Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1994/09/12 00:00

EL MALO DE MOSTRAR

Era difícil creer que el estudiante fogoso del 9 de abril del 48 era el mismo viejo meditabundo y ausente que vino a la posesión de Samper.

EL MALO DE MOSTRAR

EL MALO DE MOSTRAR
ME CAUSO UN PROFUNDO IMPACto el Fidel Castro viejo, triste y macilento que pasó por Bogotá con ocasión de la posesión de Ernesto Samper. La imagen del temible guerrillero de la Sierra Maestra (el de la crisis de los misiles, el coco de Estados Unidos durante tres décadas y media, el símbolo de la rebelión en América Latina) meneando su cuerpo perezosamente al ritmo de las jotas de una tuna femenina, producía mucha más compasión que miedo.
Mientras Castro caminaba desorientado y nostálgico por las calles de una Bogotá cuyo recuerdo mantuvo intacto durante medio siglo, era inevitable devolver la película para verla desde el comienzo. Era difícil creer que el estudiante imberbe que el 9 de abril de 1948 trató infructuosamente de dirigir la revuelta era el mismo viejo meditabundo y ausente que fué testigo del relevo entre dos presidentes que el día del 'bogotano' no habían nacido todavía. Tanto Samper como Gaviria son de la generación que en los 60 proclamó a aritos la revuelta armada, inspirada en los héroes del Granma. Por eso era insólito verlos actuar y oír sus proclamas, al lado de un Fidel Castro que sonreía comprensivo, como un abuelo ante las pilatunas de sus nietos.
Uno diría, en principio, que es sorprendente que alguien pueda cambiar tanto. Pero, pensándolo en detalle, lo que ocurre y sorprende es que una persona pueda no cambiar nada mientras el mundo a su alrededor se transforma a la velocidad de la luz. Castro hace recordar a los sabios de la Edad Media, que se resistían a aceptar que la Tierra giraba alrededor del Sol, y defendían a dentelladas la teoría (mucho más bella, es verdad) de que nuestro planeta era el centra del universo.
Fidel Castro encarna una paradoja dramática. En el campo internacional, su figura siempre ha sido un símbolo contundente, y encaramado en la pequeñez geográfica de Cuba, ha estado ubicado -por la negativa o por la positiva- entre los grandes. Fué el símbolo de la oposición a los gobiernos corruptos, en cuanto opositor del gobierno de Fulgencio Batista; fué el mesías redentor de los oprimidos a través de la revolución violenta latinoamericana (de la mano del Che Guevara, su Saulo de Tarso); fué el emblema del antiimperialismo estadounidense; fué el destacamento de avanzada del imperialismo soviético; se constituyó en el conejillo de indias del socialismo en América Latina; fué el florero de Llorente de la pelea entre Kruschev y Kennedy,en lo que pudo haber sido la tercera guerra mundial; estuvo a punto de liderar la revuelta regional contra los grandes por la deuda externa. v ha sido finalmente la víctima de la derrota por abandono del internacionalismo proletario de la URSS.
En lo interno, en cambio, Fidel ha avanzado de lo grande a lo pequeño. Logró eliminar la pobreza absoluta en su país un imposible teórico en América Latina; democratizó la salud y la educación a niveles inverosímiles; elevó la producción nacional a un ritmo vertiginoso, y logró convertir a Cuba en un vividero sabroso, lejos del paraíso pero no tan cerca del infierno. Hasta que la utopía se derrumbó: con la salida del último soviético de la isla, el deterioro de Cuba ha llegado a límites que están por debajo de lo que resiste la verguenza. Hoy en día, el mejor sistema hospitalario de la región no tiene energía para encender los equipos, y la gran educación en el socialismo se quedó huérfana de sustento espiritual.
Siempre de la mano de Fidel, y siempre a costa de la libertad, Cuba pasó en apenas 30 años de historia de las fábricas y los tractores a la artesanía y la yunta de bueyes; de los buses colectivos a las bicicletas, de la bonanza al hambre, de la salud a la enfermedad y, según todo indica, de la calma a la tempestad. El hombre nuevo del socialismo no tiene con qué comer, y es imposible echarle la culpa de todo al bloqueo estadounidense, a pesar de que esa medida no tiene ángulo defensable.
Como presidente de los cubanos, Fidel Castro ha sido un fracaso. Le ocurrió lo de los políticos muy activos a quienes la vida pública no les dejó tiempo de atender los asuntos de la casa, y ahora no tiene más remedio que pasear su desdicha por todos los escenarios del mundo, recibiendo a cambio únicamente hospitalidad. Ese fué el Castro que vimos aquí. No vino a Colombia como un homenaje de Samper a quien dirigió el asalto al cuartel Moncada, sino como el símbolo del respeto a la autodeterminación de los pueblos. Castro pasó de ser el gran héroe (o el gran villano) a la demostración de los gobiernos de que son partidarios de la cohabitación regional. Es el malo de mostrar, a quien con el paso de los años mucha gente se está aburriendo, incluso, de odiar. -

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