Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/12/20 00:00

El libro del año

“La cultura no nos salva de nada”, ha dicho Littell. “No hay una relación directa entre la cultura y tus opciones políticas o éticas”

El libro del año

Como esta columna verá la luz pública en la semana de Navidad, quiero sumarme a la campaña de la Cámara Colombiana del Libro para promover el libro como el mejor regalo para estas fiestas. Y lo hago haciendo referencia y recomendando la lectura de la que considero la mejor novela que tuvimos en el mercado nacional durante este año que termina.

Me refiero a Las Benévolas, escrita por Jonathan Littell y editada en español por RBA. Aunque pasó inadvertida por la crítica nacional, según el periódico francés Le Monde, es "uno de los libros más impresionantes que se han escrito nunca". Para el escritor español Jorge Semprún, es uno de los primeros grandes acontecimientos literarios del siglo XXI, el mejor del decenio y una de las mejores novelas de los últimos 50 años. Según Mario Vargas Llosa, ''sus páginas quitan el habla". La revista Babelia, suplemento cultural del diario madrileño El País, lo declaró el libro de 2007 y lo calificó de "impresionante novela, densa y bien construida".

Algo más. En un inusual suceso, en el año 2006 esta novela ganó simultáneamente el Premio Goncourt y el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa. En Francia se vendieron más de 280.000 ejemplares durante las primeras seis semanas, y 800.000 en total. En Alemania el primer tiraje, de 120.000 ejemplares, se vendió antes de salir al mercado. Su autor es un norteamericano de origen polaco que escribe en francés, un escritor antimediático que consideró una desgracia haberse ganado el Premio Goncourt y por eso no lo recibió, pues para él los premios tienen más que ver con la publicidad y el marketing que con la literatura.

Para Littell, la gran pregunta que trató de responder con su novela es "la naturaleza del crimen de Estado". El autor trabajó durante más de 10 años en una ONG de lucha contra el hambre. Esto le permitió vivir de cerca la violencia en Chechenia, Bosnia y Ruanda y "empezar a comprender qué es lo que convierte a las personas en verdugos, en asesinos. Ese es el tema central de mi novela", ha afirmado Littell.

La novela es la historia narrada en primera persona de un oficial alemán de las SS durante la invasión a Rusia en el curso de la Segunda Guerra Mundial. El personaje, Max Aue, es un hombre muy culto que por accidente se ve obligado a ingresar a ese cuerpo militar. Doctorado en leyes, políglota, disfruta la buena mesa, las óperas de Monteverdi, las pinturas de Vermeer, y relee constantemente La Educación Sentimental, de Flaubert . Nada de esto le impidió participar directamente en decenas de masacres de miles de judíos, gitanos y rusos, y luego poner su genio organizador al servicio de la eficacia de la matanza hasta alcanzar los más altos reconocimientos de la jerarquía nazi. La narración de estos hechos es escalofriante y no tiene antecedentes.

"La cultura no nos salva de nada. Los nazis son la prueba", ha dicho Littell, comentando su novela. "No hay una relación directa entre la cultura y tus opciones políticas o éticas", ratifica. Y, en efecto, tanto los nazis como casos más recientes (Yugoslavia, Abu Ghraib, Guantánamo) nos confirman que ni el progreso material y tecnológico, ni el refinamiento cultural son por sí mismos garantías de comportamiento ético ni humanitario. Lo ratifica George Steiner cuando, refiriéndose al Holocausto, planeado y ejecutado por uno de los pueblos más cultos de Europa, afirma : "Las humanidades no humanizan".

Pues bien, la limpieza étnica se convirtió para Aue, quien detesta las masacres no por razones humanitarias, sino estéticas, en un problema de aplicación burocrática de una política de Estado. Es la banalización del mal, de la que hablara Hannah Arendt, lo que hace al protagonista inmune al horror y a la culpa. Él no se arrepiente de nada, siente que hizo "el trabajo que le tocaba, y ya está". Y, apelando a su erudición, argumenta que "la necesidad, ya lo sabían los griegos, es una diosa no sólo ciega, sino además cruel". Él se siente como un héroe griego, víctima de la crueldad del destino. En las mismas circunstancias cualquiera podría hacer lo mismo, sentencia.

Desde la lejanía, y refiriéndose a la barbarie de la guerra, Aue nos hace una estremecedora admonición : "Lo inhumano no existe. Sólo existe lo humano". Y nos lanza una advertencia terrible: "El pasado nunca se acaba". Desmentirlo es nuestro gran desafío como individuos, como sociedad y como país. Un buen tema de reflexión para estas noches de paz. Compren libros y ¡Feliz Navidad!
 

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