Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/11/14 00:00

El instante democrático

Danilo Rojas, profesor de la Universidad Nacional y miembro de DeJuSticia resalta el único instante en el que verdaderamente se deja sentir el poder constituyente cada vez que hay elecciones

El instante democrático

De la democracia se pueden decir muchas cosas buenas y malas. Observaciones fantasiosas, estratégicas, técnicas, académicas, optimistas y escépticas suelen cubrir la paleta de opciones, en función de la calidad de los operarios o usuarios del sistema democrático. La democracia se deja ver, pues, según distintos intereses, pero rara vez con indiferencia. Quizá hay un momento de la democracia, un tanto lúdico y sin duda poco examinado: aquel en el que la transición efectiva del poder ciudadano a sus representantes, aún no se formaliza.

El hecho democrático ha servido a analistas de todos los pelambres para hacer premoniciones acerca de lo que ocurrirá en el mediano y largo plazo en torno al ejercicio del poder, pero también para medir fuerzas sociales y nivel de cultura política de un país.
Parece ser que este invento social es la mejor forma de ejercer el poder. Suena extraño decirlo y la expresión tenga quizá un tufillo a “fin de la Historia”, pero basta imaginar cualquier otra forma de entronización del mismo para ver las bondades de la democracia.

Hay que decir igualmente, sin embargo, que de ella se han valido los micro y macro poderes siempre presentes en la escena social, que solo creen en la democracia si está particularmente a su servicio, pues de lo contrario se declaran ácratas que solo vuelven a reivindicar la democracia cuando la misma pueda ser objeto de su manipulación.
El formalismo de la democracia es otra de sus lacras. La reducción de la democracia a la mera participación electoral, con una exacerbación de la representación, suele ser el mejor caldo de cultivo para los más escépticos del sistema democrático que, por cierto, se reafirman en cada elección a partir de la constatación de las tantas y tan malas prácticas electoreras que parecen de nunca acabar: desde tamales hasta camisetas, pasando por el trasteo y la compra de (50) votos.

Los mejores críticos –que no escépticos– del sistema democrático, han tenido claro que “los problemas de la democracia sólo se combaten con más democracia” y en un incesante ejercicio constructivo, reclaman la extensión de la democracia a todos los órdenes de la vida social, en especial al económico. Algo así como lo que podría llamarse Democracia Radical, en donde rige el principio de la distribución de todo tipo de poderes y no sólo el político.

Todo eso y mucho más puede decirse de la democracia. En las elecciones locales del pasado 28 de octubre, muchas de esas reflexiones hicieron presencia y nuevamente afloraron por igual en boca de expertos y gente del común, en la medida en que se hicieron públicos los resultados de la contienda electoral. Faltan aún muchos análisis más sesudos que se producirán antes de la repetición del ejercicio en el mediano plazo.

Lo que nunca se verá en los estudios, porque su carácter lúdico no lo comprende la extensión del término “análisis científico de las elecciones”, es el breve instante que va del cierre de las urnas al conteo de los primeros votos. Es sin duda un momento mágico en el que el candidato aún se mueve en la incertidumbre de si habrá recibido la bendición de sus electores; un pequeño espacio en el que el candidato se abandona por única vez al mandato popular, como que su unción o derrumbe –su personal hecatombe– puede ser cuestión de un voto. Claro, este momento sólo dura hasta la lectura de los primeros informes oficiales sobre los resultados electorales.

Quise imaginar a muchos de los candidatos de la pasada elección en ese instante único, atentos a la radio, a la televisión, a sus tres celulares; pegados a sus más cercanos en una espera que parecía eterna; dubitativos quizá por una sola vez en su vida; conscientes por única vez de que su arrogancia no es más grande que el poder que se les otorga, más allá de su inteligencia, su audacia, su maña o su estrategia; y pensé que por ese sólo instante en el que aún el poder primario no ha hecho la transición a la representación, la democracia vale la pena.

“El Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad –DeJuSticia–(www.dejusticia.org) fue creado en 2003 por un grupo de profesores universitarios, con el fin de contribuir a debates sobre el derecho, las instituciones y las políticas públicas, con base en estudios rigurosos que promuevan la formación de una ciudadanía sin exclusiones y la vigencia de la democracia, el Estado social de derecho y los derechos humanos”.

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