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Opinión

  • | 2006/02/11 00:00

    El mal querido

    Vargas Lleras es el uribista más odiado por el gobierno. Cada cierto tiempo este sentimiento sale a flote, como cuando pidió que se investigaran otras hipótesis del atentado

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Tal vez Germán Vargas Lleras va a ser el último en enterarse. Mientras busca desesperadamente lucir como el más uribista de los uribistas, desde el uribismo avanza una campaña para exterminarlo políticamente.
Le escamotean el reemplazo de los gobernadores de su partido. Como en Casanare, donde quería quedarse con el puesto el Primer Primo, o en Meta, donde jugaba duro Armandito Benedetti.

Le sonsacan la gente de sus listas. Reconocidos uribistas lo insultan, dicen que en su grupo hay enemigos del Presidente y para demostrarlo mencionan a Alfredo Rangel y a Javier Cáceres. Algunos han dicho que votar por Cambio Radical es debilitar al gobierno y consolidar una fuente de "chantaje burocrático".

El más reciente episodio de esta guerra contra el aliado se vivió la semana pasada. Claudia Blum, buque insignia de la armada congresional de Vargas Lleras, renunció a aspirar al Senado cuando faltaban apenas unos días para la inscripción.
Lo hizo porque aspira a ser ministra o embajadora. Una aspiración que sólo puede entrar en sus cuentas si tiene la promesa de quien firma los nombramientos.

Vargas se había empleado a fondo para lograr la elección de Claudia Blum como presidenta del Senado. Después de la hazaña, nadie esperaba que ella lo dejara plantado. Sin embargo, en política los conflictos de lealtades se resuelven a favor del más fuerte.
Por estos días, el golpeado Vargas Lleras buscaba ajustar su lista con el nombre de la ex ministra Martha Lucía Ramírez. Más se demoró en proponerlo que ella en anunciar que aspiraría al Senado, pero no con Vargas, sino con su archirival Juan Manuel Santos.
Otra decisión que difícilmente se habría tomado, sin consultar con Palacio.
¿A que horas Germán Vargas, considerado hombre clave en la primera elección de Uribe, cayó en desgracia con el gobierno?

Para entenderlo hay que remontarse cuatro años. Vargas fue el primer liberal importante que se deslizó a las toldas de Uribe. Su deserción animó a otros jefes del liberalismo. Serpa se fue quedando con el pecado y sin el género. Conservó intacta su fama de clientelista, mientras los caciques ingresaban santificados al uribismo.
Todo marchó de maravilla. Uribe fue elegido Presidente en primera vuelta y Vargas, senador con una votación asombrosa.

La alianza, sólida para los triunfos, no aguantó la prueba del fracaso. En octubre del año 2003, en un corto fin de semana, perdieron el referendo y la alcaldía de Bogotá.
Uribe y Vargas se responsabilizaron mutuamente. Vargas era el presidente del Congreso, y el mandatario reclamaba que los congresistas no trabajaron lo suficiente para salvar la consulta. A su turno, Vargas atribuía la derrota de Juan Lozano, entre otras cosas, a que el Presidente -golpeado por el resultado de la víspera- sólo salió a votar cuando faltaban dos horas para cerrar las urnas.
Tres días después, la plenaria del Senado, presidida por Vargas, hundió el primer intento de reelección. La votación fue por orden alfabético. Cuando llegó a la V, el proyecto ya estaba muerto. Vargas votó a favor, pero el Presidente jamás le perdonó que no hubiera usado su cargo para disolver la sesión, o por lo menos para aplazarla.

Desde ese día, Germán Vargas Lleras es el uribista más odiado por el gobierno.
Cada cierto tiempo ese sentimiento sale a flote. Desde cuando el mandatario llamó "manzanillo perfumado" a Germán Varón -el representante más visible de Vargas en la Cámara- hasta el último atentado contra el senador. El gobierno no ocultó su molestia cuando Vargas Lleras pidió que se investigaran hipótesis distintas a la autoría de las Farc.

La paradoja es grande.
Germán Vargas, que tanto ha impulsado la reelección de Uribe, puede terminar convertido en la primera víctima política de ella.
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