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Opinión

  • | 2007/01/13 00:00

    El hombre que esperó seis años

    A su odisea se suman las declaraciones que dio Araújo a la llegada a la base naval, que todavía sorprenden por serenas

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En un país lleno de antihéroes, como es Colombia, la aparición de un héroe es escasa e invaluable, y debemos aprovecharla para llenarnos de lecciones y de reflexiones.

Indudablemente es el caso del ex ministro Fernando Araújo, cuyo acto heroico continúa impresionando a los colombianos después de 15 días de su desenlace, porque llegó a superar cualquier relato imaginario del mejor novelista.

De heroísmo no le faltó ingrediente alguno: serenidad, coraje, templanza, paciencia, humildad, sufrimiento, generosidad y hazaña. Y como si fuera poco, tuvo final feliz, cuando hace tiempo todos creíamos que el fin del secuestro de Araújo ya se había escrito y era trágico.

Irónicamente, sin esa terrible experiencia de seis años de secuestro en la selva, el ex ministro no habría logrado sobrevivir por cuenta de hacer lo que tocaba durante sus cinco días de fuga. Sin ese sacrificio al que fue sometido, no habría contado con el arrojo y el conocimiento del monte para haber encontrado el camino de regreso a casa. No habría sorteado con malicia la posibilidad de que algún campesino lo delatara. No habría sabido aplacar la sed con una variedad de cactus que otra persona sin su experiencia en cautiverio habría pasado por encima, ni menguado su hambre con una yuca cruda ligeramente pasada por acpm, que no debía ser muy distinta al menú de su cautiverio. Y seguramente se habría rendido el día en el que descubrió que había caminado en círculo y regresado al mismo punto de partida. Eso sólo podía haberlo conseguido un hombre que esperó seis años.

A esta odisea se suman las ponderadas declaraciones que dio a su llegada a la base naval, que todavía sorprenden por sensatas y serenas, que propiamente no son dos cualidades que puedan exigírsele a un hombre recién liberado después de años de cautiverio y cinco días de fuga. Parecía como si las tuviera pensadas para el día en el que recuperara la libertad. Y hasta demostró una inverosímil presencia de ánimo al darle prioridad a la visita a los infantes heridos durante su rescate, por encima de las ganas tanto tiempo reprimidas de abrazar a su familia.

Todo esto combinado logró que Araújo regresara a la libertad convertido en un héroe indiscutible, que en nada recuerda la imagen del cuestionado Araújo que seis años antes había tenido que defenderse como ministro –como los perros en misa, por cierto–, por el escándalo de Chambacú, cuyos cargos le fueron precluidos durante su cautiverio.

El heroísmo de Araújo ha llevado a algunos a quitarle importancia al ataque del Ejército sobre el campamento, que sembró la confusión necesaria para que lograra evadirse. Esa es una actitud mezquina que va en contra de la realidad. No faltaron quienes se dieron a la tarea de sostener que en la evasión, todo corrió por su cuenta y que de liberación no había tenido nada. La vida de un infante y las heridas de otros tantos demuestran lo contrario. Y aunque es cierto que el operativo habría podido costarle la vida, hay algo más cierto que eso: Araújo esta vivo y en libertad.

Una pregunta es qué debe hacer el Ejército en futuros combates, ante la férrea oposición de las familias de los secuestrados de que pueda intentarse su liberación por la fuerza. Respetando el dolor, la incertidumbre y el temor que los embarga, el Ejército tiene la obligación constitucional de seguir dando la pelea, ubicando nuevos campamentos guerrilleros y liberando pedazos de territorio nacional. ¿Pero cómo hará el Ejército para poder distinguir en estos combates rutinarios la presencia de rehenes que sean utilizados como escudo por los guerrilleros?

Hasta en eso Araújo expresó lo que tocaba: un profundo respeto por la labor de las fuerzas militares, gestoras de su liberación, unido al reconocimiento de que un acuerdo humanitario implica menos riesgos para los secuestrados, cosa que nadie pone en duda. Es decir que la labor del Ejército, que no puede detenerse y no se detendrá, no excluye que el gobierno llegue a concretar la posibilidad de llegar a ese acuerdo algún día con las Farc.
Nada en la vida compensa seis años de cautiverio. Pero si le sirve de esperanza a alguno de los secuestrados, es posible recuperar la libertad y hasta llegar, como Araújo, a gozar la gloria del heroísmo. 


ENTRETANTO…¿Por qué será que al del alcalde Lucho Garzón lo apodan el “gabinete de las mechudas”?


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