Sábado, 21 de enero de 2017

| 1995/09/04 00:00

EL JUEZ MEDINA

Ojo: el ambiente que dejó la declaración de Santiago Medina abre un boquete por el que cabe perfectamente un general.

EL JUEZ MEDINA

NO RECUERDO UNA SITUACION más tensa desde la toma del Palacio de Justicia. Entre esa fecha y la de hoy han pasado muchas cosas, y muy graves. Muertes ilustres, desastres, escándalos. Pero sólo en aquella época y ahora ha tenido contenido la trajinada expresión de que las instituciones están en peligro.
La gente quiere comer presidente. No cabe ya ninguna duda. Dicen los más viejos que esa especie de consenso caníbal entre los distintos sectores de la clase dirigente sólo se veía desde cuando un ambiente similar -provocado por razones muy distintas- obligó a renunciar al presidente Alfonso López Pumarejo. Y cuando la gente quiere comer presidente, las instituciones -todas- están en peligro.
Ya se ha dicho públicamente casi todo lo que es posible escuchar, de manera que no hay necesidad de andar por las ramas: si se demuestra que el presidente Samper recibió a conciencia dineros del narcotráfico para llegar a la Presidencia, o, aún sin saberlo las sumas recibidas fueron de tal magnitud que lograron inclinar la balanza electoral a su favor, queda claro que estamos ante una elección espúria. Gravísimo.
Y si hay algo en lo que ha coincidido todo el mundo es en que las investigaciones deben seguir adelante hasta establecer la verdad, y que una vez se encuentre la verdad, cada uno asuma su responsabilidad. Sin respetar pinta.
Pero por la manera en que se están manejando las cosas, vamos por un camino distinto al de aclarar las cosas para darle al asunto la salida institucional correspondiente. Como van las cosas, todo apunta hacia la gran impunidad, la gran arbitrariedad o la gran locura.
Desde que empezó todo el jaleo del proceso 8000, la Fiscalía ha filtrado a cuentagotas o a chorro limpio, según el momento, casi todas las intimidades de los procesos delicados que están a su cargo. Imagino que esa decisión obedece a la necesidad de hacer ambiente entre el público de las culpabilidades de los políticos en unos delitos que por su naturaleza son muy difíciles de probar judicialmente. Y lo ha logrado.
Hoy nadie duda que todos los parlamentarios acusados por la Fiscalía ante la Corte son culpables, a pesar de que la Corte no ha abierto su boca al respecto. Y nadie duda que todos los mencionados en la declaración de Santiago Medina son culpables. La diferencia es que en el primer caso la presunción de culpabilidad, aunque igualmente arbitaria, esta avalada por la figura del Fiscal. En el segundo, la presunción está basada en la declaración de un personaje de antecedentes oscuros que está salvando su pellejo en la jugada.
Aunque todo lo que Medina diga en sus declaraciones sea cierto de cabo a rabo, todo lo que ocurra como consecuencia de ellas debe estar mediatizado por un fallo, o al menos por una opinión judicial. Pero todo parece indicar que el impacto político lo están provocando las filtraciones. En ese terreno, la torpeza de Fernando Botero y de Horacio Serpa al legitimar en público la declaración del tesorero Medina puede tener unas consecuencias catastróficas, como ya se está empezando a ver.
La eventual caída de Ernesto Samper produciría un problema institucional del demonio, puesto que los votos suyos son los mismos del vicepresidente, cuyo cargo fue inventado por la Constitución para reemplazar al primer mandatario en sus ausencias. Por eso la única forma civilizada de solucionar la crisis es manteniendo o tumbando a Samper, pero sólo como resultado de una investigación seria y no como consecuencia, de la simple publicación de los descargos de un acusado. Sólo así se pueden tomar decisiones trascendentales de manera presentable.
También sería muy torpe que si se desvirtúan las denuncias de Medina se acabe en la impunidad, enterrando con ellas la discusión sobre el dinero de los narcos en la política, que es un asunto grueso.
Pero sería demasiado irresponsable que el gobierno perdiera su piso por el ambiente creado con la declaración de Santiago Medina. Eso abriría un boquete institucional inmenso por el cual cabría perfectamente un general con todos sus soles, sus tanques y sus soldados. Para que haya continuidad democrática (repito: con Ernesto Samper o sin él) es indispensable que a Samper lo juzgue un juez y no simplemente el anticuario Santiago Medina.-

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