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Opinión

  • | 2008/11/08 00:00

    El horror de ser militar en la era de Uribe

    Celebro que castiguen a los militares criminales, pero no creo que el Presidente sea el héroe de la jornada.

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Cuando tenía 5 años soñaba con ser militar: para entonces no tenía lo suficientemente desarrolladas las neuronas como para no querer serlo, ni tan atrofiadas como para tener que dedicarme al periodismo.

Sin embargo, cuando descubrí los libros, desconfié de los militares: de su obsesión por madrugar y bañarse con agua fría; de esa forma que tienen de llamar a la gente por los apellidos y no por los nombres y siempre a los gritos, y de esa triste sumisión existencial, en la cual la obediencia es un modelo de vida. Todos me parecían la oposición filosófica a mis principios: personas rígidas más llenas de su gremio que de sí mismos, alienados por la disciplina e incapaces de dudar.

Más adelante, y a pesar de que no eran solubles con mi manera de ver la vida, supe admirarlos: en medio de las barbaridades que cometía la guerrilla, los militares ponían el pecho con valentía y sacrificio, y padecían en el monte lo que uno en la ciudad ni siquiera imaginaba.

Esta semana mi sentimiento cambió de nuevo: ahora los compadezco. Y por una razón fundamental: y es que no debe ser nada fácil ser militar en tiempos de Uribe.

Al principio les daba órdenes Martha Lucía Ramírez, y me imaginaba lo que yo sentiría si estuviera despierto desde las 4 de la mañana y fuera citado a una reunión con ella después de almuerzo: tener que oírla durante horas sin siquiera cabecear debía ser una prueba más dura que lanzarse al río Sumapaz.

Después me imaginé la angustia que debe ser obedecerle a un ministro que parece que se echara pestañina, se roba el primer plano de todas las fotos y legalizó lo tétrico: un día uno está tranquilo en el batallón y de golpe le traen una mano cercenada, como si fuera normal; otro día uno está haciendo cuentas con el poco sueldo que se gana y aparece un guerrillero con un ojo sangrante al que piensan mandar a París con 1.000 millones.

Pero lo peor debe ser tener como jefe supremo a una persona como Uribe, que, en plena cumbre internacional, acusa pero no entrega a la justicia a un comandante que, según él, está escondiendo a un capo; y que de un momento a otro saca por la puerta de atrás a varios militares, con una facilidad que nunca ha mostrado para destituir a sus ministros más cuestionados.

Me veía yo de militar en la era uribista, aterrado de ver cómo trataban a mi gremio, y a la espera de que alguien se hiciera varias preguntas: ¿de verdad el gobierno no sabía que lo de los falsos positivos estaba pasando desde hacía rato? ¿En serio supieron de eso justamente cuando estaba por acá la alta comisionada de derechos humanos de la ONU y Obama subía en las encuestas?

Celebro que castiguen a los militares criminales, pero no creo que el Presidente sea el héroe de la jornada.

Desde siempre supe que ese tipo de cosas venían con Uribe, y por eso nunca voté por él: los falsos positivos hacen parte de ese cinismo que trae la guerra, del cual este país de uribistas ya se impregnó. Estoy seguro de que la mayoría de los colombianos cree que mientras se les den golpes a las Farc todo vale, y que matar campesinos y jóvenes humildes son pecados laterales, resultados inevitables y menores de esta pesca con dinamita que promueve el Presidente ante el aplauso general del público.

Venían con Uribe, digo, y él mismo ha auspiciado estas cosas con ese humillante zarandeo público a las Fuerzas Militares, que despierta ovaciones en la afición, pero que presiona hasta el exceso a unas tropas que nunca se han distinguido por ser reflexivas ni cuidadosas, como ya lo demostraron en el Palacio de Justicia: con la desafiante exigencia de resultados que el Presidente les impone en vivo y en directo, estas bestialidades dignas de la época de Pinochet eran previsibles.

Siempre había creído que los militares eran la máxima expresión de la derecha. Ahora veo que no: que es Uribe. Que Uribe está a la derecha de la derecha, es decir, a la derecha de los militares; y que la decapitada unánime y sin preguntas de todos esos mandos, en algunos casos merecida pero en muchos otros llena de oportunismo, fue un acto elaborado con la misma lógica con que los sargentos cometen sus falsos positivos: esa lógica según la cual es más importante el volumen de las bajas que la seriedad de las investigaciones que las producen: esa lógica según la cual mientras más caigan, más grande es el show y más fuertes los aplausos.

Cuando tenía 5 años yo quería ser militar: hay que ver de todo lo que me salvé.
 
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