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Opinión

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Un sagaz abogado constitucionalista, el doctor Alexandre Sochandamandou, ha demandado la letra del Himno Nacional porque considera que incita a la violencia, al sadomasoquismo, al racismo y a la barbarie, y en consecuencia es inconstitucional. La demanda a su vez podrá ser perfectamente constitucional, pero no deja de ser una imbecilidad. Y eso se nota aún más al leer los argumentos con que la justifica el demandante en un artículo publicado en las 'Lecturas Dominicales' de El Tiempo (artículo que revela, además, que por malo que sea el himno compuesto por Rafael Núñez el doctor Sochandamandou sería incapaz de escribir uno mejor).
Todos los himnos nacionales (todos los himnos, sean militares, religiosos o deportivos) incitan a la violencia, al racismo y a la barbarie. Son, por definición, cantos de grupo. Hace pocos años la señora Danielle Mitterrand, esposa del presidente de Francia, propuso ella también que se reescribiera la letra de La Marsellesa porque (como todos los himnos) era una canción de guerra. Todos lo son, incluso cuando ni siquiera tienen letra: es el caso del de España, ese táta táta tatátatá tatátatátatá ta tán de la Marcha Real, que solamente se tararea, pero que es nada menos que la marcha con que los granaderos entraban en combate. E incluso cuando esas músicas de solo tararear han tenido en su origen intenciones totalmente pacíficas: las tropas libertadoras de América iban a la batalla al son dulzón y melancólico de un bambuco; los ejércitos de Hitler marchaban al compás de una sonata de Beethoven. Los himnos incitan a la violencia porque están hechos para eso. Pero no es que la violencia sea fruto de los himnos, como cree el doctor Sochandamandou, sino que los himnos son fruto de la violencia.
Que todos sean así no es razón para defenderlos, claro está. Pero es que los himnos tienen otra particularidad que por lo visto escapa a la sagacidad constitucionalista del doctor Sochandamandou: y es que no son lo que dicen, sino lo que significan. Y su significado depende del momento en que se tocan o se cantan. Así, el Himno Nacional de Colombia puede significar simplemente que ya está a punto de empezar un partido de fútbol en el estadio, o que son las siete de la mañana. Cuando el M-19 cantó el Himno en el momento de la entrega de las armas no era un canto de guerra, sino de paz. Y, al revés, cuando los comandos de Fujimori cantaron a todo pulmón el himno del Perú después de su sangriento asalto a la embajada, era un canto de barbarie. Pero no creo que la barbarie de Fujimori sea culpa del himno, como tampoco creo que la tontería del doctor Sochandamandou sea culpa de los himnos védicos que, a juzgar por la consonancia de su apellido, debieron de arrullar su infancia. Volviendo a La Marsellesa: su música marcial y sus estrofas sangrientas pudieron ser originalmente el himno de batalla del Ejército del Rhin durante la Revolución Francesa, pero se han convertido en un símbolo de la libertad contra la tiranía (o también, a veces, si lo cantan los ultraderechistas de Le Pen en un mitin racista del Frente Nacional, en un símbolo de xenofobia). O al revés: una bella letra lírica y bucólica como la del himno de la Falange española ("Cara al sol con la camisa nuevaque tú bordaste en rojo ayer...") no simboliza lo que literalmente dice: esa nostalgia de una novia. Sino el avance amenazador al paso militar, con correajes negros, de las escuadras del fascismo.
Por añadidura, nadie se fija en la letra de un himno. Tan cierto es esto que no se fija en ella ni el propio doctor Sochandamandou, que la demanda porque su fino oído de constitucionalista cree distinguir una mayúscula donde solo hay una minúscula: una Virgen, madre del Dios de los cristianos, donde solo hay una virgen a quien le mataron a su novio antes del primer coito. Mal oído: pues también cree el doctor que la esperanza de esa virgen la cubre "loza fría", como si se tratara (¿sadomasoquismo?) de un chocolate enfriado tapado por un plato de loza, y no del cadáver del novio cubierto por la "losa fría" de una lápida funeraria. Es verdad que semejante rito de enterramiento excluiría del himno a quienes, como los hinduístas, no sepultan los cadáveres, sino que los queman. Pero es un simple problema de oído, malo o bueno, porque, insisto, nadie se fija en la letra de un himno.
Un ejemplo de mi experiencia personal: conocí una vez a un mexicano que era la persona más mansa y dulce del mundo pese a llamarse Masiosare, porque el oído de sus padres había entendido como nombre propio las palabras de una batalladora estrofa del Himno Nacional de México: "Mas si osare un extraño enemigo...". Masiosare no actuaba como si se llamara "¡Ay del que se atreva!", porque esas cosas no condicionan el comportamiento. Así lo demuestra el caso del propio doctor Alexandre Sochandamandou, que a pesar de su apellido de diosa hindú de las tempestades y de su nombre de bárbaro guerrero de Macedonia es el más típico de los colombianos: un abogado constitucionalista que pone demandas de tutela.
Resumo todo esto: la demanda al Himno es una imbecilidad. Y en la violencia y la barbarie tienen más culpa las imbecilidades que los malos versos.
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