferencia entre los honrados y los verdaderamente pícaros. Al meterlos a todos en el mismo costal, no solo se descalifica a los decentes sino que de paso se exonera a los culpables. Esas generalizaciones en el tema de la corrupción terminan colocando el poder,inevitablemente, en manos de las dictaduras.
Prohibir que se utilicen los dineros públicos en beneficio de la comunidad, sin más argumentos que el de presumir delitos sin demostrarlos, es más grave, incluso, que utilizarlos para hacer campaña política. En el segundo caso, al menos, se beneficia más gente. Ojalá no acabe todo esto en que el Veedor es quien está en campaña electoral, porque ese sí sería el más inmoral de los casos imaginables.
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