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Opinión

  • | 2017/08/22 12:57

    Ambigüedad

    La ambigüedad es un estado de la materia y de la cultura que nos produce angustia cuando hemos sido entrenados en la búsqueda de certezas y se ha plantado un dogma clasificatorio para delimitar las cosas, casi siempre arbitrario.

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En la tercera conferencia mundial ‘Resilience2017‘ realizada en Estocolmo esta semana, se hizo énfasis en la necesidad de combinar lenguajes y perspectivas culturales en la construcción de las transiciones ambientales que requiere el mundo.

Uno de los campos más destacados en este proceso proviene de nuevas formas de colaboración entre artes y ciencias de forma que dimensiones tan importantes (pero también poco utilizadas) para alimentar la toma de decisiones adquieran más relevancia.

En el pasado las novelas de ciencia ficción determinaron muchas reflexiones acerca del ejercicio del poder y su relación con la tecnología, la condición animal o humana y su futuro biológico y cultural.

Con el tiempo, y los efectos especiales, la representación de ambientes en escenarios plausibles (y no tan plausibles) se ha convertido en una fuente inagotable de ideas acerca de la identidad pues personas, animales, cosas y sitios adquieren características sustancialmente distintas de las actuales en los horizontes de tiempo que se utilizan. Algo así como la distancia que habría entre los homínidos de hoy y los primeros sapiens hace cientos de miles de años.

El tema de la identidad preocupa a las personas de diferentes formas, pero ante todo, por los retos que representa la diferencia que emerge, deliberada o no, desde la complejidad del presente.

Aquello extraño, en lo que podemos convertirnos, nos asusta y vemos amenazas en la diferencia por todas partes: en las creencias religiosas y su ritualidad, en las prácticas alimentarias o sanitarias, en los hábitos y preferencias sexuales, en las relaciones colectivas y la tecnología.

Paradójicamente, la evolución está marcada por la necesidad del cambio adaptativo, por lo cual los investigadores y artistas que participaron en el evento destacaron las ideas de transiciones y transformaciones como el único mecanismo para que las sociedades se sobrepongan a las crisis creadas por su propia inercia y entropía.

En ese proceso, sin embargo, no es fácil dibujar una línea: solo se reconoce algo que ha cambiado después de los eventos, pues entretanto se consolida el proceso, hay que vivir con ambigüedad. De hecho, la mayoría de las cosas permanecen en un ir y venir que las desdibuja, una fluctuación constructiva que denota una identidad transitoria para lo que es relevante para los seres humanos. Y no me refiero al transfuguismo preelectoral…

La ambigüedad es un estado de la materia y de la cultura que nos produce angustia cuando hemos sido entrenados en la búsqueda de certezas y se ha plantado un dogma clasificatorio para delimitar las cosas, casi siempre arbitrario.

Ciencia y religión, ambientalismos o desarrollismos a veces comparten esta característica letal, que curiosamente solo se cura con el arte, desestabilizadora por naturaleza. Si aplicamos estos preceptos al análisis de los fenómenos, de seguro nos encontramos que más de una cosa que prejuzgamos está en medio de una transición tal vez imperceptible o comparte una identidad como aquella que definió adecuadamente nuestra famosa reina: ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.

En una sociedad que reclama claridades, que impone afiliaciones y fidelidades, la ambigüedad es castigada e interpretada como veleidad, falta de carácter o traición, no como cualidad evolutiva. Y si bien la tarea de la ciencia pareciera ser la de precisar los límites de las cosas para lidiar con ellas, lo cierto es que iluminarlas de frente no ayuda siempre a reconocer su complejidad.

El arte y la duda metódica mantienen la tensión deconstructiva que se requiere en la cultura para no establecer un presente eterno, una dictadura llena de apariencias. El mundo en transición es ambiguo y saberlo apreciar es parte de la receta contra el conflicto.

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