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Opinión

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Los expertos proponen ahora, como solución para los problemas del campo olvidado, arrasado, bañado en sangre, la misma solución que ha venido proponiéndose desde los años 30 sin haberse jamás llevado a cabo: una reforma agraria. Se han iniciado varias, desde los tiempos remotos de las leyes de tierras de la República liberal. Y las consecuencias han sido siempre más sangre y más olvido, y, en la práctica, por lo menos dos contrarreformas: la que, tras los éxodos de la violencia liberal-conservadora, concentró todavía más la propiedad de la tierra, y esta más reciente que ha puesto millones de hectá-reas en manos de los nuevos terratenientes del narcotráfico. El neoliberalismo quiso resolver los problemas simplemente abandonando el campo a su suerte, por económicamente inviable. El resultado fue una nueva oleada de sangre, y un nuevo inmenso éxodo, y el enrolamiento masivo de los campesinos sin tierra en las guerrillas o en los grupos paramilitares. Y muy rentable tiene que ser ese despreciado campo colombiano para que pueda mantener a tanta gente en armas, cuyo trabajo no sólo es improductivo sino que es destructivo. Pero ahora los expertos proponen otra vez una reforma agraria. Y esta vez dicen cómo: expropiando a los narcos y repartiendo sus tierras. Tal vez no sepan los expertos, absortos como están en sus estudios, que a los narcos en Colombia ha sido imposible expropiarles absolutamente nada, porque no se dejan. No se han dejado expropiar ni siquiera una avioneta cargada de cocaína y además robada y además con matrículas y planes de vuelo falsos: siempre que han perdido alguna, por descuido, la han recuperado de inmediato con la debida indemnización por daños y perjuicios. Menos aún se van a dejar expropiar sus millones de hectáreas de "tierra buena, tierra que pone fin a nuestra pena", con sus casas y sus caballos y sus campos de aterrizaje y sus ejércitos de hombres armados y de abogados litigantes. La feliz idea que han tenido los expertos, o que han vuelto a tener, es la misma que hace ya un siglo propuso el Simón el Bobito de las fábulas de Pombo para deshacerse de "un montón de tierra que estorbaba el paso". Conceptuó Simoncito: "Que hagan un gran hoyo y lo echen allí". Decididamente, ese debería ser el símbolo de la nacionalidad colombiana: el hoyo. Ese hoyo abierto al lado del montón de problemas para enterrar en él los problemas que no tienen solución. La violencia que se resuelve con más violencia, la sangre derramada que se oculta derramando más sangre, la indignidad que se exonera con el prevaricato. Cada estupidez nueva, o cada crimen nuevo, sirve para tapar el crimen o la estupidez anterior. El hoyo debería ser nuestro símbolo patrio; pero también el bobo que propone el hoyo. Ese bobo _aunque experto_ que sugiere hacer una reforma agraria con la tierra de la contrarreforma agraria. O ese otro bobo _aunque Presidente de la República_ a quien se le ocurre que la manera de olvidar el problema campesino es abrir un canal interoceánico. Ese hoyo inmenso sin el cual, dice Ernesto Samper, "deberíamos quitar el canal del escudo" porque el istmo que atraviesa ya no es nuestro. Tiene razón Samper, a la colombiana, a la simonbobitana. Ya que no podemos cambiar la realidad del país, cambiemos su representación simbólica en el escudo: el istmo, el cóndor. El istmo por un hoyo, el cóndor por un bobo. Es lo que el propio Samper ha venido haciendo en los dos interminables años que lleva, no digamos gobernando, pero sí en el palacio del gobierno. Le cambió el nombre al Ministerio de Gobierno por el más elegante de 'del Interior'. Le cambió el nombre al de Justicia por el más rimbombante de 'de la Justicia y el Derecho'. Como esos desayunaderos que, para cobrar más caro, empiezan a llamarse 'restaurantes' y a su caldo de papas lo anuncian como 'consomé al aroma del culantro'. Sí. En vez de un istmo, un hoyo: Mockus aplaudiría, aunque hay hoyos de sobra en todo el territorio del país, y podrían reclamarlos para sí también el Ministerio de Obras Públicas por sus carreteras o el de Defensa gracias a sus bombardeos o el de Hacienda en representación de sus derroches. O, a causa de sus filtraciones, la Fiscalía. Y en vez de un cóndor, un bobo. ¿Cuál bobo? Porque los hay de sobra. Cuál bobo, a ver, cuál bobo... Tal vez sea un irrespeto, pero me atrevo a lanzar desde aquí un candidato (aunque temo que me faltan los apoyos financieros necesarios para hacerlo triunfar): Ernesto Samper, presidente de la República. Creo que se ha ganado el puesto de bobo en el escudo por sus méritos. Méritos como candidato presidencial, cuando todo ocurría a sus espaldas, y méritos sobrados como Presidente, cuando todo ha ocurrido en contra de su voluntad: desde el hecho de tener presos o sub júdice a la mitad de sus ministros hasta el de darse de narices, a pesar de haberse arrodillado, con la descertificación del embajador Frechette. Y méritos, en fin, por la imbecilidad de sus propuestas: Congreso unicameral, pena de muerte, canal interoceánico. Creo que tanto como candidato, cuando a pesar del apoyo de Santo Domingo, de Sarmiento, de Ardila y de los narcos casi no logra ganar frente a otro bobo como Andrés Pastrana; como en su calidad de Presidente, cuando ha conseguido en sólo dos años ser posiblemente eso que parecía imposible, el peor presidente de este país, de ineptos presidentes, Ernesto Samper se ha ganado a pulso el derecho a representar a Colombia como el bobo más bobo de la historia. Más que el cóndor. Ahora: si es indigno de serlo, que lo decidan sus jueces naturales.
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