Lunes, 16 de enero de 2017

| 2009/07/12 00:00

El juicio de Freiné

No. No hay que defender el arte de los toros con argumentaciones leguleyas: basta con ir a verlos.

El juicio de Freiné

Sale el Procurador General de la Nación a defender las corridas de toros, y yo, que soy aficionado, no estoy de acuerdo. No creo que haya que defender los toros. Es como si hubiera que defender la poesía, o la música, o cualquier otra de las artes. Y sí, es cierto que alguna vez ha sido necesario hacerlo contra los fanáticos y los delirantes: contra los iconoclastas de Bizancio que pretendieron destruir todas

las imágenes que existían en el Imperio; contra Savonarola, el predicador florentino que quería quemar a Florencia (lo quemaron vivo a él, en represalias: una exageración, sin duda); contra los nazis que perseguían el "arte degenerado", todo el arte del siglo XX, y a sus creadores; contra los talibanes de Afganistán, que además de pulverizar a cañonazos las esculturas búdicas prohibían el ajedrez y las cometas.

Pero no me gusta que salga el Procurador General de la Nación a enviarles por conducto reglamentario un concepto jurídico de diez folios a los magistrados de la Corte Constitucional referido a una demanda de inexequibilidad interpuesta por un ciudadano (delirante y fanático) que quiere que se prohíban las corridas de toros y las riñas de gallos porque a él no le gustan, y en consecuencia inhiben el libre desarrollo de su personalidad. ¿Qué pitos tocan en esto el Procurador, y la Corte, y la Constitución? No deberían tocar ningún pito. ¡Qué vesania juridicista la de este país enfermo y envenenado de derecho positivo, en donde todo termina judicializado! No. No hay que defender el arte de los toros con argumentaciones leguleyas. Los toros se defienden solos: basta con ir a verlos. El movimiento se demuestra andando.

Y me gustan todavía menos los motivos de defensa que el Procurador expone en su alegato, porque son todos ellos exteriores a los toros. De toda índole, sí: cultural, artística, histórica, patriótica, cívica, económica. Pero además de parecerme que caen fuera del tiesto, los encuentro equivocados o absurdos. Que las corridas y las peleas de gallos "son actividades que generan mayor participación en la economía". ¿Mayor de qué, que cuál, que la de quién? Que "contribuyen a la convivencia pacífica de la sociedad". ¿Acaso no sabe el Procurador que con corridas y pólvora y riñas de gallos se celebran las victorias militares? Que "hacen parte de nuestra identidad nacional": esa cosa tan peligrosa, madre de tantas miserias y tantas matanzas y tantos engaños. Que han servido de inspiración para la pintura de Fernando Botero y el pasodoble Feria de Manizales: que me perdonen los manizaleños, pero la verdad es que desde el punto de vista cultural y artístico ese pasodoble... Y en cuanto a lo de Botero, también ha pintado cuadros inspirado en las torturas de la cárcel de Abu Ghraib o en las manzanas: y eso ni justifica el uso de la tortura ni mejora el sabor de las manzanas. Para las riñas de gallos, la defensa del Procurador consiste en señalar que se habla de los gallos de pelea en los libros de Gabriel García Márquez, "en cuya pluma han adquirido renombre universal". Pero también ha escrito sobre guerras civiles y secuestros, y hasta sobre un cataclismo natural que borró de la faz de la tierra un pueblo entero. ¿Habría que defender el bacilo del cólera por el hecho de que el gran escritor lo menciona en uno de sus títulos?

No. Repito que el arte de los toros se defiende por sí mismo, sin necesidad de llamar en su auxilio a Musas prestadas de otras artes. Es autosuficiente.

Para que lo entiendan así tanto el Procurador como los magistrados de la Corte, y de paso el ciudadano demandante antitaurino y juridicista, les voy a poner un ejemplo tomado de la jurisprudencia. Una cosa juzgada.

Resulta que una vez, en la Atenas de la antigüedad clásica, un ciudadano despechado y vesánicamente juridicista interpuso una demanda por impiedad (algo tan grave allá y entonces como es aquí y ahora el vicio de inconstitucionalidad en nuestra Atenas suramericana) contra Friné, una hetaira famosa en toda Grecia (y hoy en todo el mundo, gracias a los retratos que le hizo el escultor Praxiteles y están en los museos) por su belleza sobrenatural. Fue llevada a juicio. Y no pudiendo persuadir de su inocencia al tribunal con sus argumentos legales, y cuando estaba ya a punto de ser dictada la sentencia de muerte, su abogado defensor recurrió a lo más sencillo: desnudó a Friné ante los jueces. La absolvieron, deslumbrados y unánimes.

Con los toros pasa lo mismo: vayan a verlos.

No está prohibido, y algo más: tampoco es obligatorio.

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