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Opinión

  • | 2005/01/09 00:00

    El hecho principal

    El margen de ganancia de la droga es tan grande que la industria seguirá floreciendo en Colombia aunque la represión aumente dentro y fuera del país

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Rodríguez Orejuela, Mancuso y Trinidad nos han puesto otra vez sobre el tapete la brutal realidad: el protagonista de la historia reciente y el motor de la 'alta' política en Colombia ha sido -y sigue siendo- el narcotráfico. No es un simple accidente: nuestra ventaja competitiva en el mundo es vender cocaína, no es producir café. Una sociedad de náufragos, un Estado corrupto, ejércitos privados, talento empresarial, cultura del rebusque y redes de emigrantes son, entre otros, los factores que nos llevaron a dominar esta industria ilegal. Una industria maldita, por supuesto, que nos puso en el centro de un conflicto entre fuerzas mucho más poderosas que nosotros: la fuerza corruptora de 80.000 millones de dólares que cada año gastan los adictos gringos y la fuerza puritana de un Estado que ha invertido 45.000 millones y ha encarcelado a 400.000 personas en 20 años de guerra contra la droga. Una 'guerra' contra el vicio no se gana, pero sí se transforma. Y así, los colombianos pasamos de exportar marihuana en los 70 a los horrores de Escobar en los 80, a Cali y su 8.000 en los 90, a coca en el Guaviare hace 10 años, hoy a la narcoguerrilla en tándem con los narcoparamilitares, y aun a los 180 'cartelitos' nacientes que el coronel Naranjo denunció en estos días. En cada fase triste de esta historia nos han dicho que la victoria está al alcance de la mano. Ahora, por ejemplo, hay triunfalismo porque el área sembrada se ha reducido casi a la mitad; pero con eso hemos vuelto al nivel de hace cinco años y -en todo caso- los carteles colombianos no dependen de la coca cultivada en el país. Más aún, como demuestra el informe de Wola, los grandes logros de Pastrana y Uribe no han tenido efecto ninguno en el mercado gringo. Y es porque como se ha dicho tantas veces, en la droga se ganan las batallas pero nunca la guerra. El efecto 'globo' hace que los cultivos erradicados se vayan a otra parte y el efecto 'Medusa' hace que cada cartel desbaratado se desdoble en numerosos cartelitos. En todo caso, el margen de ganancia es tan sumamente grande que la industria seguirá floreciendo en Colombia aunque la represión aumente dentro y fuera del país. La solución no es desistir de la guerra ni legalizar la droga -como bonitamente dicen por ahí-. La drogadicción es una tragedia personal y familiar, una epidemia que el Estado tiene el deber de prevenir. Por eso, pese al fracaso en reducir el vicio, los defensores de la política actual tienen razón en que las cosas serían peores si esta o aquella batalla no se hubiese librado. El punto es más sutil. Precisamente porque la guerra es inganable hay que escoger las batallas que tengan menos costo y mayor beneficio potencial. Esto en primer lugar implica dejar el dogmatismo y emplear la razón: si una política no da resultados hay que admitirlo y corregirla o dejarla. También se sabe que, 'en este mercado', reducir la demanda es más rentable que reducir la oferta, de suerte que prevenir la adicción debe ser el objetivo prioritario. Aquí hay dos estrategias: educación y empleo para los jóvenes de los guetos urbanos en Estados Unidos y seguimiento intensivo de ex presidiarios y otros grupos que jalonan el consumo. Y puesto que cada triunfo es relativo y parcial, habría que mirar con más cuidado el costo de distintas estrategias de control de la oferta. Las fumigaciones, en particular, seguramente saldrían mal libradas por el daño ecológico, sanitario y social que acarrean. Los proyectos de erradicación voluntaria resultarían convertidos en programas locales de desarrollo integral. La represión caería menos sobre los campesinos y más sobre los compradores mayoristas, menos sobre los consumidores y más sobre los proveedores de químicos o los grandes lavadores de dinero. Una política así, sin dogmas y sin culparse uno a otro, que vaya a las causas y no se quede en reprimir los síntomas, bien merece ser el eje de un diálogo constructivo entre Colombia y el mejor de sus aliados. A ver si algún día dejamos de vivir del sobresalto de un Trinidad, un Mancuso o un Rodríguez Orejuela.
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