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Opinión

  • | 1996/07/15 00:00

    EL JUICIO: GANDORES Y PERDEDORES

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El Presidente: Es el gran ganador. no importa cuántas y cuáles dudas haya dejado en la opinión el resultado del fallo de la Cámara, pero el hecho claro y contundente es que se cumplió su juicio constitucional, al cual tuvieron que someterse, por las reglas del Estado de derecho, hasta sus detractores, que ahora no tienen otra alternativa que aceptar su absolución. Algo parecido a lo que sucedió en E.U. con el caso Simpson, en el que la verdad jurídica se impuso sobre la verdad real. En cualquier caso, el Presidente arranca este segundo periodo de su gobierno con una ventaja muy clara: antes del fallo podía planteársele el tema de su renuncia sobre la base de que no era un hombre correcto. Después del fallo, que para el Presidente representa algo así como una especie de diploma del Icfes de buena conducta, el único argumento para solicitarle su retiro será el de que no logre rearmar su gobierno. Y las apuestas juegan en su contra, a juzgar por la imposibilidad absoluta de plantear una fórmula de reconciliación nacional, que fue tan evidente en su discurso de la semana pasada. Discurso, dicho sea de paso, más apropiado para la posesión de un nuevo Presidente que para la salvación de uno que lleva la mitad de su período ahogado en tan profundos problemas de legitimidad y credibilidad. Fernando Botero: Es el gran perdedor. Al punto de que le quitó este lugar a Andrés Pastrana, que hasta antes del juicio era la figura más estigmatizada por la opinión. La situación de Botero es la de un hombre tremendamente solo, sin salidas jurídicas factibles ni siquiera a mediano plazo, único depositario de una responsabilidad compartida con el propio Presidente. Luis Guillermo Nieto: Es irónico que, mientras el Presidente ganó, su abogado defensor haya perdido. La verdad escueta es que no se necesitaba que el abogado del Presidente fuera bueno, malo o regular, porque Samper habría salido absuelto de todas maneras. Pero al tomar la decisión de medírsele a esta empresa, Nieto Roa sólo logró que lo cubrieran de oprobios los enemigos del Presidente, que lo criticara la mitad de quienes antes eran sus amigos, y que además le sacaran a la luz pública lunares de su pasado. Más claro aún, a Nieto Roa, antes de ser el abogado del Presidente, no lo conocía la opinión, a pesar de haber tenido una carrera política medianamente aceptable. Ahora, después del juicio, no hay duda de que ganó en conocimiento, pero es menos claro que haya ganado en prestigio. Para Nieto Roa este capítulo de la defensa del Presidente se cierra con más pena que gloria, bajo la triste premisa de su prescindibilidad: su papel lo habría podido cumplir cualquier otro abogado. Horacio Serpa: Ganador indudable. E incluso más ganador que el propio Samper. Claramente quedó identificado como el ideólogo, motor y columna vertebral del Presidente, con una posición totalmente coherente en todo momento del proceso. Y ese oficio, por raro que suene, lo puede haber colocado por delante de sus opositores, los otros precandidatos, que a diferencia suya, no lograron obtener un posicionamiento político. Por el contrario, se desdibujaron en el juego de un doble papel de precandidatos y opositores samperistas. El Congreso: Ganó. Y habría ganado de todas maneras. Si condenaba al Presidente, recuperaba ante la opinión una credibilidad bastante perdida. Pero al absolverlo, si bien no mejoró su credibilidad, hizo una exhibición de poder que permite entender, mejor que antes, el lugar que el Congreso ocupa en la democracia y la forma como garantiza su supervivencia. Algo así como un mal necesario. Habrá que estar encima, sí, de la cuenta de cobro que el Congreso le pasará al Presidente, que promete ser abundante, onerosa y pronta. Rodrigo Rivera: Otro gran ganador. Antes de su papel en el juicio como presidente de la Cámara, nadie sabía quién era Rivera. Ahora no sólo el país lo sabe, sino que le reconoce la habilidad y la seriedad con las que manejó un debate que habría podido convertirse en un circo, en una zambra o en una sin salida. Para completar, es casi un niño. Su extremada juventud, sin embargo, no logró mermar su autoridad. Y podría decirse que la gran prueba de su éxito consiste en que sólo hasta el instante en el que pronunció públicamente su voto contra la absolución de Samper, nadie supo nunca de qué lado estaba ubicado. Estados Unidos: Perdió, porque sólo tenía dos maneras de ganar: o que Samper se cayera, o que Colombia extraditara. Y no logró ninguna de las dos. Los Rodríguez Orejuela: La noche del miércoles pasado fue para los Rodríguez una fecha memorable: ganaron en el estadio y ganaron en la Cámara. Con su silencio garantizaron la declaratoria de la inocencia formal del Presidente, lo que más o menos equivale a un triunfo de equipo. Y los tiene sin cuidado cuánto endurezca Samper su política contra los narcos, ya que nada de ello les será aplicable retroactivamente. Tienen garantizada la no extradición, el respeto para sus familias y la posibilidad de obtener los beneficios de la justicia que no les será posible conseguir a sus sucesores. Todo ello, porque se quedaron convertidos en los únicos depositarios del secreto que les permite arreglar sus líos con la justicia con la garantía de tener a un Presidente amigo, o en el peor de los casos, a uno chantajeado, al que podrán pedirle con autoridad y en voz alta, como ya lo hicieron una vez, que gobierne.
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