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Opinión

  • | 1987/12/21 00:00

    EL MALGENIO DEL PRESIDENTE

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Nos habían metido el cuento de que existía una guardia pretoniana, odiosa e infranqueable, el sanedrín, que le estaba creando problemas de imagen al amable señor peliblanco al que protegía. Pero se abrió la puerta, salio el protegido a ventilarse, y en sus breves pero sustanciosas reuniones espontáneas con la prensa -las únicas veces en las que Barco se enfrenta con la opinión pública sin tener las declaraciones mecanografiadas- ha resultado igual o más hostil que su sanedrín.
En estos encuentros recientes con periodistas que lo abordan informalmente a la salida de actos oficiales y sociales, Barco se ha mostrado como un Presidente malhumorado, que contesta todas las preguntas con otras preguntas que por lo general poco o nada tienen que ver con la pregunta inicial, y que revelan el impresionante despiste de los procesos mentales del presidente Barco.
Por ejemplo, un periodista de Noticias 1 le preguntó el otro día si compartía la posición asumida por Gustavo Vasco frente a Daniel Samper. Barco le contrapreguntó furioso al periodista, si éste podía mencionarle un solo caso en el que el Presidente hubiera sido imparcial (sic) con la prensa.
A una periodista que le preguntó si el gobierno reconocía que se están violando los derechos humanos en Colombia, Barco le contrapreguntó muy bravo que si a ella le pegaban un pellizco de golpe la estarían "violando en sus derechos humanos".
A un periodista del Noticiero de las 7 que lo interrogó sobre las recientes medidas tomadas por el gobierno en ese campo de los derechos humanos, el Presidente le contrapreguntó indignado que porqué no le publicaban sus discursos y decretos.
Y a un periodista de El Espectador que le preguntó qué opinaba de las declaraciones del Presidente de la Andi, Barco le contrapreguntó irritado que "cómo estuviera (sic) el órden público si la economía no estuviera tan buena".
La imagen del presidente Virgilio Barco no se concreta en ser antipático. Los presidentes colombianos han sido antipáticos por tradición, y les ha funcionado. Más "secotes" y distantes que los dos Lleras o el mismo López Michelsen, es difícil encontrar. Al propio Barco se le podrían perdonar unas dósis de antipatía. Pero el problema es que el Presidente no es antipático sino gruñón. A Barco le ha dado por hablar empujando y bufando, en un equivocado esfuerzo de proyectar la imagen de hombre bravo, de calzones, santandereano. Lo malo es que en medio de tantos asesores que lo rodean, no exista ninguno que se haya atrevido a decirle a Barco que no se está viendo bravo sino raro.
Lo malo es que, politicamente, los gruñidos de Barco han comenzado a salirle costosos al gobierno.
Frente a la opinión pública, las últimas encuestas de popularidad revelan una caída a lo Wall Street en la imagen del presidente Barco (Ver "Confidencial").
Pero quizás lo más grave sea la forma como los gruñidos de Barco han calado en el Congreso. Voces importantes como el acucioso senador Víctor Renán Barco han calificado a los ministros de "inmamables". El presidente de la Cámara, César Pérez, ha pedido la renuncia del Ministro de Hacienda. Los senadores Samper y Santofimio han sugerido la conveniencia de una crisis ministerial. Y el ausentismo de los parlamentarios liberales, en momentos en que se discuten cruciales proyectos legislativos del gobierno, constituye una imagen que habla más que mil palabras.
El que crea que esta hostilidad parlamentaria está dirigida contra el gobierno, pero no contra el Presidente, peca de ingenuo.
Cierto es que en distintas oportunidades, presidentes y gobiernos han estado diferenciados en relación con los favoritismos de la opinión pública. En épocas de López, era más popular el gobierno que el Presidente. En épocas de Betancur, más popular el Presidente que el gobierno. En épocas de Turbay, igualmente impopulares Presidente y gobierno. En este sentido, Barco ha logrado hacer una innovación. Ahora la crítica consiste en que es tan inexistente el gobierno como el Presidente.
En Colombia, sin embargo, el poder presidencial es tan grande, que los parlamentarios liberales no se han atrevido a criticar a Virgilio Barco en su propia cara. Pero han escogido sistemas para hacerlo de manera indirecta. Cuando hablan de que los ministros son "inmamables", lo que realmente están diciendo es que el Presidente es "inmamable". Y cuando piden crisis ministerial, lo que están pidiendo es un cambio en el estilo presidencial. Y cuando dejan de ir al Congreso no están protestando contra el proyecto del ministro del ramo, sino contra el propio Virgilio Barco.
El ex presidente López dijo recientemente en una entrevista por televisión con Yamid Amat, que el presidente Barco tiene carácter, "algo que con frecuencia en este país se confunde con el mal carácter".
Sin embargo, las últimas apariciones espontáneas de Barco están demostrando lo contrario. Que lo que Barco tiene es mal carácter, y que el ex presidente López lo está confundiendo con el carácter.
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