Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2009/05/11 00:00

    El Miedo contra la Democracia

    En su deseo de matar el miedo, el país contempla, entre impasible y eufórico, la agonía de nuestra débil democracia.

COMPARTIR

Hace diez años, el 20 de abril de 1999, dos adolescentes norteamericanos ingresaron al Instituto Columbine en el estado de Colorado y asesinaron a 12 de sus compañeros y un profesor. Luego, se quitaron la vida. Este hecho, registrado por el cineasta Michel Moore en su documental, “Bowling for Columbine”, lo llevó a preguntarse por qué en Estados Unidos, a diferencia de los demás países desarrollados, hay tantos homicidios. La compleja respuesta contaba con un elemento inesperado: el miedo.

Miedo y violencia se retroalimentan. La proliferación de armas en EEUU tiene como argumento central la necesidad de defenderse o de defender a los demás. Los portadores de armas, organizados alrededor de la National Rifle Association, han resultado no solo ser vehementes, sino peligrosos. Periódicamente un oficinista desquiciado, vecinos aburridos, hombres celosos o adolescentes deprimidos, matan a todo aquel que se les cruza en el día equivocado.

En el siglo XVII el filósofo británico Thomas Hobbes explicó el surgimiento del Estado autoritario. En su concepción, el ser humano, egoísta en esencia y en perpetua disputa, sumido en una “guerra de todos contra todos” y con un profundo miedo a la muerte, renunciaba a la libertad y la entregaba a un poder autoritario, con el fin de ver finalizada la guerra. El autoritarismo, en consecuencia, surge y se alimenta del miedo, el mayor enemigo de la democracia.

El miedo lleva a la huida o a la agresión, es la respuesta de todo ser vivo que siente su existencia en peligro, pero el miedo es, además, cultural. En el ser humano, contrario a los demás animales, según Zygmunt Bauman, el miedo puede ser “reciclado social y culturalmente”.

En Colombia, el miedo nos gobierna. El país, sumergido en la incertidumbre de la guerra y en su deseo de matar el miedo, contempla, entre impasible y eufórico, la agonía de nuestra débil democracia. La guerra se erige como la peste y la causa suficiente de todos los males. Al exterminarla, se supone, vendrán los “nuevos tiempos”, aunque los males le antecedan, la acompañen y le sobrevivan. La guerra contra el miedo es una cruzada que necesita de malos, de héroes y mártires.

El miedo divide el mundo en malos y buenos, genera rabia, abre las puertas de la venganza, agita los espíritus. El miedo y la ira se conjugan, se retroalimentan, se enardecen mutuamente, todo es entonces un marasmo de pasión política, de verborrea desenfrenada, de patriotismo ramplón. El mundo se simplifica, se traza una línea, se definen bandos, todo es blanco o negro, como si los hombres no fuéramos más que una masa de grises imperfectos, simplemente hombres.

El miedo tiene rostro, el enemigo tiene ojos, toma nombres, Jojoy, Garavito, Marulanda, Don Mario, secuestro, Farc, esperamos que su muerte mate el miedo, pero se olvida su complejidad, sus posibles causas, otros problemas, otras soluciones, peor aún, se olvida la democracia. Se mata al enemigo, se le revive si es necesario, el miedo continúa, el enemigo puede resucitar, “es una culebra herida”, “una hiena peligrosa”, “la hecatombe”; el miedo toma las caras de los demonios míticos, se habla indistintamente de la Hidra o del terrorista, esa nueva categoría moral.

Entonces aparece Dios, la “Providencia”, al lado de la espada, al lado de los buenos- “que somos muchos”. El “otro”, “cosificado”, debe morir o rendirse, plegarse, arrepentirse, no hay opción, el mundo es “de ellos o de nosotros”, no otra salida. Esos son los designios, y para las huestes del bien, guiadas por el nuevo “padre”, el regente de la “patria”, el único camino es la victoria.

Sin embargo, el camino es tan tortuoso como el de los “Job”: Los paras, aliados en la penumbra, aunque extraviados, serán traídos de nuevo al redil con el perdón. Los políticos y hampones-políticos serán cooptados con costosas migajas, embajadas y vanidades. Las mentiras públicas, las mentiras privadas, la manipulación mediática, son los recursos de la sagacidad de “mentes superiores”. Las milenarias leyes de la guerra serán ignoradas sin pudor, si es necesario ante el noble propósito. Si hay faltas más graves, como una cadena de “falsos positivos”, los chivos expiatorios aparecen. Los errores de los hombres no mancillarán la cruzada.

Los ataques ratifican la virtud del inefable destino. El héroe sobrevive a los atentados, al complot, a la traición, a las conspiraciones y maledicencias. No retrocede, se bate recio, arenga a sus tropas, alecciona al pueblo, no se arredra.  Es más, habla duro y si es necesario grita, amenaza, extiende el dedo inquisidor.
 
Entonces inicia una nueva guerra, la “Cuarta” contra las bandas emergentes, la Quinta contra los marihuaneros, la Sexta, tal vez contra los promiscuos, mientras se excluyen, con complacencia, las que realmente el país necesita, aquellas que acorralen al favorecimiento ilegal, el abuso del Estado, la contratación ilegal, la concusión, el cohecho, el prevaricato, el enriquecimiento lícito pero antiético.
 
Pero no, el destino está marcado, el hombre poderoso con rabia tiene “su mirada en el túnel, la nariz husmea cualquier huella, el oído capta cualquier ruido. Aplastará cuanto se interponga en el camino” (Wolfgang Sofsky “Tiempos de horror”).

Si el miedo no es suficiente, él lo infundirá. Para ello ha cooptado al poder disciplinario, sus subalternos guían el aparato penal, la prensa se amordaza a sí misma, “conmigo no se equivoquen”, les recuerda.

Que el miedo pone en peligro la democracia, no hay duda, y la nuestra, ya de hecho precaria, se ha convertido en un desleído catálogo de principios. Para terminar retomo a esa gran presidente liberal de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt: “permítanme aseverar mi firme creencia en que nada debemos temer sino el miedo en sí”.



*Gustavo Salazar Arbeláez es profesor Facultad de Ciencia Política y Relaciones internacionales Universidad Javeriana


¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1842

PORTADA

La voltereta de la Corte con el proceso de Andrade

Los tres delitos por los cuales la Corte Suprema procesaba al senador se esfumaron con la llegada del abogado Gustavo Moreno, hoy ‘ad portas’ de ser extraditado. SEMANA revela la historia secreta de ese reversazo.