Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2002/12/23 00:00

El hombre de la década

La batalla de Irak es sólo una etapa en un plan estratégico mucho más ambicioso del presidente Bush y sus halcones

El hombre de la década

Hay lectores ingenuos que se escandalizan cuando un periódico o un periodista escogen como personaje más importante del año a un 'malo'. Lo siento. Porque me parece que el personaje de este año que termina, y también (salvo un milagro) el de toda la década que viene, es el más malo de todos. El más peligroso para el mundo. El peor. Es George W. Bush, presidente de los Estados Unidos. El mismo que acaba de anunciar por centésima vez que va a lanzar sus ejércitos "preventivamente" contra Irak porque los informes presentados por éste sobre sus armamentos son falsos: tal como había afirmado Bush que lo serían desde antes de conocerlos. De modo que para marzo o por ahí, para la primavera, tendremos guerra. Todos esos cientos de miles de soldados, y millares de aviones de combate, y docenas de buques de guerra, no han ido al Medio Oriente de paseo.

Uso el verbo -tendremos- en primera persona del plural porque no es sólo Saddam Hussein quien va a tener guerra. La tendremos todos. Tanto por la deriva natural que las guerras, que tienden a expandirse, como porque la batalla de Irak es sólo una etapa en el plan estratégico mucho más ambicioso del presidente Bush y sus halcones.

Tendrán guerra Saddam y los iraquíes la próxima primavera, para empezar. Aunque no: para empezar la tuvieron los infortunados afganos el invierno pasado, con el pretexto de los atentados del 11 de septiembre. No fueron capturados ni Osama Ben Laden ni el jeque Omar, que eran los objetivos señalados; pero se recuperaron las rutas del petróleo que cruzan el Asia, que era de lo que se trataba. Ya tienen guerra también los infortunados palestinos, entregados al azote de Ariel Sharon, a quien Bush anima y alimenta: Israel es su punta de lanza o su cabeza de puente en la región. En marzo la tendrán los iraquíes. Y a partir del verano le llegará el turno a toda la región, que guarda las más grandes reservas mundiales de petróleo. Primero el Irán de los ayatolas y la Libia del coronel Gadafi, que forman parte de lo que Bush llama "el eje del mal". Luego la Arabia de los príncipes saudíes, a quienes la Casa Blanca ya empieza a calificar de traidores. Y luego, las repúblicas islámicas (y ricas en petróleo) de la antigua Unión Soviética, que se someterán o tendrán guerra. Etcétera.

A la agresión "preventiva" de los ejércitos norteamericanos, que constituye el plan estratégico propiamente dicho, se sumará el desorden de la realidad. Se incendiará la región entera. Estallarán, como en Afganistán, guerras civiles: la primera de ellas en Irak. (Ya una vez, hace diez años, cuando la primera guerra del Golfo, el presidente Bush padre y el actual secretario de Estado de su hijo, Colin Powell, por entonces máximo jefe militar de su país, incitaron a los kurdos del norte y a los chiítas del sur a sublevarse contra el tirano Saddam, y a continuación, cuando lo hicieron, los dejaron colgados de la brocha, o, más exactamente, de la horca). Habrá revueltas populares contra los regímenes despóticos y feudales aliados de los Estados Unidos, probablemente todas ellas de inspiración clerical islámica. Como ocurrió en Irán en los tiempos del Sha. Y mientras todo eso estalla, las bombas norteamericanas seguirán lloviendo desde lejos. Así, el comandante en jefe del ejército que machacó a los afganos dirigió toda la guerra desde la prudente distancia de Pensacola, en la Florida.

Si el plan estratégico de los halcones de Bush funciona como lo tienen previsto, y las sucesivas batallas -una por cada país- las ganan los Estados Unidos tan rápidamente como la de Afganistán, se habrá cumplido la primera etapa: la del control de las reservas mundiales de petróleo. (Para entonces el incómodo coronel venezolano Chávez será sólo un mal recuerdo, y México seguirá de rodillas; incluso el oleoducto colombiano de Caño Limón estará en manos de las tropas norteamericanas). Pero el petróleo es sólo un instrumento de la dominación, entre otros más; el control del comercio a través de la OMC, el de las relaciones internacionales a través de la ONU y de las diversas organizaciones militares (Otan, Asean, etc.); el de los flujos de capital a través del FMI y del Banco Mundial, y así sucesivamente. Sólo entonces empezará de veras el "Nuevo Orden Mundial" anunciado por Bush padre, el "fin de la Historia" que vaticinó el politólogo del Pentágono Francis Fukuyama. El american way of life para siempre.

Pero para mantener esa utopía de Fukuyama el planeta no da. Es decir, no todos los seres humanos pueden vivir como los norteamericanos, quemando gasolina a chorros y consumiendo hamburguesas de proteína animal hasta la obesidad: no hay recursos suficientes. Eso lo saben los estrategas de la Casa Blanca tanto como los ecologistas. Lo que pasa es que la solución al problema no es la misma para los unos y para los otros. Los ecologistas, que predican la conservación del medio ambiente, la reducción de las emisiones contaminantes, el ahorro energético, una más equitativa distribución de la riqueza, son tan enemigos del american way of life como los terroristas de Al Qaeda. Por eso la denuncia del protocolo de Kioto, el sabotaje a las Cumbres de la Tierra, etc., no son simples gestos caprichosos de arrogancia de los gobernantes de los Estados Unidos: son una necesidad vital (como hubiera dicho Hitler). Para sostener el ritmo despilfarrador del american way of life se necesitan todos los recursos del resto del planeta. Quizás no el dinero (aunque también, si se presenta: sin los ingresos de la droga, de la venta de armas, y de la captación de capitales extranjeros, los Estados Unidos no podrían darse los lujos de su deuda externa y de su déficit fiscal: y es por eso que atacan el euro de los europeos y el yen de los japoneses); pero sí, sin duda, los recursos naturales: desde el petróleo y el plutonio hasta los más sutiles: por eso 'patentan' las plantas amazónicas, y muy pronto harán lo mismo con el aire que respiramos y con el agua potable.

Y eso sólo se logra mediante la fuerza. El presidente Bush ha hecho aprobar por el Congreso el presupuesto militar (de 'defensa', por supuesto: también tienen patentada la ética) más gigantesco de toda la historia humana. En rigor, el mantenimiento indefinido del american way of life para todos los norteamericanos exigiría la 'solución final' de eliminar físicamente a las tres cuartas partes de la población del planeta, que sobran. O si no -pues la hipocresía fundamental, de fundamento, de la sociedad norteamericana no permite un planteamiento tan extremo ni siquiera a Condoleeza Rice, esa 'doctora Strangelove' que asesora a Bush- la solución de compromiso de su sometimiento duradero. A cambio de nada. O sea: por la fuerza bruta. En nombre, por supuesto, del Derecho, que es el derecho del más fuerte: el mismo que reclamaba Hitler. No sólo Hitler, claro: la doctrina Bush de los "ataques preventivos" no es más que la reedición de la milenaria guerra de conquista. Como dijo Toynbee que había hecho hace dos mil años el Imperio Romano, hoy el Imperio Norteamericano quiere conquistar el mundo entero "en defensa propia".

Pero ese Nuevo Orden Mundial que quiso Bush padre y en el que se empeña el hijo con poderes considerablemente acrecentados, y literalmente incontrastables, tiene un problema: es inestable. La fuerza genera resistencias.

Para empezar, lo de las guerras necesarias para imponer ese orden. La guerra, como observó Clausewitz, es el "terreno de la incertidumbre": nunca se sabe cómo van a salir las cosas. Napoleón creyó que la conquista de España, y luego la de Rusia, iban a ser un paseo militar. A Hitler le sucedió lo mismo con Inglaterra (y otra vez con Rusia). Y así podríamos seguir buscando ejemplos en la Historia: el de Felipe II en los Países Bajos (y también en Inglaterra); el de Augusto en Germania; el de Jerjes en Grecia; el de Amenofis en Mitani. Los Imperios tienden a derrumbarse cuando pretenden expandirse demasiado: el historiador Paul Kennedy tiene un libro muy interesante al respecto, y fácil de leer: hasta George W. Bush podría hacerlo sin fatiga. Las guerras de conquista suele perderlas todo el mundo, porque no salen como estaban previstas sobre el papel, en la teoría. Sobre el papel, y en la teoría, los Estados Unidos de hoy son capaces de ganar de sobra cualquier guerra contra el resto de los países del planeta sumados. (¿Incluida la Rusia todavía nuclear? Sí. ¿Incluida la populosa China? También). Pero las guerras se desarrollan sobre el terreno, y en la práctica. Hace treinta años, sobre el papel y en la teoría, era imposible que los Estados Unidos no ganaran su guerra contra el insignificante Vietnam del Norte. Y sin embargo la perdieron. También la perdieron los vietnamitas, por supuesto. Pero es que, repito, las guerras las pierde todo el mundo.

(Y, dicho sea de pasada, quien más las pierde es el aliado de quien sobre el papel debía ganarlas. Ojo, pues, avezados políticos pragmáticos como Alfonso Valdivieso o Tony Blair. Recuerden esas manos como garras de los políticos survietnamitas que los marines machacaban a culatazos para que se soltaran de las patas del helicóptero y pudiera despegar, sin lastre, el aparato que llevaba ya enrollada la bandera norteamericana rumbo a las alturas).

Así que lo que se nos viene encima no es un "Nuevo Orden", sino un caótico desorden mundial en el cual todos vamos a perder la guerra. Inclusive esos millonarios petroleros que ahora deciden la política imperial del país más poderoso de la historia: Bush, Cheney, Rumsfeld. Y sus asesores Condoleezza y Colin, a quienes Harry Belafonte, que tiene por qué saberlo, llamó hace pocos meses "house niggers": esos criados de la casa que en las plantaciones esclavistas del Sur tenían acceso al comedor del amo.

Dentro de ese Gran Desorden se instaurarán órdenes locales cada ves más fascistas en el nombre del Orden ¿No han visto ustedes ese puño cerrado luminoso que hizo instalar en los cerros de Bogotá nuestro fascistita local, Antanas Mockus? Y Alvaro Uribe, claro.

Si la gente no reacciona -y la veo reaccionar poco, salvo en el nombre aún más temible de los fundamentalismos religiosos- nuestro futuro próximo va a ser una miríada de satrapías locales de Mockusitos y Uribitos bajo la sombra de un inmenso Bush. El hombre de la década.

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