Martes, 17 de enero de 2017

| 2006/01/13 00:00

El intelectual y el político

Harold Pinter nos acaba de recordar, en su irónico y amargo y sardónico discurso de recepción del premio Nobel de Literatura, cuál debe ser la función del intelectual en la sociedad: la denuncia de la mentira.

El intelectual y el político

Y, de pasada, cuál es la utilidad de los grandes premios literarios: darle al premiado una tribuna desde la cual ejercer la función de intelectual.



Pues el propio Pinter, hasta dónde yo sé, no había sido nunca un intelectual "profesional", por decirlo así. Su oficio es el de dramaturgo, y tanto en sus piezas de teatro como en sus guiones de cine su principal característica es la ambigüedad, que es lo propio del arte. De entrada lo dice en su discurso: "Una cosa no es necesariamente o verdadera o falsa; puede ser a la vez verdadera y falsa". Pero eso que predica y practica en su arte de escritor no lo puede aceptar en tanto que ciudadano: "Como ciudadano tengo que preguntar: ¿qué es verdadero? ¿Qué es falso?".



Pregunto yo a mi vez: ¿qué es un intelectual? Un ciudadano que opina libremente, y públicamente, sobre lo público; pero que no es un político. Suele ser un escritor: un poeta como Quevedo, un filósofo como Kant, un novelista como Dostoievski, o un periodista como Camus. Pero puede ser un músico (Wagner); o un científico (Einstein); o incluso un cura (el Papa, digamos, cuando no pontifica: o sea, cuando no hace política). Con respecto al escritor dice Pinter que "no encuentra refugio a no ser que mienta; y en ese caso podría decirse que se ha convertido en un político". Es lo contrario de un intelectual, cuya función es justamente la de denunciar la mentira del político: la mentira del poder. Intelectual es Sócrates, o el profeta Jeremías, o el Zola del Yo acuso, o el Orwell del Homenaje a Cataluña: el que denuncia la mentira que es necesaria para el político. Intelectual es el niño aquel del cuento que se atrevió a decir, públicamente, que el Emperador iba desnudo.



Julien Benda, en su célebre ensayo de hace ya casi un siglo, La traición de los clérigos ( o sea, de los intelectuales), explica que estos se traicionan a sí mismos cuando no dicen toda la verdad sin preocuparse de las consecuencias. O sea: cuando se convierten en políticos.



En su discurso de intelectual Harold Pinter denunció en particular las mentiras políticas de los gobiernos de los Estados Unidos, porque, dijo, han sido mentiras creídas: han convencido a casi a todo el mundo, en una "brillante, ingeniosa y exitosísima operación de hipnotismo" durante el último medio siglo. El secreto, señaló Pinter, estriba en la hábil utilización de las palabras "el pueblo norteamericano". Como en la frase "le digo al pueblo norteamericano que hay que defender los derechos del pueblo norteamericano y le pido al pueblo norteamericano que confíe en las decisiones que su presidente toma por el bien del pueblo norteamericano". Y no acababa Pinter de terminar esa parodia de frase de presidente norteamericano cuando el de verdad, George W. Bush, salió a hacer una parodia de la parodia diciendo que le parecía "un acto vergonzoso" el de quien (intelectual sin duda, aunque por ahora anónimo) le reveló a la prensa norteamericana que su gobierno espía a sus ciudadanos, practica la tortura de los prisioneros de guerra y tiene cárceles secretas en medio mundo. Acto vergonzoso porque, aseguró Bush, esas cosas inmorales, ilegales y violatorias de la Constitución (y que por eso se hacen de manera clandestina) son necesarias mientras exista "la amenaza continua de un enemigo que quiere matar a ciudadanos norteamericanos".



Hace dos o tres días, en el bus, oí a una muchachita que le decía a su amiga:



-Es demasiado cierto para ser verdad ¿no?



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