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Opinión

  • | 2016/11/12 22:00

    El mundo según Trump

    Cuando las democracias permiten que la polÍtica apele a los más bajos instintos para exacerbar el odio con el propósito de llegar al poder, la posibilidad de caer en un abismo insondable es muy alta.

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El triunfo de Donald Trump nos ha confirmado de manera brutal lo que ya nos había demostrado el insólito éxito del brexit y la sorpresiva derrota del plebiscito en Colombia: que la crisis de la democracia nos ha igualado a todos por lo bajo, y que la desarticulación de los partidos, la corrupción y la globalización le están abriendo la puerta a la fiebre del nacionalismo, a la indignación y al odio.

El brexit triunfó en gran parte, porque las mentiras que fraguaron quienes abogaban por la salida de la Unión Europea apelaron al odio contra los inmigrantes. La campaña del No en Colombia esparció la mentira de que el gobierno iba a gravar las pensiones de los trabajadores para financiar el nuevo movimiento político de las Farc, y fue exitosa al instigar la indignación entre un sector de la población que se sintió totalmente abusada.

Trump ha ido más allá al introducir un peligroso discurso xenófobo que ya repiten sus seguidores como si se tratara de un manifiesto. Incluso un niño en un colegio de Estados Unidos acaba de exigir la construcción del muro que Trump prometió hacer para separar a los Estados Unidos de México. El presidente electo ha logrado implantar su mensaje xenófobo en la mente de los niños que ahora piensan que ese muro es necesario para evitar que su hermoso y blanco país se llene de violadores, asesinos y narcotraficantes. Por si esto fuera poco, Donald Trump es el primer presidente electo que recibe el apoyo público del Ku Klux Klan, un grupo que promueve la supremacía blanca a través de uno de sus voceros más reconocidos que es David Duke. Este escenario tan atemorizante revela que no solo en Colombia la política ha dejado de ser un asunto de ideas para convertirse en la exaltación de los bajos instintos. Y que trágicamente la democracia que le enseñó al mundo la importancia de las minorías y de la diversidad étnica y sexual está al borde de colapsar.

El triunfo de Trump demuestra también una crisis de las ideologías de izquierda. No de otra forma se explica que la victoria de Trump haya sido felicitada a la vez por el Ku Klux Klan, el expresidente Álvaro Uribe (el festejo lo hizo por Twitter) y por importantes voces de la izquierda. (No hay que olvidar que Hitler también llegó al poder de la mano de la izquierda. Hizo una alianza con el partido socialista alemán, colectividad que después fue exterminada).

La izquierda ve en Trump un discurso antiglobalizador que felicita, así venga acompañado de los más bajos instintos. Para esa izquierda pura y dura el verdadero peligro no era Trump, sino Hillary, porque según su dictamen ella representaba a un establecimiento corrupto y a la globalización más desalmada. Esa es la opinión que ha dado el reconocido filósofo marxista Slavoj Zizek, quien sostiene que el triunfo de Trump no es una calamidad, sino una oportunidad para exacerbar las contradicciones y permitir que se reinicie una nueva etapa de la democracia menos corrupta y más humana.

Zizek no es la única figura de la izquierda que ha felicitado el logro de Trump –de hecho, hasta el propio Maduro salió hace unos días a unirse a ese discurso antiglobalizador de Trump–. También lo ha hecho en su Twitter el controvertido Julian Assange, un hombre clave en la victoria de Trump ya que WikiLeaks filtró los correos electrónicos de Hillary Clinton que provocaron la apertura de la investigación del FBI, anuncio que acabó con su aspiración presidencial. Según lo ha denunciado la campaña de Hillary Clinton, detrás de estas filtraciones estaría la mano del poderoso Vladimir Putin, quien habría movido las cuerdas del poder para incidir en la campaña norteamericana a favor de Trump.

Cuando las democracias permiten que la política apele a los más bajos instintos para exacerbar el odio y la furia con el propósito de conseguir votos y de llegar al poder, la posibilidad de caer en un abismo aún más insondable es muy alta. Hitler logró llegar al poder así: apelando a los instintos más primarios en un momento en que Europa estaba sumida en una crisis económica, muy parecida a la que ha producido el efecto devastador de la globalización. Nos estamos devolviendo en la historia, gracias a Trump y su copete.

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