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Opinión

  • | 2015/01/21 12:00

    El ‘hacker’ y Zuluaga

    La estrategia de la defensa del excandidato presidencial se centra en atacar a Andrés Sepúlveda. ¿Le servirá?

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Para demostrar la inocencia de su cliente, Jaime Granados, abogado defensor del excandidato presidencial Óscar Iván Zuluaga, ha puesto el peso de su estrategia en minar la credibilidad que inspira el ‘hacker’ Andrés Fernando Sepúlveda Ardila. Dijo que este actuó cual topo y que se infiltró en la campaña del Centro Democrático (CD) procedente del círculo de confianza del presidente Santos con la misión definida de hacer daño, que Zuluaga apenas tuvo con él una reunión de unos cuantos minutos, que hablaba bobadas e incluso afirma que técnicamente no se ha demostrado que las imágenes y los audios del video en el que aparecen ambos correspondan a la realidad porque con la tecnología actual pudo haber sido manipulado y editado perversamente.

La apuesta de Granados es arriesgada. Si logra demostrar su tesis, el Gobierno tendrá un problema enorme porque Zuluaga demostraría que es víctima del más poderoso y calculado plan para hacerlo ver como partícipe de un delito para arrebatarle las elecciones presidenciales que él había ganado en primera vuelta.

Así, el abogado se anotaría una victoria sin precedentes en la historia política y judicial. Pero ¿qué pasará si la Fiscalía le cree a Sepúlveda? ¿Qué desenlace tendrá esta historia si se confirma que él está diciendo la verdad? ¿Qué ocurrirá sí se comprueba que todo lo aportado por el ‘hacker’ es verídico? En un principio este bogotano de 32 años se mostraba perplejo tras su detención. “Yo estaba ayudando a salvar el país, soy un héroe, soy un héroe”, clamaba. De profesión ingeniero, amante del rock y el whisky de marca, se mostraba asombrado en el complejo judicial de Paloquemao, en Bogotá, mientras le enumeraban todos los cargos de un prontuario que le podía dar hasta dos décadas de cárcel: violación ilícita de comunicaciones, uso de software malicioso, interceptación de datos informáticos y espionaje.

Años atrás, junto con su esposa, Lina Luna Rodríguez, cumplió su sueño de tener su propia oficina en el norte de la ciudad, en la carrera 17 con calle 93B. Allí instaló sus computadores y empezó su sigilosa tarea: entrar a las cuentas de correos electrónicos de cientos de personas para husmear qué, con quién y para quién se escribían. Su principal objetivo: lo que le oliera a izquierda armada o legal. “Estoy en algo grande, muy grande, que va a reventar en 15 días y cuando pase, nos le tiramos la reelección a Santos”, solía decir ya en plena campaña electoral.

En épocas anteriores, se ufanaba de temas en los que decía se movía como pez en el agua: milicia, armas, guerra y la posibilidad de derrotar a las FARC y a sus “cómplices que actúan en el campo y en las ciudades sin uniforme”. ¿Qué tanto era ilusión? ¿Qué tanto realidad?

Lo real es que al parecer por este camino, Sepúlveda cultivó contactos permanentes con militares con los que intercambiaba información por dinero. En el ámbito político reivindicaba la ideología de extrema derecha y se molestaba mucho cuando se le discutía si no era hora de buscar una salida negociada con las FARC. “La guerra es la manera más romántica de solucionar nuestros problemas”, escribió él mismo en la red social twitter.

Abrazado a estas ideas, según su propio testimonio, se cruzó con personas afines que se fueron agrupando en el Centro Democrático. Así terminó en un mismo espacio con el aspirante presidencial. Tras su llamativa captura, Sepúlveda se mantuvo en su tesis de que todo lo estaba haciendo por el heroísmo y servicio a la patria. Hablaba como el militante de una causa que se creía invencible.

Unos días en La Picota, otros días en el búnker de la Fiscalía, siempre protegido por decenas de hombres fuertemente armados, acosado por los flashes de las cámaras hasta que decidió firmar un preacuerdo con el ente acusador. En el escrito en esencia acepta algunos delitos y con ello tendría una rebaja importante a una eventual pena de 15 años por intentar sabotear el proceso de paz y por intervenir las comunicaciones privadas de algunos personajes.

Se le da también la oportunidad de aceptar todos los cargos (acceso abusivo a un sistema informático, uso de software malicioso agravado, concierto para delinquir agravado y violación de datos personales agravado), hecho que por lo que ha trascendido hasta ahora reconoció.

En el texto que deberá validarse ante un juez le recuerdan al ‘hacker’ sus otros delitos, que tienen que ver con la obtención de material de inteligencia y seguridad del Estado y haber presuntamente revelado su contenido. Sepúlveda también aceptó haber producido un software malicioso para atacar la campaña presidencial del candidato-presidente, Juan Manuel Santos.

Sepúlveda está hoy en el búnker de la Fiscalía porque por el paro judicial el proceso se retrasó y no ha sido posible que firme todo esto ante un juez. Cuando esto ocurra, deberá dejar constancia escrita si actuó solo o si, por el contrario, trabajaba para alguien en particular. Lo que se sabe es que ya ha contado buena parte de la historia en su proceso de colaboración.

El fiscal Eduardo Montealegre ha dicho que con la información obtenida en la investigación tiene elementos sólidos para llamar en condición de interrogados al candidato Zuluaga; a su jefe de campaña, Luis Alfonso Hoyos, que en sociedad se presentaba como asesor espiritual, y al hijo del aspirante, David Zuluaga. El fiscal dijo que se busca “determinar si miembros de la campaña de Zuluaga tenían conocimiento de las actividades ilícitas del hacker Sepúlveda”.

Esto es: en el ente acusador le dan plena credibilidad a Sepúlveda y, por la importancia del caso, es de creer que tengan las pruebas para dar este paso. Granados, por su parte, busca desacreditarlo. Una apuesta arriesgada.

*Director de Semana.com
Twitter: @armandoneira

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